PAÍS
Pablo Cabrera: “La diplomacia nunca ha fracasado, al final todo termina en negociaciones”
En su libro “La diplomacia tiene la palabra”, el exembajador en China, Rusia, el Vaticano e Inglaterra, sostiene que, ante un escenario internacional convulso como el actual, “todo gira en torno al poder”, y agrega que la diplomacia puede ser multilateral o bilateral según el momento histórico.
Con más de cuatro décadas de trayectoria, el abogado y exembajador Pablo Cabrera está convencido de que la actual crisis en el escenario internacional no implica el fracaso de la diplomacia. Si bien reconoce que los organismos internacionales están cada vez “más congelados” y que “la vigencia del derecho internacional es precaria por diferentes razones”, al final todo termina en negociaciones. “Si fuera por declaraciones, ya estaríamos en guerra mundial hace muchos años”, dice.
Cabrera señala que, en un escenario internacional marcado por el desorden, la proliferación de conflictos y la crisis del multilateralismo, la diplomacia adquiere una relevancia aún mayor. Lejos de quedar obsoleta frente al avance tecnológico y la desintermediación, la diplomacia –concebida como un arte que combina análisis, comunicación y negociación– sigue siendo una herramienta central para transformar la incertidumbre en grados de certidumbre y para la resolución de crisis, tanto en el ámbito internacional como en la política interna.
Es lo que plantea en su libro La diplomacia tiene la palabra, donde recorre hitos de una carrera desarrollada entre la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, como embajador en China, Rusia, Reino Unido y el Vaticano, lo que le permite analizar el rol de la diplomacia en distintos contextos históricos: la Guerra Fría, la globalización, la digitalización y el actual escenario de reconfiguración geopolítica.
Respecto de la operación de Estados Unidos en Venezuela y la revitalización de una “Doctrina Monroe 2.0” bajo el mandato de Donald Trump, Cabrera sostiene que, más que un fracaso de la diplomacia, se trata un cambio estratégico que cuestiona la arquitectura del sistema multilateral. Advierte que la combinación de coerción, geopolítica de los recursos, poder tecnológico y uso político del comercio y las comunicaciones introduce un escenario de alta incertidumbre para la región.
Frente a ello, subraya la necesidad de una diplomacia pragmática, estratégica y transparente, especialmente en la relación con China, y de una mayor coordinación regional. A su juicio, América Latina solo podrá defender sus intereses y potencialidades si actúa con sentido de comunidad, construyendo consensos frente a un orden internacional cada vez más fragmentado.
-¿Por qué hablar de diplomacia como pieza fundamental de las relaciones internacionales en momentos donde, precisamente, estamos en una crisis de multilateralismo?
-Porque creo que justamente cuando hay un mundo tan desordenado, con tantos conflictos, cuando las labores de las instituciones intermediarias se han resentido con la tecnología, entre otras, creo que es el momento de mostrar verdaderamente qué es el arte de la diplomacia. Algunos la llaman actividad, otros oficio, una profesión o una disciplina, pero es un arte, porque combina una cantidad de cosas y sirve justamente para solucionar los problemas. Hoy día quizás la característica es que hay demasiados problemas.
Entonces, se ha entendido siempre la diplomacia como un emisario exterior que lleva mensajes. Hoy día, con la llegada de la tecnología y este resentimiento de las labores intermediarias, muestra también cómo sus métodos tradicionales y consuetudinarios son útiles también para la política interna. Se entiende que la diplomacia es justamente una herramienta para solucionar crisis.
Sobre todo en Chile, desde mi punto de vista, es una profesión subvalorada, entonces –para efectos de este libro– pensé que mi experiencia y el circuito internacional que yo hice se combinaban para poder entregar mi visión y análisis de lo que es el valor de la diplomacia.
Dentro de las actividades predictivas, es la única que parte de la incertidumbre para entregar grados de certidumbre. La diplomacia es parte justamente de hechos desconocidos, para entregar grados de certidumbre.
-¿Cuáles son los grandes hitos de tu carrera que están contados en el libro?
