Opinión
El “mal emperador” no asaltó el poder: fue elegido
El debate de Shanghái de 2011 no tuvo un ganador claro, pero sí una conclusión que el tiempo confirma: la democracia liberal no es el fin de la historia, sino un sistema político que, como cualquier otro, puede decaer, corromperse y volverse disfuncional.
El deterioro de las democracias no siempre ocurre mediante quiebres abruptos o golpes de Estado. A veces sucede de forma más silenciosa: a través de sus propios mecanismos. Líderes elegidos democráticamente pueden erosionar las instituciones desde dentro, tensionando los límites del sistema que los llevó al poder.
En 2011, en Shanghái, dos influyentes intelectuales debatieron sobre el futuro político del mundo. Francis Fukuyama, quien años atrás había proclamado el “fin de la historia” con el triunfo de la democracia liberal, se enfrentó a Zhang Weiwei, defensor del modelo chino del Estado-civilización.
Lo que entonces pareció un debate académico hoy resulta profético. Zhang sostenía que la democracia occidental no era un destino universal, sino un sistema en declive, incapaz de producir gobernanza efectiva por su captura progresiva por grupos de interés y su parálisis para pensar estratégicamente más allá de los ciclos electorales. En cambio, Fukuyama defendía que la clave de su fortaleza radicaba en remover líderes incompetentes mediante elecciones. Pero esa premisa hoy enfrenta una tensión evidente: ¿qué ocurre cuando es la propia democracia la que elige mal?
Para Fukuyama, la democracia había resuelto este dilema histórico mediante la alternancia electoral. Zhang sostenía que la solución era más aparente que real: sin filtros de competencia cualquier persona con dinero, carisma mediático o capacidad para movilizar el malestar social puede capturar un sistema democrático, independientemente de su aptitud para gobernar.
Donald Trump encarna la figura que hace colapsar ambos argumentos. Su regreso al poder materializa lo que el propio Fukuyama llamó “vetocracia” y “repatrimonialización”: mecanismos democráticos capturados por el populismo, el financiamiento corporativo y la polarización identitaria. El último informe de V-Dem confirma esta degradación con datos: erosión del Estado de derecho, debilitamiento judicial, concentración del Poder Ejecutivo y deterioro institucional sostenido. La democracia estadounidense no fue derrocada; se está vaciando desde adentro.
Pero Trump no es una anomalía: es el caso más notorio de un patrón en el panorama democrático global que premia con frecuencia la espectacularidad sobre la competencia, la promesa electoral sobre el resultado de gobierno, y que carece de mecanismos reales de selección meritocrática.
En Perú, Castillo canalizó exclusión legítima y terminó en prisión tras un autogolpe fallido. En Israel, Netanyahu sostiene su supervivencia política a costa de una crisis de legitimidad interna sin precedentes y un aislamiento internacional creciente.
En Argentina, Milei desmantela instituciones sin un proyecto coherente de reemplazo. El caso de Orbán en Hungría es quizás el más ilustrativo: elegido democráticamente en 2010, ha utilizado sucesivas mayorías para remodelar el sistema judicial, controlar los medios y rediseñar la constitución a su medida. En todos estos casos, el “mal emperador” no asaltó el poder: fue elegido.
Las consecuencias geopolíticas de esta disfunción son ya notorias. En Ucrania, Estados Unidos demostró ser un aliado cuya continuidad depende del color político de su presidente, no de compromisos institucionales duraderos. En Gaza, su pasividad en la dramática situación humanitaria ha quebrado lo que quedaba de su credibilidad moral. En el Golfo Pérsico, Washington admitió que no puede abrir el estrecho de Ormuz por la fuerza, mientras Irán consolida su control sobre una arteria energética crítica.
Arabia Saudita, Turquía, Egipto, Pakistán –hasta ahora dependientes del paraguas defensivo estadounidense– están construyendo activamente una nueva arquitectura de seguridad regional respaldada por China. La OTAN enfrenta una fractura profunda: España, Italia, Francia y Austria se niegan abiertamente a respaldar operaciones militares estadounidenses, expresando con ello que Europa y Washington ya no comparten ni visión ni propósito de alianza.
Lo más significativo no es el declive estadounidense en sí, sino el contraste en el estilo de la potencia que ocupa el vacío. Mientras Trump gobierna por redes sociales y proclama victorias militares con lenguaje que analistas califican de “errático”, China construye pacientemente una nueva arquitectura de poder global: emitió junto a Pakistán una declaración de cinco principios para la seguridad del Golfo y negoció acuerdos pragmáticos de paso por el estrecho de Ormuz cuando Washington aún amenaza con la fuerza.
Beijing lidera desde atrás, a través de coaliciones multilaterales, sin improvisación visible. Es exactamente el modelo de gobernanza de largo plazo mencionado por Zhang.
Fukuyama tenía razón en advertir sobre el “mal emperador”: sin contrapesos, un sistema es tan bueno o tan malo como su líder. Y tenía razón también en señalar que los modelos autoritarios contemporáneos no han resuelto ese problema: carecen de legitimidad formal –la capacidad de un ciudadano de retirarle el mandato a quien gobierna– y, por tanto, no tienen mecanismo alguno para corregir pacíficamente sus propios errores de liderazgo.
Pero el presente demuestra que los contrapesos democráticos tampoco son garantía suficiente cuando las propias instituciones han sido capturadas y la desigualdad creciente erosiona la legitimidad sustantiva. Trump no rompió las reglas del sistema: llegó al poder usándolas y las utiliza para concentrar poder, erosionar alianzas, ejecutando lo que analistas especializados denominan un autosabotaje estratégico: Estados Unidos no pierde poder en términos absolutos, sino la capacidad de traducirlo en influencia real.
El debate de Shanghái de 2011 no tuvo un ganador claro, pero sí una conclusión que el tiempo confirma: la democracia liberal no es el fin de la historia, sino un sistema político que, como cualquier otro, puede decaer, corromperse y volverse disfuncional. La pregunta relevante hoy ya no es si el modelo chino es moralmente superior al occidental, sino algo más urgente e incómodo: ¿puede una democracia que elige sistemáticamente mal a sus líderes seguir siendo el referente normativo del orden internacional? Los hechos sugieren que esa pregunta ya no es teórica.
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