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Escenarios Cambiantes de América Latina y el Caribe: ¿qué es lo cambiante?

por 31 enero, 2020

Escenarios Cambiantes de América Latina y el Caribe: ¿qué es lo cambiante?
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La Conferencia Regional de la Mujer tomó como título par este año el de la “Autonomía Económica de la Mujer en los Escenarios Cambiantes de América Latina y el Caribe”.

Para abrir esta reunión, nos parece importante tocar dos cuestiones fundamentales: ¿qué es lo cambiante, en América Latina y el Caribe?; ¿Cómo nos interpela y cómo nos concierne, en tanto feministas de América Latina y el Caribe, este escenario?; es decir, ¿cuáles son las cuestiones fundamentales que necesitamos tener en cuenta desde el punto de vista de nuestro movimiento?

Primero: es cierto que los escenarios de América Latina y el Caribe son cambiantes: la fragilidad de nuestras economías, la renovada precariedad de nuestras democracias y nuestras instituciones, son cuestiones que amenazan, cada día, la fortaleza y viabilidad de los logros conseguidos por el movimiento feminista a largo de muchas décadas.

La violencia sistemática de estado que -como siempre- azota la reivindicación de lo democrático y, especialmente, y de manera siempre ejemplificadora, los cuerpos de las mujeres: la tortura, la violencia política sexual.

Sin embargo, no son tan cambiantes: las grandes y violentas tensiones que vulneran los derechos y la vida de las mujeres permanecen, insisten, desde hace más de 50 años: dictadura, post dictadura; colonialismo y neo colonialismo; pobreza extrema y modernización de la pobreza; en fin; la violencia en la multiplicidad de sus manifestaciones que sigue haciendo al paisaje de América Latina por el que, mujeres, transitamos.

Este foro se hace hoy en Chile, que encarna justamente esa tensión entre lo cambiante y lo inmodificado de manera bastante ejemplar. Chile, “paraíso” de la paz y el desarrollo, o así considerado hasta hace pocos meses por sus máximas autoridades, muestra sus grietas y resquebrajamientos, no puede contenerlos más, y desde ese interior surgen los múltiples malestares y dolores que han sido el precio de este sueño perverso: desde las manifestaciones de las mujeres jóvenes en el 2018, que coparon las calles de consignas, demandas y propuestas, hasta octubre de 2019, un largo grito va logrando por fin alcanzar el espacio y el sonido: no más. No más pagar con los cuerpos el precio de una ambición avasalladora y destructora de lo social, de lo colectivo, de lo solidario. Nuestro país, nuestros países, están hoy sostenidos sobre esa destrucción del colectivo.

Y la emergencia de la voz de ese malestar ha traído consigo la represión más brutal, aquella que parecía ya erradicada. Y digo “parecía” justamente porque su retorno sólo hace visible su continuidad: la violencia sistemática de estado que -como siempre- azota la reivindicación de lo democrático y, especialmente, y de manera siempre ejemplificadora, los cuerpos de las mujeres: la tortura, la violencia política sexual, la represión extrema y sistemática, sólo viene a redoblar los vértices de una revuelta legítima y necesaria.

Quisimos nombrar este foro -que, en muchos sentidos, comenzó a gestarse antes: el fin de semana, el año pasado, hace 3 en Montevideo- como Fabiola Campillai. Ella no es una mujer feminista, sino una mujer, diaguita, pobre, trabajadora, que caminaba hacia su turno nocturno en la fábrica cuando fue alcanzada por una bomba lacrimógena que la dejó ciega y, aún, en riesgo vital. En su cuerpo convergen las múltiples violencias a las que las mujeres latinoamericanas y del caribe sobrevivimos -o no- día a día.

Eso ocurre en Chile, pero evidentemente no sólo en Chile. En la mayoría de nuestros países. Y cada vez que ocurre, queda de manifiesto la hasta ahora insuperable distancia que nuestras propias instituciones de gobernanza -e incluso, a veces, de participación- han establecido respecto de la vida, las mujeres, la democracia misma.

Nuestro desafío como movimiento feminista latinoamericano y del caribe, hoy, es hacernos cargo de este escenario cambiante e inmoficado inventando nuevas formas de diálogo pero también instalando nuestras prácticas en los escenarios que nos son propios: las organizaciones, los territorios, la calle y el campo; entendiendo que la transformación real de nuestras democracias no puede, nunca más, escribirse sobre la materia de los cuerpos maltratados de las mujeres. Tenemos, como mujeres, feministas y movimiento, múltiples divergencias que, necesariamente, atraviesan nuestro quehacer y nuestros planteamientos; nada de ello, sin embargo, puede obstaculizar nuestro deber ético de construir una voz, una posición y una estrategia conjunta.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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