Dilma, la izquierda subprime y el ajuste de cuentas en la cueva de Alí Babá - El Mostrador

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Dilma, la izquierda subprime y el ajuste de cuentas en la cueva de Alí Babá

por 2 septiembre, 2016

Dilma, la izquierda subprime y el ajuste de cuentas en la cueva de Alí Babá
Todo eso funcionaba mientras la nueva izquierda pudiese seguir representando a los dominados (y no se olvide de cuál es su rol), y la derecha no se sintiese con la fuerza suficiente como para dominar directamente. Como es bien sabido, en Chile −como en Brasil− ambas condiciones necesarias para dicha forma de dominación están flaqueando. Tanto la derecha está cada día más arrogante como la nueva izquierda representa cada día menos a los agobiados.

Parece que nuestra América Latina está cada día más a la deriva. Hasta Jorge Bergoglio advirtió recientemente en un informe del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) del peligro de “golpes de Estado blanco” en los países de la región. En este informe el Papa expresaba su gran preocupación por lo que podría ocurrir de seguirse ese camino, aprovechando la tan revuelta coyuntura sociopolítica actual. La del Brasil ya no tiene nombre. Y por casualidad me tocó estar en este país y presenciar la debacle, lo que me trajo a la memoria en forma vívida aquella frese de Einstein: “En este mundo hay solo dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana” (para luego agregar que no estaba muy seguro del universo).

Si bien es cierto que la política brasilera siempre ha tenido más componentes de república bananera que la nuestra, lo que sucedió ahora es garcíamarqueano −el PMDB (partido del nuevo Presidente) acaba de asumir la presidencia por tercera vez desde el retorno a la democracia (mediados de los 80) sin haber ganado nunca una elección presidencial−. A pesar de ser el partido mayoritario, cada vez que ha llevado candidato presidencial ha perdido en forma vergonzosa; por lo que ya hace varios períodos simplemente apoya al ganador, sea quien sea, para luego, de ser posible, traicionarlo.

Esta vez, y a pesar de los grandes incentivos que se ofrecieron vía la “delación pactada” de los principales sospechosos, como no se pudo probar ninguna conexión directa entre Dilma Rousseff y la gran corrupción de Petrobras (en la que el PMDB era actor principal), se la destituyó por una tecnicalidad: la forma un tanto alegre con la que presentó las cuentas fiscales el año pasado −y la trampa en el presupuesto no estaba en la cifras globales, sino en su periodicidad (pues bancos estatales pagaban algunos gastos fiscales por adelantado, para así reconocerlos en el presupuesto solo meses más tarde)−. Hacer eso en Brasil es algo así como destituir a un Presidente chileno por prometer algo en campaña, para luego no cumplirlo.

La hipocresía está en pretender que eso no es algo intrínseco a la vida política brasilera −y de ser un crimen, ningún Presidente hubiese terminado su mandato, incluido, por supuesto, Fernando Henrique Cardoso (del partido que orquestó el golpe blanco), quien como Presidente escondió en forma grosera el costo real del rescate bancario de mediados de los 90; la triquiñuela del presupuesto, cuando mucho, daba para pedir la renuncia del ministro de Hacienda. Más aún, quien hoy usurpa la presidencia dio, como Vicepresidente, el visto bueno a dichas cuentas, firmando con su puño y letra la aprobación a dicho presupuesto.

Como si todo eso no fuese suficiente, el 60% de los parlamentarios que votaron por la destitución de la Presidenta tiene cargos judiciales pendientes por corrupción o delitos similares. Eso fue lo que hizo que la oferta de un indulto colectivo de facto por parte de Temer y la ex oposición (hoy gobierno) fuese irresistible para los honorables.

Como en el Brexit en Gran Bretaña, cuando más se requiere de una ideología alternativa que presente un camino alterno a tanto perdedor en el desastre neoliberal actual, la nueva izquierda tiene muy poco que ofrecer −y lo poco que tiene no es muy creíble: cuando 40 ministros y ex ministros de la Concertación/Nueva Mayoría han tenido (y tienen) altos cargos en las AFP, sus propuestas de cambio en cuanto al gran problema de las pensiones (de tenerlas) difícilmente entusiasmarán a alguien.

Por supuesto que el cuarto gobierno del PT ya era medio desastre, con el PIB de vuelta al nivel cuando Rousseff era candidata por primera vez en el 2010 (en los últimos 9 trimestres ha caído casi un 10%). Y el escándalo de Petrobras es de dimensiones siderales (una de las víctimas fue mi fondo de pensión en Gran Bretaña…). Pero si de incompetencia de gestión se trata, y eso fuese motivo de destitución, pocos gobiernos de América Latina estarían parados. De hecho, durante los tres meses que Temer estuvo de Presidente interino, tres de los nuevos ministros que nombró tuvieron que renunciar por estar directamente envueltos en el proceso de corrupción de Petrobras −uno por mes−. Ese es el tipo de gente que acompaña a Temer en su proyecto renovador…

Para variar, el problema de fondo es la insubstancialidad de la “nueva” izquierda” latinoamericana, y el derrumbe de su proyecto neoliberal alternativo. En el retorno a la democracia en la región, la derecha entendió muy bien lo que decía aquel filósofo político alemán (Theodor Adorno): “La forma más efectiva de dominación es aquella que delega a los dominados la violencia […] en la que descansa”.

La nueva izquierda logró transformarse en los dirigentes de los dominados, y en parte por los pocos grados de libertad que existían, y en parte por los fantasmas del pasado −así como por los enormes conflictos de interés que le puso la oligarquía como anzuelo− decidieron muy rápidamente aceptar dicha subcontratación (y con gusto). Así podrían ayudar a construir un futuro idealizado, que fuese exactamente el opuesto a un pasado demonizado. Los de la vieja izquierda, mientras tanto, insistían en otros países en construir un futuro que era la copia infeliz de un pasado idealizado. Así, ambas (la nueva y la vieja izquierda) seguían pegados en el pasado, como un avión que puede correr y correr en la pista, pero no puede nunca “despegar”.