-En una carrera que comienza en la segunda parte del siglo XX y termina en la primera parte del siglo XXI. Creo que contextualizar el trabajo, en las diferentes etapas de la historia, permite entender bien el valor de la diplomacia en los distintos escenarios: en el contexto de Guerra Fría, en el contexto de globalización, de la digitalización, y cuando la tecnología irrumpe y exilia a la política en la toma de decisiones importantes. Eso tiene que ver no solamente con las habilidades blandas de la persona, sino que con el valor intrínseco que tiene la diplomacia más allá de los gestores, que es su valor intrínseco por la paz, por la seguridad.
-¿Hay algún capítulo que haya sido más desafiante?
-Sin desmerecer ninguno, a mí me motivó mucho hacer el capítulo sobre el cometido diplomático, la profesión del diplomático, porque muchas veces está muy estereotipado y no se sabe mucho lo que hace el diplomático. Se tiene la idea de que vive en salones, que tiene una vida encantada, que se ajusta a las tradiciones y protocolos, pero cuál es el trabajo que hacen todos los días… Los diplomáticos son un chileno más, que tienen algunas aptitudes para poder cumplir tareas que son muy fundamentales para la promoción y la defensa del interés nacional. Entonces, el capítulo del cometido diplomático me gustó en ese sentido, porque encontré que era una necesidad.
Me ha tocado actuar en diferentes circunstancias, que yo las califico como una espiral del movimiento y del mapa geopolítico: haber empezado en un buque de carga en mi primera salida, atravesando el Pacífico durante 28 días para llegar a Asia; también, por ejemplo, haber atravesado la Siberia en tren cuando era joven y no había muchas facilidades de explorar estos mundos muy desconocidos, y después volver de embajador.
Haber sido embajador en los países más grandes del mundo y a su vez en el Estado más pequeño, que es el Vaticano, pero con una imagen, con una dimensión universal bastante grande.
El capítulo de haber estado tres veces en tres puestos distintos en Inglaterra, y que me haya tocado ir en momentos especiales para Chile. Uno fue cuando era consejero de embajada en el tiempo del plebiscito del 89 y, posteriormente, volver en una misión después de la restauración de la democracia.
Por el otro lado, como autor, el capítulo de China creo que está muy bien logrado y se entiende muy bien cuál es el papel de China en el contexto de nuestro escenario geopolítico, dimensionando lo que es la relación con uno de los países más grandes en la economía y el principal socio estratégico de Chile.
Todo me ha permitido dimensionar que Chile sea socio estratégico de Estados Unidos, de la Unión Europea y de China, es algo particular y también representar a un país que es tridimensional continentalmente, que no es muy habitual, donde convergen prácticamente todas las aristas del cambio climático, que es quizá el tema central de la agenda global de hoy día.
Entonces, contar esto ha sido un desafío, sin desmerecer mi pasado en el Vaticano. Mucha gente se preguntaba qué es lo que hace un embajador del Vaticano, y para una persona que es católica como yo fue también una distinción muy grande, que significó involucrarme mucho, leer un poco más las encíclicas, conocer la participación de la Iglesia en el mundo, con sus luces y con sus sombras.
-¿Cómo ha evolucionado la relación entre diplomacia y política?
-La diplomacia no es lo mismo que política exterior, la diplomacia es la herramienta más visible de la política exterior. Y la política exterior, concebida como política pública, es más reciente, por la dimensión que toma la agenda global, en la medida que se van incorporando nuevos temas con los cambios que se producen en el escenario mundial. Antes, esto solo se circunscribía a la soberanía, paz y seguridad, temas de la cooperación internacional y los recursos, defensa y promoción del interés nacional, en fin.
En la medida que la agenda fue evolucionando y la globalización se fue asentando, empezaron a incorporarse nuevos temas, donde la diplomacia pasó a ser menos de élite y más una diplomacia ciudadana, más abierta. Empiezan a incorporarse temas como la seguridad alimentaria, la astronomía, la salud pública, por cierto los derechos humanos, el comercio, una cantidad de asuntos que no estaban en el radar de la diplomacia en ese contexto, donde los Estados eran lo central en las relaciones, pero la persona humana pasó a ser central.
