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Mural de Calle Rosal: lo que el debate evidenció

por 22 junio, 2019

Mural de Calle Rosal:  lo que el debate evidenció
No se pueden desconocer los acuerdos previos, presos de modo consensuado entre todos los actores, que contemplaba la devolución del muro a su estado anterior una vez vencido el periodo de tiempo acordado. Las reglas eran claras y corresponde respetar los acuerdos, esté uno de acuerdo o no.
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Como residente del Parque Forestal experimenté un breve sacudón de ausencia, cuando al cruzar Calle Lastarria en dirección a mi trabajo había desaparecido bajo una capa blanca gran parte del mural de Calle Rosal.

Mucho se ha escrito y todos han opinado. Explotado en las redes sociales, recogido por las autoridades políticas, rebotando por los exponentes de la cultura hasta las distintas agrupaciones de residentes en contra o a favor. Han opinado acerca si esto es o no es arte, si constituye un aporte o más bien atenta contra el valor patrimonial del barrio y acerca las reglas democráticas de una sana convivencia social.

Ahora, más allá de la contingencia, el debate evidenció dos problemas a solucionar para el futuro. El primero que hay que avanzar en mecanismos de participación ciudadana vinculante que permitan incorporar el imaginario colectivo en la construcción identitaria de un barrio. La memoria o el patrimonio de un barrio o una ZT reside más en lo intangible que en lo tangible. Reverbera más en el imaginario de sus habitantes, que en lo físico de las construcciones.

En lo personal me apena esta desaparición, con el tiempo le tomé cariño para ahora darme cuenta que se anidó en mi memoria, que decantó en una imagen que (en mi imaginario) es, fue y ojala siga siendo un elemento identitario del barrio Lastarria.

Sin embargo, no se pueden desconocer los acuerdos previos, presos de modo consensuado entre todos los actores, que contemplaba la devolución del muro a su estado anterior una vez vencido el periodo de tiempo acordado. Las reglas eran claras y corresponde respetar los acuerdos, esté uno de acuerdo o no.

Fue la irrupción de un nuevo actor, la sociedad civil (residentes, artistas y turistas), que no estaba al tanto de las reglas estipuladas, que con su indignación por redes sociales gatilló el presente debate y obligó a todos los involucrados a dar explicaciones públicas y ampararse en la normativa vigente. Similar a la novela de Kafka, todas lo emotivo y el sentido común sucumbe a las leyes más pedestres, como si esas tuvieran vida propia e independiente de la voluntad humana. En este caso porque las leyes que regulan una Zona Típica no contemplan un mural de estas condiciones y porque dificultan la preservación y el mantenimiento de la ZT, según las palabras del presidente de la Junta de Vecinos, la asociación que impulsó que finalmente se borrara el tan polémico mural. Habrá que ver cuanto durará lo inmaculado del muro blanco, en un territorio marcado por la cultura de los tags graffiteros. Y, una vez ocurrido el ataque del “arte callejero”, si las autoridades querrán esgrimir la misma argumentación basada en la Ley General de Urbanismo y multar a la comunidad por concepto de “no lavado de fachada”.

Ahora, más allá de la contingencia, el debate evidenció dos problemas a solucionar para el futuro. El primero que hay que avanzar en mecanismos de participación ciudadana vinculante que permitan incorporar el imaginario colectivo en la construcción identitaria de un barrio. La memoria o el patrimonio de un barrio o una ZT reside más en lo intangible que en lo tangible. Reverbera más en el imaginario de sus habitantes, que en lo físico de las construcciones.

Lo segundo que la memoria es algo vivo, dialéctico y cambiante en el tiempo, a menudo mentirosa acerca su pasado y muy reacia a dejarse atrapar en moldes preconfigurados. Cuando lo hace es porque perdió su linfa vital y se entrega a la momificación o a la museificación.

En mi disciplina, nos gusta vivir y percibir a los barrios o la ciudad bajo el punto de vista del paisaje, entendido este como la unidad visual que refleja el momentáneo equilibrio temporal de fuerzas amigas y opuestas. Por eso mismo es una unidad fluida y cambiante. La memoria misma es un tipo de paisaje, un receptáculo de imágenes que de modo simultáneo entrelaza pasado, presente y futuro. Si la queremos mantener viva, la tenemos que estimular para que dialogue con el presente y se reinvente en el futuro.

Arq. Claudio Magrini. Director Magíster Territorio y Paisaje UDP

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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