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“O agente secreto”: la memoria familiar como ejercicio político

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El brasileño Kleber Mendonça Filho estrena un thriller político premiado en Cannes y los Globos de Oro. La película revisita la memoria histórica y subvierte los códigos del género hollywoodense desde una mirada latinoamericana, con la presencia magnética de Wagner Moura.


En los últimos años, el cine brasileño ha experimentado un resurgimiento notable. La aclamada Ainda estou aqui, de Walter Salles, obtuvo tres nominaciones al Oscar y se alzó con la estatuilla a Mejor Película Internacional. En esta nueva edición la película, O agente secreto no solo toma su relevo, sino que lo amplifica: suma una nominación adicional (mejor casting que es una categoría nueva), se posiciona entre las diez mejores del año y consigue nominación a mejor actor para Moura, en sintonía con el reconocimiento previo a Fernanda Torres (los dos ganaron el Globo de oro). Esta sucesión de logros consolida a Brasil como una de las grandes potencias audiovisuales de América Latina, con dos nominaciones consecutivas al Oscar para obras políticas que revisitan, desde perspectivas distintas, el trauma de la dictadura.

Mendonça Filho, formado en la crítica cinematográfica, ha construido una filmografía breve pero particular: Sonidos vecino (2012), Aquarius (2016), Bacurau (2019) y el documental Retratos fantasmas (2023) preceden a esta nueva incursión. Su cine, atravesado por una profunda cinefilia, indaga en la resistencia territorial, la memoria histórica y la dimensión sonora como núcleo estructurante del relato. Recife, ciudad natal del director, emerge recurrentemente como escenario y protagonista simbólico. Se trata de un autor versátil, capaz de hibridar géneros y de afirmar una identidad estética propia dentro del panorama brasileño contemporáneo, convirtiéndose en la actualidad en uno de los mejores de su país.

La trama sigue a Marcelo (Wagner Moura), un profesor universitario que en plena dictadura militar brasileña huye de São Paulo hacia Recife tras ser acusado de actividades subversivas. Aspira a reconstruir su vida y a reencontrarse con su hijo, sin embargo, pronto se da cuenta de que la ciudad dista de ser el refugio anhelado: la vigilancia y la persecución del aparato estatal se ciernen sobre él con persistencia amenazadora.

La película es un thriller político, que despliega una idiosincrasia inequívocamente latinoamericana. Al igual que en Bacurau, Mendonça se apropia de los códigos del cine estadounidense de los años setenta y ochenta para reformularlos desde una sensibilidad profundamente brasileña. Ambientada en 1977, en el final de la dictadura, la coyuntura histórica funciona más como atmósfera que como motor narrativo: una sensación difusa de intimidación, corrupción y violencia impregna cada encuadre, en un agudo contraste con la alegría brasileña y la celebración del carnaval. La obra reivindica la resistencia cultural y la identidad de Recife frente a la homogeneización impuesta por el régimen, articulando un tejido genérico que conjuga thriller político, cine paranoico, neo-noir e incluso resonancias del giallo, subgénero italiano del suspenso con elementos de slasher.

En su arquitectura formal, O agente secreto dialoga con el thriller paranoico digno de películas como La conversación de Coppola y de la trilogía de Alan J. Pakula, incorpora el suspenso estilizado y los recursos visuales (como el split screen) asociados a Brian De Palma, y rememora la estética cromática y la tensión sensorial del giallo de Dario Argento. Su veta neo-noir, con identidades desplazadas que remiten a Night Moves de Arthur Penn, se entrelaza con una sutil comedia negra y una galería de personajes delineados con precisión. Las referencias a clásicos como Tiburón de Steven Spielberg, cuyo imaginario de los tiburones se transforma en una subtrama tan lúdica como divertida o La profecía de Richard Donner, enriquecen un entramado intertextual que funciona como homenaje cinéfilo. Además de un genial cameo del gran Udo Kier, que es muy simbólico porque el actor nos dejó en noviembre del 2025.

La elección de Recife como escenario no responde únicamente a una exigencia narrativa, sino a una motivación íntima. Mendonça ya había explorado la geografía emocional de la ciudad en Sonidos vecinos, Aquarius y Retratos fantasmas, que incluso está última dialoga estrechamente con O agente secreto. Aquí retorna para construir un ejercicio de memoria que oscila entre lo personal y lo político. El director privilegia los matices de lo cotidiano y la densidad simbólica de los vínculos familiares como formas de resistencia en tiempos convulsos.

La dirección, premiada en Cannes, demuestra un pulso magistral para administrar la intriga, evocando el clasicismo ochentero sin renunciar a su identidad. Moura, también galardonado, compone un personaje atravesado por la tensión y la resiliencia, cuya serenidad aparente intensifica la sensación de peligro inminente. Su interpretación, reconocida con el Globo de Oro a Mejor Actor en Drama, se erige como uno de los pilares de una obra que figura entre las favoritas en la carrera al Oscar en la categoría de película internacional, por detrás de Sentimental value de Joachim Trier.

O agente secreto es, en definitiva, un cine inteligente y de contención, que construye la tensión desde lo subterráneo, sin estridencias. Más que un thriller de estética retro, es una meditación sobre la memoria (personal, política y colectiva) frente a los discursos negacionistas que intentan banalizar o borrar la violencia de los regímenes dictatoriales. Mendonça no solo confirma su estatura como uno de los autores fundamentales del cine brasileño contemporáneo, demuestra, además, que su obra nada tiene que envidiar a Hollywood, al ofrecer una de las películas más refinadas y potentes del año.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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