Como nos dice aquella famosa canción (Hotel California), la diferencia entre ambas izquierdas es que “some dance to remember, some dance to forget”… “You can check out at any time, but you can never leave. We are all just prisoners here, of our own device”.

De esta forma una parte importante del socialismo latinoamericano mutó de ser una idea/movimiento “peligroso”, a ser el mejor amigo de la elite capitalista −y así terminó siendo una ideología chatarra, en la cual el oportunismo reemplazó al pragmatismo, y en la cual se intenta convencer a los demás que cualquier agenda progresista no es más que un pacto de suicidio colectivo−. Una ideología donde la idea de Einstein pasa a ser una utopía irrealizable; aquella que nos dice que el socialismo no es más que un intento por superar la fase predatoria del desarrollo humano.

En el caso de los países de la nueva izquierda, esta forma de dominación permitía a la oligarquía tanto crear consensos hegemónicos antes inimaginables, limitar el acceso a la renta a nuevos agentes, como tener a los dominados a raya. La nueva izquierda, mientras tanto, abría algunos espacios para su programa social. Eso sí, la oligarquía también tenía que saber repartirse entre ellos el botín amigablemente; nadie podía reclamar que a unos (incluido ministros) les tocaba alguna empresa pública, a otros los recursos mineros, a otros el agua, a otros los derechos de pesca, etc.

Si a algunos les tocaba la parte del león, como a las multinacionales mineras, había que agachar la cabeza (necesario para una acción colectiva eficaz); nadie de la elite capitalista podía reclamar (o colocar un royalty de verdad, para así poder pagar menos impuestos) aunque estas se apropiasen y se llevasen del país en algo más de una década un cantidad de utilidades mayor a todo el stock de ahorros que tienen los 10 millones de chilenos forzados a cotizar en las AFP. Y toda esa piñata, en parte fundamental por molestarse en producir cobre concentrado, un barro con un contenido de cobre de aproximadamente un 30%, fruto de una flotación rudimentaria del mineral bruto pulverizado.

De esta forma en muchos países de América Latina tuvimos por mucho tiempo una combinación de una elite capitalista insaciable, ciudadanos pasivos, un grupo de neocamaradas muy contentos consigo mismos, y una imaginación crítica social estancada −pues cuando dos grupos opuestos piensan lo mismo, es solo uno el que está pensando−.

Todo eso funcionaba mientras la nueva izquierda pudiese seguir representando a los dominados (y no se olvide de quiénes eran y de cuál es su rol), y la derecha no se sintiese con la fuerza suficiente como para dominar directamente. Como es bien sabido, en Chile −como en Brasil− ambas condiciones necesarias para dicha forma de dominación están flaqueando. Tanto la derecha está cada día más arrogante, como la nueva izquierda representa cada día menos a los agobiados.

La caída de la nueva izquierda tanto en Brasil como en Chile (y Sudáfrica entre otros) nos recuerda aquella frase de Freud (dicha en otro contexto): “En realidad nuestros compatriotas no han caído tanto como pensamos, porque nunca habían llegado tan alto como creíamos”.

Lo aparentemente extraño es que si bien el PT podría incluso haber ganado unas nuevas elecciones en Brasil, muy poco gente salió a la calle a defender el actual gobierno. Como en Chile, la nueva izquierda si bien amenazaba eternizarse en el poder, era absolutamente incapaz de presentar una alternativa creíble y viable a la situación actual. Como en el Brexit en Gran Bretaña, cuando más se requiere de una ideología alternativa que presente un camino alterno a tanto perdedor en el desastre neoliberal actual, la nueva izquierda tiene muy poco que ofrecer −y lo poco que tiene no es muy creíble: cuando 40 ministros y ex ministros de la Concertación/Nueva Mayoría han tenido (y tienen) altos cargos en las AFP, sus propuestas de cambio en cuanto al gran problema de las pensiones (de tenerlas) difícilmente entusiasmarán a alguien. Esto se agrega a la urgencia de aprobar, y de verdad, las propuestas de la Comisión Engel.

Además, en un país tan corrupto como Brasil hay un elemento adicional fundamental. Para solucionar “el dilema hobbesiano”  −cómo mantener la paz social− también se requiere alternancia en el poder. Y si un partido (como el PT) amenaza eternizarse en el poder (ganó cuatro períodos presidenciales en serie, y tenía buenas posibilidades de un quinto), y así comienza a tener un acceso privilegiado a la corrupción, se hace imposible mantener dicha paz social (por mucho chorreo que haga para apaciguar los ánimos).

Por eso la propuesta de Rousseff de renunciar y llamar a nuevas elecciones no funcionó, pues Lula (a pesar de todos los problemas) le podía ganar fácilmente a cualquier candidato de derecha; en especial a Temer, quien sacaba menos de un 1% de apoyo en las encuestas. Tanto así que en la apertura de las Olimpiadas tuvo que quedarse callado y no dar su discurso, por la pifiada masiva que se venía −y cuando en la transmisión internacional las pantallas de televisión lo mostraban, en las pantallas internas del estadio salía otra cosa−. Además, el protocolo sugirió que mejor no trajese a su nueva esposa a la tribuna de honor, una ex Miss São Paulo, 43 años menor que él…

Pero la clase política exige alternancia en el poder; de no darse naturalmente, hay que forzarla de cualquier manera. Simplificando algo muy complejo, por eso digo que lo esencial de este golpe fue un ajuste de cuentas dentro de la Cueva de Alí Babá.

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