Ahí hay también un desafío, porque al final del siglo XXI, con el término de la Guerra Fría, hay un cambio copernicano en la agenda, por la caída del muro de Berlín. Es decir, de un escenario de equilibrio del terror, pasamos a un escenario donde muchos creyeron que era el fin de la historia, donde íbamos a tener una zona de confort, una amistad y una situación internacional de gran entendimiento. Y la historia volvió con mucho más brío, incluso la manera de comunicarse cambió con la digitalización, lo que ha tenido un desarrollo mucho más activo ahora con la inteligencia artificial.
Entonces, la agenda ciudadana cambia, pero con la paradoja de que vuelve al centro el tema de la soberanía de los Estados. Hoy día nuevamente, con la tecnología y la inteligencia artificial, las contradicciones y enfrentamientos, comienza también la soberanía de los Estados a tomar una participación muy importante.
También la diplomacia adquiere una importancia mucho mayor en lo que se refiere a las políticas públicas, eso no es muy conocido y el libro lo trata. Los métodos de la diplomacia son útiles para resolver cuadros de crisis, control de daños, gestiones específicas en política interna, etc. Es súper útil para la política interna, y eso no lo entiende mucha gente. Es muy superficial a veces el análisis sobre la diplomacia.
Es mucho más fácil decir que la diplomacia fracasó. No, la diplomacia nunca ha fracasado, siempre va a mantener la idea de la negociación y el fin último de la paz y la seguridad. Entonces, hoy día la diplomacia a veces es bilateral y es multilateral. Es cierto que hay crisis, los organismos internacionales están más congelados, la vigencia del derecho internacional es precaria por diferentes razones, pero la diplomacia sigue trabajando en la medida lo posible, con la convicción de que la paz se puede lograr. Al final todo termina en negociaciones, se demoran más o se demoran menos, pero la acción central de la diplomacia es representar, comunicar y negociar.
Por eso, al decir que la diplomacia tiene la palabra, es muy importante el rigor en la utilización del lenguaje, el rigor en las conductas, el rigor de la palabra tiene mucha importancia, porque si fuera por declaraciones ya estaríamos en guerra mundial hace muchos años.
-¿Cómo interpretar el momento actual de la diplomacia en el contexto de la Doctrina Monroe 2.0 de Donald Trump? ¿Cómo estás leyendo ese episodio en la región?
-La diplomacia en la medida de lo posible tiene mucho que ver con la voluntad política de avanzar en una negociación, la diplomacia bilateral y obtener un resultado. En la diplomacia multilateral es distinto, porque son exhortaciones hacia los Estados, no son vinculantes las resoluciones de Naciones Unidas y los organismos internacionales. Solamente las conversaciones entre dos países pueden ser vinculantes y afectan o determinan la relación.
Es importante entender cuáles son los principios de la política exterior y cuáles son los lineamientos de la política exterior. Hay una tendencia a utilizarlos de igual manera y no es lo mismo. Los principios guían la política exterior de los países y en eso nos hemos mantenido todos los gobiernos por décadas, pero los lineamientos son distintos, es cómo se interpreta y cuál es el énfasis de cada Gobierno.
Ahora, en el último capítulo de mi libro hablo de la diplomacia para el siglo XXI, que tiene que ver con cómo impactan la tecnología, la inteligencia artificial y los métodos nuevos en la conducta de los estados. Y ahí entra la geopolítica de los recursos, porque los adelantos tecnológicos son los que te dan poder. Todo esto gira en torno al poder.
Por eso nosotros hablamos de las potencialidades de Chile. El cobre, el litio, las tierras raras, son útiles para esto. La impronta del ejercicio del poder está en la tecnología, para la guerra hoy día no hay necesidad de desplazar efectivos. Las expediciones tecnológicas son de una precisión quirúrgica tremenda.
