Opinión
El Niño, el cambio climático y la geografía que Chile necesita
Desde 1950, según el índice que hoy utiliza la NOAA, ningún episodio de El Niño ha alcanzado los 2,5 °C de anomalía. Este podría ser el primero, y el tiempo hasta el próximo episodio muy fuerte es nuestra ventana.
El Niño es un fenómeno natural. Sus desastres, no. Tras la confirmación de la NOAA, el 11 de junio, Santiago ya vive el segundo semestre más lluvioso desde 1987. En julio, un sistema frontal entre Atacama y La Araucanía dejó al menos 13 fallecidos y más de 34 mil viviendas con daños. En lo que va de octubre, la estación Quinta Normal acumula más de 100 mm, el registro más alto para ese mes en más de 150 años de mediciones.
Las emergencias de este episodio tienen dirección, comuna y, muchas veces, avisos previos. El aluvión de San Carlos de Apoquindo, en Las Condes, fue el desenlace de una cadena de hechos visibles. El 29 de diciembre de 2025 un incendio quemó 1.012 hectáreas en la precordillera. En febrero, un reporte de Sernageomin recordó que el sector se encuentra en zona de alto peligro, y en junio un informe municipal alertaba que la amenaza se había trasladado del fuego al agua.
Bastó que el 8 de octubre cayeran 10,9 mm en 30 minutos para que un flujo de detritos dejara 384 damnificados y más de dos mil viviendas con daños, según Senapred. El desastre de octubre, en rigor, comenzó a gestarse en verano.
Nada de esto debería sorprender. Ya en 2005 un estudio académico advertía amenazas por remoción en masa en esas quebradas, y el plan de emergencia comunal de 2024 identificaba más de cinco mil personas expuestas a inundaciones y anegamientos. A Chile no le falta conocimiento sobre su territorio, pero falla en convertirlo a tiempo en decisiones sobre dónde y cómo habitarlo.
Y lo que viene es más exigente. Los episodios de El Niño se clasifican en débiles, moderados, fuertes y muy fuertes, estos últimos con anomalías de 2 °C o más en el Pacífico ecuatorial. La NOAA anticipa un episodio muy fuerte y estima en 83% la probabilidad de que entre octubre y diciembre supere a todos los registrados desde 1950.
Con temperaturas que podrían superar los 40 °C, los pastizales que crecieron con las lluvias tardías alimentarán una temporada de incendios que, lejos de suspenderse, solo se posterga. Si El Niño se extiende hasta el otoño de 2027, como proyecta la Dirección Meteorológica de Chile, las lluvias volverán a caer sobre laderas recién quemadas.
En ese cruce entre sociedad y naturaleza, donde se gestan los riesgos socionaturales, la geografía resulta indispensable. La lluvia es la amenaza, pero el desastre depende de dónde cae y de quién se encuentra ahí. No es lo mismo una lluvia intensa sobre una ladera con vegetación que sobre una ladera quemada cuyas quebradas desembocan en calles y viviendas.
Mientras las ciencias de la Tierra explican el proceso físico y las ciencias sociales la construcción de la vulnerabilidad, la geografía integra ambas dimensiones en un mismo territorio. Un radar meteorológico anticipa la tormenta con minutos de ventaja, pero no indica quién vive bajo esa lluvia ni qué sectores nunca debieron urbanizarse.
Las carreras de Geografía en Chile, con distintos énfasis, forman en climatología, hidrología, geomorfología, edafología, geografía litoral y biogeografía, así como en geografía urbana, rural, económica y de la población, para converger en el análisis de riesgos y el ordenamiento territorial. Esa amplitud integrada es el sello de la disciplina. Por eso, frente a una quebrada, el análisis geográfico vincula la pendiente y la cicatriz del incendio con quienes habitan aguas abajo. El cambio climático exige esa visión de conjunto.
Sin embargo, el Estado todavía desaprovecha esa capacidad. La Ley 21.364 creó los mapas de amenaza para alimentar la planificación territorial, pero este año el Minvu aclaró que, a falta de ellos, el análisis de amenazas de los planes reguladores se hará con la información disponible. La Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones exige para esos estudios un “profesional especialista”, sin precisar qué profesiones califican como tales.
A julio, el 37% de las comunas carecía de un plan de reducción del riesgo formalizado. A ello se suma el desfinanciamiento: aunque la contralora calificó a Senapred como una institución “extremadamente precaria”, el proyecto de Presupuesto 2027 recorta en 30,6% su programa de gestión del riesgo.
Revertir este escenario exige actuar en distintos plazos. Hasta marzo urge cartografiar las cicatrices de incendio, las quebradas susceptibles de activarse y la población expuesta. De cara al invierno de 2027, ese diagnóstico debería traducirse en mapas de amenaza vinculantes, aunque incorporarlos a los planes reguladores suele tomar años.
A largo plazo, resulta ineludible ordenar el territorio con escenarios climáticos, pues el IPCC considera muy probable que la variabilidad de las lluvias asociadas a El Niño se amplifique hacia la segunda mitad del siglo. La amenaza se produce en la quebrada, pero el riesgo se decide en el plan regulador.
Ahora bien, ningún instrumento bastará sin una ciudadanía educada para comprender su entorno. Desde la reforma curricular de 2019, Historia, Geografía y Ciencias Sociales dejó de ser obligatoria en tercero y cuarto medio, aunque las bases curriculares contemplan un electivo de geografía que busca que los estudiantes reconozcan “el carácter social del riesgo de desastres”. Solo quien lo elige aprende a leer su territorio antes de que una catástrofe se lo enseñe.
Desde 1950, según el índice que hoy utiliza la NOAA, ningún episodio de El Niño ha alcanzado los 2,5 °C de anomalía. Este podría ser el primero, y el tiempo hasta el próximo episodio muy fuerte es nuestra ventana. Queda por ver si ese Niño encontrará al mismo país o a uno con más geógrafas y geógrafos en municipios, gobiernos regionales y equipos de planificación. En tiempos de inteligencia artificial, cuando un algoritmo genera un mapa en segundos, la diferencia la harán profesionales capaces de leerlo, cuestionarlo y convertirlo en una decisión.
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