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El muro chileno

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Por: Farid Seleme Ruilova, presidente de la Juventud del PPD


Señor Director:

Hace algunos días, fuimos testigos de cómo el mundo celebró la caída del Muro de Berlín, símbolo de una era de polarización, discriminación y diferencias irreconciliables.

Pero en 25 años, ni la historia, ni las discriminaciones, ni las exclusiones se han acabado. No sólo siguen existiendo muros físicos que separan a los seres humanos; también nuestro sistema económico ha levantado muros invisibles, a veces iguales o más dañinos.

¿Puede haber, en este contexto, algo más condenable que un muro que separe a nuestros niños y niñas?

Eso es, en concreto, lo que representa el copago y la selección en nuestro sistema escolar. Sumándole la posibilidad de lucrar, transforman a nuestro modelo educativo en una anomalía única en el mundo.

La inmensa mayoría de los países (los actualmente desarrollados, con bastante anticipación) han entendido que la “Escuela Pública” debe ser el pilar del sistema escolar: En ella, los niños de distintas realidades económicas pueden encontrarse; no solo en la obtención de contenidos curriculares, también en el desarrollo de experiencias que permiten tejer sociedades con mayores niveles de inclusión. El valor de dicho resultado es inconmensurable para cualquier democracia que busque la estabilidad, el desarrollo y el progreso de sus habitantes.

Pero en Chile, una minoría política y religiosa gusta que los hijos de las asesoras del hogar, no puedan estudiar junto con los hijos de los funcionarios públicos, ni de los pequeños empresarios, de los gerentes; ni menos, junto a los hijos de los “patrones”. Para los primeros está el colegio municipal, los segundos pueden optar por un copago de $10.000, para los terceros está el copago de $35.000, y así sucesivamente hasta llegar al colegio particular.

En lo sustantivo, la Reforma Educacional pretende derribar este muro de segregación. Es cierto que no modifica mayormente la realidad de los colegios particulares pagados, pero partir por el 93% de la matrícula, que está en manos de colegios municipales o subvencionados (es decir, los que reciben financiamiento público), parece algo más que prudente. Más aún cuando en este 93% se grafica una de las aberraciones más grandes que comete el Estado chileno: ser cómplice, y financista, de la segregación de nuestros amigos, hermanos e hijos.

Por eso cuesta tanto, por eso el debate es tan árido, ya que no es solamente técnico, es fundamentalmente contracultural. En Chile, El Quico, el Ñoño y el Chavo jamás habrían podido estudiar juntos; es más, probablemente jamás se habrían conocido. Ese es el muro que hoy debemos derribar, para que nuestros hijos puedan, en el futuro, conmemorar la caída del muro de la segregación escolar: el verdadero inicio de un Chile distinto.

Farid Seleme Ruilova
Presidente de la Juventud del PPD

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