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Menos feriados y más vacaciones

por 24 noviembre, 2012

La condición indefendiblemente caótica en que se encuentra el calendario chileno parece más bien ser una buena ocasión para eliminar algunos feriados absurdos gestados por el populismo, y reemplazarlos por una semana de corrido de vacaciones en otro momento del año.
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El calendario nunca ha sido una cosa neutral, sino campo de batalla –como todo- entre visiones rivales de la realidad. Si no lo cree, revise los cambios de calendario durante la revolución francesa. Pero ahí al menos había propuestas coherentes. Por mucho que siempre el calendario fuera objeto de discusión, al menos no se llegaba al caos del actual calendario chileno.

Una vez más, en efecto, se ha propuesto ampliar los feriados, en esta ocasión incluyendo los días 2 y 17 de septiembre. La respuesta del mundo empresarial ha sido que necesitamos más trabajo, más consumo, que con este tipo de propuestas nos convertiremos en una nación de flojos. ¿Tendrán razón? Tal vez, pero ése no es el único modo de enfrentar el tema.

Porque la verdad es que aquí se enfrentan no sólo posiciones rivales respecto de cuánto tiempo de descanso o trabajo es adecuado para el hombre. Las recientes transformaciones de nuestro calendario han sido también fruto de que el feriado se usara como herramienta de reconocimiento.

La condición indefendiblemente caótica en que se encuentra el calendario chileno parece más bien ser una buena ocasión para eliminar algunos feriados absurdos gestados por el populismo, y reemplazarlos por una semana de corrido de vacaciones en otro momento del año.

Así surgió, en efecto, el “día de las iglesias evangélicas”, un engendro aprobado por unanimidad en el parlamento, y del que Chile es único exponente a nivel mundial. Pocos hitos muestran de modo tan claro el carácter populista del juego chileno con los feriados: si en realidad el mundo evangélico le importara a nuestros gobernantes, se habrían abocado a estudiar el tipo de reconocimiento que sí puede tener alguna importancia: el reconocimiento, por ejemplo, de algunas instituciones de formación teológica. Pero no, todos entendemos que es más cómodo dar un feriado, y producir así la por algunos anhelada sensación de empate con el catolicismo.

Pero eso es sólo un caso de cómo se ha querido utilizar los feriados de un modo que sencillamente no resulta. Recordemos, por ejemplo, que hace algunos años tuvimos un feriado llamado “día de la unidad nacional”. Tuvo que ser eliminado, obviamente, porque no había unidad que conmemorar en dicha ocasión. En unos años alguien sacará la misma conclusión respecto del feriado del 31 de octubre. La lección común de dichas dos instancias debiera ser muy sencilla: es imposible crear fiestas por decreto. La fiesta, sea una de unidad nacional o una festividad religiosa, nace de un modo más complejo, que la ley puede consagrar pero no crear.

Eso mismo se puede expresar de otro modo: la sociedad plural tiene muchos beneficios, pero una de sus desventajas es que en gran medida se deja de tener fiestas en común. La constatación de tal hecho debiera llevarnos a un particular esfuerzo por cuidar bien aquellas fiestas en común que sí tenemos. Pero no nos debiera llevar al absurdo esfuerzo por crear fiestas de modo artificial.

Con todo, me parece que la conclusión que de ahí se sigue no es la de que debamos simplemente producir más, trabajar más, y tener menos tiempo de descanso. La condición indefendiblemente caótica en que se encuentra el calendario chileno parece más bien ser una buena ocasión para eliminar algunos feriados absurdos gestados por el populismo, y reemplazarlos por una semana de corrido de vacaciones en otro momento del año. Son, a mi parecer, varias las ventajas de ese camino: el feriado se presta mejor para una jornada de desenfreno, nos reventamos en las pocas horas de las que disponemos. El trabajador esforzado, en cambio, que necesita una real distancia respecto de su trabajo, una que dé ocasión para vida familiar, encuentra a mi parecer más beneficios en una semana de corrido. Si como nación no tenemos muchas fiestas en común, dejemos que al menos las familias las tengan. De paso, los fabricantes de agendas y calendarios sabrían a qué atenerse en Chile.

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