En ese contexto hay que entender lo de Trump. Antes, para un diplomático, bastaba leer y analizar el discurso inicial del presidente de los Estados Unidos el 20 de enero del año pasado, para saber por dónde iba la mano. Hay episodios en la historia que él señala como referentes para su gestión y que hay que analizar. Él señala que su referente es el presidente McKinley, y en ese discurso lo acompañaron los líderes de las grandes tecnológicas. El poder de los recursos, más las comunicaciones, fueron centrales para pensar en un cambio geopolítico que beneficiara a Estados Unidos.
-Tras la operación de EE.UU. en Venezuela, analistas han hablado de un punto de inflexión en el orden mundial, frente al fracaso del derecho internacional. ¿Cuál es tu posición al respecto y cómo entender el rol de la diplomacia en esta contingencia?
-La diplomacia no ha fracasado. Más bien, le corresponde analizar la estrategia de Seguridad Nacional enunciada por el presidente Donald Trump de cara a la operación de Estados Unidos en Venezuela, que se sitúa como la primera expresión de la revitalización de la Doctrina Monroe y, a partir de allí, entender su alcance e, idealmente, entregar respuestas satisfactorias que permitan avizorar lo que deparará a nuestra región el 2026, que se muestra cargada de incertidumbres.
Si los esfuerzos se concentran en la recuperación económica basada en la seguridad material, en un contexto donde la geopolítica de los recursos, las zonas de influencia, la economía, el comercio, las finanzas, el combate al narcotráfico y el crimen organizado se aglutinan en un todo, que incluye tarifas arancelarias como arma política y manejo de las comunicaciones como elemento clave de respaldo, el cometido será más arduo.
Cabe tener en cuenta que MAGA conlleva la convicción de que la arquitectura del sistema multilateral no le ha dado rédito a los Estados Unidos. De ahí la decisión de intervenir el sistema internacional en clave doméstica traería consecuencias mayores para el orden internacional, toda vez que la coerción podría configurar un escenario de contorno estratégico diferente. La pregunta que surge es si se podrá construir sin aliados tradicionales.
-Como conocedor de China, ¿cómo proyectas la complejidad de los equilibrios y su relación con los países de la región, ante la explícita intención de Donald Trump de imponer sus términos en el hemisferio?
-China ha desarrollado una relación amplia y fructífera recíprocamente con la mayoría de los países de la región. Chile, por ejemplo, tiene la particularidad de ser socio estratégico. La calidad de socio estratégico le da derechos y obligaciones, que las contrapartes también deben cumplir.
Por eso creo que, a través de una diplomacia franca, inteligente y de connotación estratégica, debería primar a la hora de desarrollarla en el contexto actual. No tendría por qué cambiar. Y los cambios que tenga deberían ser enfrentados transparentemente y conociendo las posiciones de las contrapartes. China tiene una política muy pragmática con América Latina. Y yo creo que en ese contexto nosotros deberíamos ser igualmente pragmáticos.
Lo que ha sucedido en Venezuela, la afectación que tiene a los intereses chinos en la región, puede repercutir en su actitud hacia la región en su conjunto, desde el punto de vista de la seguridad jurídica, de las condiciones para invertir o para desarrollar una relación más profunda con cada país. Eso será una tarea de ellos.
Pero el ideal es que nosotros mantengamos la misma actitud de socio estratégico en el caso de Chile o que los otros países hagan lo mismo.
-¿Cuál es el tipo de política exterior que demanda el mapa geopolítico actual? ¿Cuál debería ser –a tu juicio– la posición de mandatarios y cancilleres del continente frente al factor de incertidumbre que ha instalado el Gobierno de Estado Unidos?
-Creo que el sentido de comunidad es central a la hora de lo que se está viviendo, porque América Latina, con mayor razón que nunca, requiere de marcar su posición en el escenario mundial, toda vez que tiene muchas potencialidades y esas potencialidades juegan un rol importante en la agenda. Pero si no hay consenso, no hay posiciones comunes, creo que es bien poco lo que se puede conseguir.