Juego Limpio
Davos 2026: el mundo intenta lidiar con Trump
Davos 2026 comenzó con un clima marcado por la incertidumbre ante la influencia de Donald Trump en la agenda global, mientras el foro debate cooperación, ciencia y clima bajo una presión política que redefine prioridades y silencios.
El Foro Económico Mundial 2026 arrancó bajo el lema oficial de Un espíritu de diálogo. Sin embargo, en los pasillos de Davos, en los hoteles y en las reuniones privadas, otra pregunta domina el ambiente y condiciona las conversaciones: ¿cómo manejar a Donald Trump?
Para muchos líderes políticos, empresariales y científicos, no se trata solo del regreso de un presidente de Estados Unidos al escenario global, sino también del avance de un liderazgo que ha cuestionado abiertamente la ciencia, el multilateralismo y los acuerdos climáticos.
La inquietud no es explícita en la agenda oficial, pero atraviesa cada panel y cada encuentro bilateral. La cooperación, la innovación responsable y la prosperidad dentro de los límites planetarios siguen figurando en el programa, aunque con un margen cada vez más estrecho.
La presión política impone silencios, redefine prioridades y obliga a medir cada palabra. En este contexto, Trump intervendrá en Davos el miércoles 21 de enero a las 14:30 horas, un momento que muchos consideran decisivo para el tono del foro.
Pero Davos nunca se juega solo en el escenario principal. En paralelo a los discursos oficiales, la calle y los espacios alternativos vuelven a tensionar el relato. El movimiento activista Strike WEF inauguró la semana con una marcha de protesta que cuestiona el rol del foro. “El FEM no es sobre encontrar soluciones, es una plataforma para negociar”, afirmó uno de sus portavoces, sintetizando una crítica que crece año a año: la distancia entre las promesas globales y las acciones reales.
En medio de ese escenario tenso, una señal tan favorable como inesperada llegó desde Washington.
Esta semana, el Congreso de Estados Unidos aprobó con un amplio respaldo bipartidista un proyecto de ley para proteger los programas científicos de la NASA y de la Fundación Nacional de Ciencias. La iniciativa frenó un recorte que habría reducido casi a la mitad el presupuesto científico de la NASA y cancelado más de 40 misiones. El gesto contrasta con el clima político de los últimos años y revela que, incluso en contextos polarizados, la ciencia aún puede encontrar defensores.
El daño, sin embargo, ya está hecho. Más de 4 mil trabajadores de la NASA perdieron sus empleos, investigaciones fueron interrumpidas, subvenciones canceladas y equipos científicos se vieron obligados a prepararse para cerrar proyectos en lugar de avanzar en descubrimientos. Jóvenes científicos y estudiantes perdieron oportunidades que difícilmente se recuperan. Por eso, la votación del Congreso no es solo una noticia presupuestaria: es también una señal de resistencia institucional frente a una década de retrocesos.
Davos 2026 se desarrolla así en una paradoja incómoda. Mientras la ciencia entrega evidencias cada vez más contundentes sobre la urgencia climática, el mundo político debate cómo convivir con liderazgos que cuestionan esos mismos datos.
La pregunta que flota en el aire no es únicamente cómo lidiar con Trump, sino qué tipo de gobernanza global es posible cuando la evidencia científica choca con el poder político. En ese cruce, el futuro del clima –y de la cooperación internacional– parece jugarse mucho más allá de los discursos oficiales.
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