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La víctima desplazada: género y relato mediático Yo opino Créditos: El Mostrador.

La víctima desplazada: género y relato mediático

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Carol Frost
Por : Carol Frost Directora de la carrera de Publicidad de la Universidad Andrés Bello.
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Mientras los marcos legales y los discursos feministas avanzan, la escena mediática sigue produciendo relatos que protegen al agresor, dudan de la víctima y castigan a las mujeres que no encajan en el guion de la “buena víctima” o de la “buena madre”.

En los últimos días, en Chile, vemos un caso que ilustra este discurso. El cantante Américo enfrenta una denuncia por violencia intrafamiliar en el contexto de su relación con Yamila Reyna, además de relatos de maltrato laboral y de humillación hacia miembros de su equipo. Sin embargo, su figura sigue circulando como “artista invitado” en eventos masivos, y su conflictividad se narra muchas veces como “polémica” o “escándalo de farándula”, más que como un problema estructural de violencia de género. Los paneles de opinión sólo comentan el hecho, pero cuesta escuchar a alguien que ponga en el centro la violencia de género. 

En su reciente presentación en la Semana Puertovarina, Américo no solo evitó cualquier reflexión crítica sobre las denuncias, sino que decidió redoblar la apuesta con un monólogo que elogió a los hombres y ridiculizó el empoderamiento femenino, incluyendo frases como “aparte de pegarles, no les toca” y “te odio, Shakira”. El gesto no es ingenuo: es una performance de masculinidad ofendida, que se presenta como víctima de un feminismo “exagerado” y busca complicidad en un público cansado de “tanto género”.

​ Aquí el paradigma comunicacional muestra su tensión: por un lado, existe una creciente demanda social y normativa de incorporar la perspectiva de género en medios y espectáculos; por otro, las figuras masculinas que ven erosionados sus privilegios responden con discursos de contraofensiva, apelando al humor, la ironía y la nostalgia de un orden en el que su poder no era cuestionado. El resultado es un doble desplazamiento: la violencia se minimiza como “problema de pareja” o “mal carácter del artista”, mientras la mujer que denuncia queda relegada al rol de ex, de “la que arruinó la fiesta”, o simplemente desaparece de la escena mediática.

Lo que observamos en esta narrativa es un patrón que se repite en distintas latitudes: la víctima real —la mujer que denuncia, la trabajadora maltratada, la persona cuyo cuerpo y tiempo fueron vulnerados— queda rápidamente desplazada por la figura del varón que se autoconstruye como víctima del escrutinio público, de los medios o del feminismo. El foco se centra en su “dolor”, su “crisis emocional”, sus “errores”, su derecho a “equivocarse como cualquiera”, mientras las consecuencias materiales y simbólicas para la víctima quedan subrepresentadas o directamente fuera de cuadro.

Este desplazamiento no es solo editorial; es profundamente político. Supone que la sociedad debe proteger ante todo la continuidad de la carrera del varón famoso, su reputación y su “derecho a rehacer su vida”, y que el costo de esa protección es el silenciamiento o la difuminación de las experiencias de violencia. Se reinstala así un viejo orden narrativo: el hombre es complejo, contradictorio, “humano”; la mujer es acusadora, exagerada o funcional al drama, pero rara vez sujeto político pleno.

En términos de paradigma comunicacional, significa que hemos incorporado el lenguaje de la violencia de género –hablamos de VIF, de denuncias, de femicidios–, pero no hemos transformado el modo en que jerarquizamos empatías y protagonismos. La víctima sigue siendo un personaje secundario en un guion que prioriza el arco dramático del agresor.

Si miramos hacia Argentina, el caso de Cazzu abre otro pliegue en este cambio de paradigma. Tras su separación de Christian Nodal, anunciada públicamente pocos meses después de ser madre, la artista quedó expuesta a una doble lectura: como figura pop, juzgada por su vida afectiva, y como madre joven sometida al escrutinio sobre cómo, dónde y con quién cría a su hija Inti. La aparición casi inmediata de una nueva relación pública de Nodal, sumada a la intensa cobertura mediática, reeditó el clásico triángulo de la telenovela, donde el varón circula entre mujeres, mientras la expareja es evaluada en términos de dignidad, dolor “correcto” y supuesta utilidad de su maternidad.

Con el tiempo, el conflicto se desplazó también a la esfera legal, con trabas y disputas en torno a los permisos de viaje y la manutención de su hija, lo que dio origen a una campaña ciudadana que impulsó la llamada “Ley Cazzu”, orientada a facilitar la movilidad de hijas e hijos cuando se demuestra abandono o ausencia de uno de los progenitores. La paradoja es evidente: una mujer que, en el ámbito mediático, es sometida a juicio moral por cada gesto –desde cómo se viste hasta cómo se expresa sobre la maternidad– se convierte, al mismo tiempo, en referente de una lucha concreta contra la burocracia y la violencia institucional contra las familias monoparentales.

Mientras tanto, el relato público sobre Nodal, incluso en medio de tensiones y declaraciones cruzadas, continúa centrado en su figura como artista, en sus éxitos y fracasos amorosos, y en su derecho a cuestionar que “la maternidad se use como escudo”, como afirmó recientemente en una respuesta a las declaraciones de Cazzu. De nuevo, la maternidad aparece como campo de disputa simbólica: lo que para las mujeres es carga, traba y argumento para exigir derechos, para el varón puede ser enunciado como “excusa” o “estrategia”, lo que refuerza la sospecha permanente sobre la credibilidad de las madres.

Tanto en Chile como en Argentina, el sistema mediático se ha visto obligado a incorporar términos y marcos provenientes de los feminismos: se habla de violencia de género, femicidio, derechos reproductivos y maternidades diversas. Sin embargo, la estructura profunda de los relatos sigue siendo androcéntrica: los varones ocupan el centro del conflicto, mientras las mujeres encarnan el daño, el obstáculo o la consecuencia colateral.

En ambos casos, las figuras femeninas cargan con una exigencia adicional: ser pedagógicas, “ejemplares”, portar el sufrimiento con elegancia y sin demasiada rabia, mientras que el varón tiene margen para el descontrol, el enojo y la victimización pública. Esta asimetría es el corazón del paradigma que aún no logramos transformar.

Si aceptamos que la comunicación no solo refleja, sino que produce realidad, la pregunta es qué tipo de sociedad estamos ayudando a construir cuando damos tribuna a discursos misóginos como material de espectáculo o tratamos las disputas de cuidado y manutención como “novelas de famosos”. Un paradigma comunicacional realmente feminista requiere, al menos, tres elementos: poner a las víctimas en el centro del relato, no como nota al pie del drama masculino, sino como sujetas políticas cuya experiencia importa y merece ser creída y contextualizada, renunciar a la neutralidad falsa que presenta la misoginia como “opinión polémica” o “humor”, y asumir una posición ética frente a los discursos que refuerzan la violencia.

​​ En la práctica, esto implica que los medios y las industrias del espectáculo revisen sus criterios de contratación, cobertura y edición, y que la audiencia deje de premiar con rating y clics a quienes hacen de la violencia un espectáculo. También supone ampliar las voces: que sean más las periodistas, editoras, críticas y académicas con formación en género quienes construyan estos relatos, disputando la narrativa que convierte al agresor en héroe trágico y a la víctima en personaje descartable.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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