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Jacqueline Paredes: nadando fuera de la pecera CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

Jacqueline Paredes: nadando fuera de la pecera

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Ricardo Rojas Behm
Por : Ricardo Rojas Behm Escritor y crítico, ha publicado “Análisis preliminar”, “Huevo de medusa”, “Color sanguíneo”, además de estar publicado en diversas antologías en Chile y el extranjero.
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Se atreve a usar una paleta cromática casi pura (tal como viene de fábrica), creando un enfrentamiento entre complementarios e incluso flirteando con ciertas saturaciones cromáticas, y a las cuales no le teme.


Son escasas las ocasiones en que ponemos atención a aquellos artistas visuales que pululan fuera del circuito y que, derechamente, no les inquieta danzar al son de lo que afirmó con todas sus letras Enrique Lihn, con su emblemático título “La musiquilla de las pobres esferas”, entendiendo que en este paraje, deambula un significativo número de artistas, que se auto complacen y se convencen de que para ser reconocidos, deben acomodarse a perpetuidad en circuitos que -cual dictaduras- los llevan a entronizarse, ocupando cuanto lugar existe. Desconociendo de plano que “Hay cabida para todos”, e insisten en orbitar y apoderarse de cuanto circuito aparece.

En un acto de mezquindad que evidencia entre otras cosas, una voracidad tipo cardumen, que emula el comportamiento de las pirañas en su afán por fagocitar lo que se le ponga por delante. Instalando una práctica sistemática que por sobre el enrarecido escenario en el cual también bracean algunos que por convicción y coraje llevan adelante sus proyectos artísticos. Tal es el caso de Jacqueline Paredes, artista visual y gestora cultural, quien ha apoyado a diversos creadores, tanto consagrados como emergentes, pero la intención de esta nota no se sitúa en referirme a esa encomiable labor -que prioriza- sino más bien en voltear el espejo hacia un trabajo silencioso, en el cual resalta una persistente redefinición estética, una diversificación y una incansable búsqueda, tanto en técnica, concepto y materialidad.

Labor que da cuenta de cómo su imaginario visual nunca está quieto. En estricto rigor, su sentido de lo inusual deriva de la reutilización o resignificación de diversos soportes, como son el ethafoam o espuma de poliestireno y polietileno expandido, que se emplea para embalar aparatos electrónicos, y con la que desarrolla esculturas que mutan, y que al igual que un mecano se pueden volver a armar, rompiendo con el esquemático condicionamiento visual que el espectador se hace de una obra. Otorgándole una dinámica distinta, que hasta cierto punto es muy semejante a lo que propone en la serie de retratos “Ramiro (2020), que es el nombre de su padre, en los que utiliza como soporte esas atípicas imágenes que cambian de posición, también conocidas como impresión lenticular, que consiste en una tecnología que da la sensación de movimiento, profundidad y cambio en una superficie plana, la que varía según el ángulo de visión, y que en otro tiempo, era usual verlas decorando singulares calendarios, los que mutaban haciendo un flip, según el espectador adoptaba distinta posición. Estas son imágenes que interviene incorporándoles, una suerte de esténcil con el rostro de su progenitor, mismo personaje, que el pasado 2025, formó parte de una serie de etiquetas de una viña agroecológica (Cancha Alegre), logrando un maridaje, muy singular.

En esa correlación, afloran como parte de su historia personal y familiar, momentos entrañables que, cual instantánea cohabitan en su inconsciente, y se fijan para siempre evocando diversas corrientes y estilos que recrea a su modo, transitando libremente por el pop, el expresionismo abstracto e incluso la psicodelia, con los que logra generar un planteamiento lúdico donde la experimentación es connatural a su indomable espíritu. Algo que es diferente en su origen y naturaleza, y que se evidencia en que en la mayoría de estas obras queda la sensación de que estamos frente a piezas impresas en serigrafía. Sin embargo, contrario a lo que aparentan están pintadas a mano, lo que agrega un factor sorpresa, que exprofeso esta artista incorpora. Máxime que desde siempre ha estado ligada a la publicidad, su profesión de base, y a la serigrafía en particular, porque desde niña recorría las instalaciones de la emblemática imprenta de su familia, donde se impregnó de colores, papeles y tintas serigráficas. Eso descontado que lleva en la sangre el colorido como un mecanismo que moviliza su fuerza expresiva, otorgándole a su trabajo un signo distintivo, el que va de la mano del riesgo.  Desde el momento que se atreve a usar una paleta cromática casi pura (tal como viene de fábrica), creando un enfrentamiento entre complementarios e incluso flirteando con ciertas saturaciones cromáticas, y a las cuales no le teme.

Por todo lo anterior, doy fe que tanto la técnica y la materialidad las conjuga sin restricciones. Por eso afirmo que Jacqueline Paredes, nada fuera de la pecera, y si bien no es nada fácil. Sigue adelante, perseverando en dicha combinatoria, cuya potencia se activa en la medida que nos sorprende con una relectura distinta de lo material, ya que dentro de sus desafíos está el reutilizar constantemente elementos que son descartados, pero que ella ve en ellos “una nueva forma de expresión”, la que la mayoría de las veces se complementa con temáticas tan próximas como la familia, y otras con ejes que giran contrarios a las manecillas del reloj, y que se sitúan en espacios atemporales, e incluso abiertamente oníricos, como parte de su sello. Porque como dijo Mark Rothko, alguna vez, “el arte es una aventura que nos lleva a un mundo desconocido”, y aquí está la prueba.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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