Yo opino
Créditos: El Mostrador.
Postfeminismo: La soberanía femenina diseña el nuevo mundo
Yo no espero más y renuncio a la idea del feminismo liberal, para mi es momento de aceptar la derrota de esa vía y buscar una que solo dependa de nosotras, y de personas que están convencidas que las niñas y mujeres tenemos los mismos derechos que cualquier ser humano. Es una idea, una pequeña esperanza que hemos empezado a conversar con algunas amigas, la mayoría mujeres en Ciencias Sociales y filosofía.
El feminismo liberal se volvió una estética, una idea utópica: inclusión visible sin redistribución real de poder. Mujeres en paneles, pero no en presupuestos. Mujeres en campañas, pero no en directorios. Mujeres en la foto, pero no en la decisión.
El pink washing, que levantaron las empresas, con sus charlas de 8M y sus departamentos de género e inclusión, no es un error, es una estrategia de adaptación del sistema: hacerte creer que todo cambia, y en realidad no cambia nada, solo las formas.
Los informes globales proyectan que la paridad real en posiciones de poder podría tardar más de un siglo. Más de un siglo. No lo veré yo. Probablemente no lo verán nuestras hijas. Y ni siquiera es seguro que lo vean nuestras nietas.
Frente a este escenario —y al retroceso global en derechos de las mujeres frente al avance del fascismo— algo en mí dejó de querer convencer y empezó a querer construir.
Mientras debatimos, el machismo se reinventa.
Mientras legislamos, nuevos gobiernos fascistas amenazan con borrar de un manotazo lo avanzado. El capitalismo, nos vende autoestima en Instagram y se encarga de mantenernos alienadas, spoiler: nunca podrás ser buena para este sistema, el negocio es tu inseguridad. Nos siguen matando: el mundo no es precisamente un lugar seguro para las mujeres y niñas en estos momentos.
Les hago un llamado a pensar algo nuevo, a proyectarlo juntas, no desde la rabia, desde la lucidez, un llamado a la Soberanía femenina: La capacidad de una mujer para reconocerse como dueña de su cuerpo, su voz, sus decisiones y su destino. Implica autonomía, libertad y conciencia para vivir según sus propios valores, sin someterse a imposiciones sociales, culturales o de género.
No es empoderamiento emocional. No es guerra contra los hombres. Es dirección. Significa dejar de pedir espacio y comenzar a diseñar el mapa. Significa aceptar que la fase de la persuasión moral tiene límites y que depender de la buena voluntad ajena no es una estrategia de poder. Es red de influencia real. Es recomendación estratégica entre mujeres.
Es ocupar los lugares donde se definen presupuestos y prioridades. Es confiar en el criterio femenino como estándar, no como excepción. No es sororidad romántica, es complicidad estructural.
La soberanía femenina ya está ocurriendo. Cuando las mujeres descentralizan el machismo de sus vidas —no eligen parejas violentas, no sostienen amistades abusivas, no trabajan con agresores, no normalizan la misoginia cotidiana— el sistema se tensiona.
La llamada “epidemia de soledad masculina”y los incels no puede analizarse sin mirar este fenómeno: mujeres que dejaron de subsidiar emocionalmente conductas que antes se toleraban.
Eso no es odio, es salud emocional: La soberanía femenina ya no busca discutir y analizar el patriarcado, explicar al agresor porque es violenta su perspectiva denigrante y excluyente, ya no educamos machos, ahora los superamos y todas y todos son bienvenidos a esta nueva mirada.
La soberanía femenina es profundamente pacifista. No busca destruir al hombre. Busca desactivar el machismo como estructura funcional. Busca un nuevo estándar donde la equidad no dependa de la buena voluntad, sino de la arquitectura institucional y cultural que construimos.
Es simple y radical a la vez:
No trabajar con el abusador.
Cortar al amigo violento.
No normalizar el comentario misógino.
Recomendar mujeres para puestos de decisión.
Invertir en liderazgo femenino real.
Pequeñas decisiones cotidianas que, acumuladas, rediseñan el ecosistema.
El feminismo pidió espacio, equidad, la soberanía femenina diseña el nuevo mundo. No reniego del feminismo liberal. Lo honro, fue la etapa necesaria para nombrar la injusticia, para visibilizarla y ponerla en números. Pero tal vez hoy estamos en otra fase: la de dejar de discutir eternamente el patriarcado y comenzar a volverlo obsoleto.
No es el fin de la lucha. Es el inicio de la arquitectura de un nuevo mundo, en el que quizás, tal vez, algún día podremos cumplir esa loca idea de “una vida libre de violencia machista”.
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