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La jibia paga el viaje; el jurel recibe el cariño Opinión Archivo

La jibia paga el viaje; el jurel recibe el cariño

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Pascual Aguilera
Por : Pascual Aguilera Vocero de la Alianza Nacional por la Defensa de la Pesca Artesanal y Presidente de Coranor.
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Mientras Ecuador presiona, Perú aporta y China protege lo suyo, Chile deambula en los foros internacionales como un país errático, que no sabe qué quiere, no sabe qué defiende y no sabe para qué se sienta a la mesa.


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Hay países que asisten a la Organización de Ordenación Pesquera del Pacífico Sur (OROP‑PS) a defender la soberanía de sus recursos. Y hay otros que van a administrar sus propias vergüenzas. Chile, lamentablemente, hoy lidera el segundo grupo.

No es novedad que el país navega sin brújula en materia pesquera, que el timón está suelto y que la conducción política es más reactiva que estratégica. Lo que ocurrió en el Comité Científico de la OROP‑PS no solo confirma ese diagnóstico: lo profundiza de manera alarmante.

La trama de este abandono comenzó a finales de julio en China, durante las mesas técnicas del grupo de trabajo científico encargadas de evaluar el stock de la jibia. Allí, Chile selló un compromiso explícito: iterar su modelo matemático y presentar una propuesta robusta en la cumbre de las Islas Feroe. Pekín asumió el mismo dictamen.

Los chinos cumplieron. Chile no.

Y quizás las distancias ayudan. Estar en un archipiélago remoto, a miles de kilómetros de Chile, parece otorgar a algunos científicos de la delegación una suerte de impunidad geográfica: allá, lejos de cualquier escrutinio, los compromisos se diluyen, las obligaciones se relativizan y la responsabilidad pública se confunde con una estadía prolongada en hoteles con pensión completa.

Entre viáticos generosos, millas acumuladas en cuentas de pasajero frecuente y días compensados al regreso, la representación chilena termina disfrutando más del viaje que cumpliendo el mandato. Todo financiado, por cierto, con los recursos de un país que espera (y merece) algo mejor.

Y esa desconexión se nota cuando llega la hora de trabajar. Al momento de rendir cuentas, la delegación china puso sobre la mesa simulaciones operativas y parámetros rigurosos. Chile, en cambio, compareció con las manos vacías. La delegación chilena llegó con los brazos cruzados porque dedicó toda su energía a otra labor: blindar al jurel.

La urgencia por proteger el jurel, ese recurso que la gran industria cuida con el celo de quien defiende su mayor activo financiero, terminó engullendo la agenda internacional de nuestro país. La jibia fue relegada a un segundo plano; postergada y deliberadamente olvidada.

En un comité científico cuyo encargo vinculante era proponer medidas precautorias para regular la jibia en alta mar, Chile decidió mirar hacia el lado. Miró al jurel. Miró a la industria. Miró a sus propios temores corporativos.

Mientras Chile hacía mutis, la región actuó.

Ecuador, con una delegación pequeña pero digna, fue el único actor que se la jugó por un avance concreto, empujando con fuerza las cuotas precautorias. Perú debatió, aportó datos y defendió su posición en la mesa. China, como era de esperarse, operó para mantener el statu quo que beneficia a sus flotas de aguas distantes. ¿Y Chile? En lugar de liderar el bloque de países ribereños para proteger la jibia, actuó como si estuviera en otra convención, en otro planeta, bajo otros intereses.

Lo ocurrido en las Islas Feroe supera el mero bochorno diplomático; es una señal geopolítica alarmante. Chile ha renunciado a defender la jibia en el escenario internacional. No cumple sus compromisos científicos, no expone sus modelos de evaluación, no articula alianzas con sus vecinos y se niega a entender (o no le conviene entender) que la jibia es un recurso estratégico que sostiene la economía de miles de familias pesqueras artesanales a lo largo del país.

La delegación chilena, asesorada en la sombra por la patronal industrial del jurel, ejecutó con precisión el libreto que las pesqueras necesitaban: desviar la atención, dilatar los consensos y congelar cualquier avance normativo que pudiese incomodar sus privilegios comerciales, dejando en el olvido a la jibia bajo el pretexto de que no constituye una prioridad sectorial.

El resultado es desolador. Mientras Ecuador presiona, Perú aporta y China protege lo suyo, Chile deambula en los foros internacionales como un país errático, que no sabe qué quiere, no sabe qué defiende y no sabe para qué se sienta a la mesa.

La jibia, esa que habla español, quedó sin voz. Nuestro país quedó sin postura.

La pregunta que el Gobierno debe responder es simple y brutal: ¿quién está defendiendo la jibia en Chile?

Porque en la OROP‑PS, definitivamente, el Estado chileno actuó como un turista científico con credencial oficial.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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