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El caos de las tallas en Chile: sin reglas claras, comprar ropa se vuelve una experiencia excluyente BRAGA Créditos: El Mostrador.

El caos de las tallas en Chile: sin reglas claras, comprar ropa se vuelve una experiencia excluyente

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La falta de un sistema obligatorio de tallas en Chile genera confusión, exclusión y frustración al comprar ropa. Expertos advierten que una misma talla puede variar hasta un 24% entre marcas, afectando la experiencia de consumo y la autoestima.


Comprar ropa en Chile suele implicar una cuota de incertidumbre: una talla puede calzar perfecto en una marca y resultar imposible en otra, aun cuando ambas indiquen el mismo número. Lejos de ser una molestia aislada, esta experiencia responde a un problema estructural: la ausencia de un sistema obligatorio de tallas, que genera confusión, exclusión y frustración entre los consumidores.

La falta de regulación permite que cada marca defina sus medidas según criterios propios. Para María Gabriela Beaumont, docente de Diseño de Vestuario y Textil del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello, este vacío normativo deja a las personas enfrentadas a un sistema fragmentado, sin referencias claras ni comparables. La académica explica que, en la práctica, esto obliga a probar varias tallas de una misma prenda (incluso dentro del mismo retail) y transforma algo cotidiano en una experiencia engorrosa, especialmente en el comercio electrónico, donde no existe la posibilidad de probarse la ropa y aumentan las devoluciones y reclamos.

La confusión no es solo una percepción. Un estudio del Servicio Nacional del Consumidor (SERNAC) reveló que una misma talla puede variar hasta en un 23 o 24 % en medidas como cintura o pecho entre distintas marcas, lo que hace prácticamente imposible anticipar cómo calzará una prenda antes de comprarla.

La talla estándar también excluye

Más allá de la incomodidad, la falta de estándares tiene un efecto más profundo: deja fuera del sistema a una parte relevante de la población. Beaumont advierte que muchas personas cuyos cuerpos no se ajustan al tallaje considerado “estándar” simplemente no encuentran opciones, especialmente en categorías como tallas plus o mini.

Esta exclusión no es neutra. Refuerza la discriminación corporal y afecta la autoestima, un fenómeno que se ha vuelto más visible en las nuevas generaciones. A ello se suma un factor estructural del mercado global: gran parte de la producción se realiza en Asia, donde la talla estándar es significativamente menor que en Latinoamérica, acentuando el desajuste con los cuerpos locales.

¿Más tallas o mejor diseño?

En medio del creciente discurso sobre diversidad corporal, muchas marcas han optado por ampliar su rango de tallas. Sin embargo, Beaumont distingue entre sumar números y diseñar para cuerpos diversos. Ampliar tallas suele implicar escalar un patrón base, agrandándolo o reduciéndolo de manera proporcional. El problema es que los cuerpos no cambian de forma uniforme: varían las proporciones, la distribución del volumen, la longitud del torso y la postura. Por eso, aumentar una talla no garantiza un buen calce.

En cambio, diseñar para la diversidad exige de una investigación antropométrica real y de patrones pensados para distintas morfologías. En nuestro país, iniciativas como el proyecto de Ley de Tallas Inclusivas o el Sistema Único de Tallas (inspirado en la campaña Tallas para Todes), apuntaban justamente a basar el diseño y confección en estudios representativos de los cuerpos chilenos y no en un ideal estético importado.

Eso sí, la académica reconoce los límites del retail masivo. Y es que la producción a gran escala hace inviable trabajar con prensas a la medida, como ocurre en el slow fashion o la alta costura. Aún así, el patronaje estandarizado no exime a la industria de revisar y ajustar sus criterios.

La talla no es sinónimo de identidad

Otro punto clave es el impacto simbólico del número de la talla. Pasar de ser una talla 38 en una marca a una 44 en otra puede afectar la autoestima, aunque ese número no diga nada real sobre el cuerpo. De ahí la necesidad de cambiar el enfoque: entender la talla como un parámetro técnico y no como una identidad personal. Reconocer que cada marca maneja sus propias tablas permite despersonalizar la experiencia y reducir la carga emocional asociada al vestuario, aunque el problema de fondo, la falta de estándares comunes, persista.

Muchos consumidores describen una experiencia cargada de incomodidad y malestar al enfrentarse a un sistema de tallas que no es coherente entre marcas. No encontrar “la propia talla” o verse obligados a elegir una mayor de la esperada puede detonar ansiedad y estrés: se estima que hasta cuatro de cada diez personas sienten que estas diferencias afectan su percepción corporal.

La evidencia sugiere que esta frustración no se queda en el probador. Estudios indican que la inconsistencia del tallaje se asocia a emociones negativas más profundas, como la insatisfacción con el propio cuerpo, e incluso puede llevar a cuestionamientos personales, dietas innecesarias o intentos por ajustarse a un ideal de talla impuesto.

En ese contexto, el número que figura en la etiqueta deja de ser un dato técnico y se convierte en un factor con impacto emocional real, aun cuando no tenga una relación directa ni objetiva con las medidas del cuerpo.

La inclusión es tarea de la industria 

Es por esto que, en un contexto donde el debate sobre la inclusión corporal gana cada vez más fuerza en las redes sociales y las decisiones de consumo de los clientes, Beaumont subraya que la responsabilidad no recae exclusivamente en los consumidores. Tanto los Diseñadores como las marcas y el retail tienen un rol ético y social que va más allá del marketing.

En el caso del diseño, se debe cuestionar los patrones tradicionales y promover ajustes que respondan a la mejorar la realidad del país. Para las marcas, implica transparentar sus tablas de medidas y avanzar hacia talles coherentes con cuerpos reales. Finalmente, para el retail implica adoptar prácticas más inclusivas en el punto de venta físico y digital: publicar medidas en centímetros, mostrar referencias claras en las imágenes y capacitar a los equipos de atención.

Incluso la tecnología comienza a jugar un papel relevante, con el uso de inteligencia artificial para mostrar una misma prenda en distintos tipos de cuerpo y ayudar a que la expectativa del cliente sea más realista. En ese sentido, Beaumont concluye que la moda ya no puede entenderse solo desde lo estético: para las nuevas generaciones, también se vincula con derechos del consumidor, representación y acceso, en un mercado cada vez más informado y exigente.

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