Waissbluth y el incidente UDD
Señor Director:
Como muchas veces, es fácil estar de acuerdo con alguno de los lugares comunes a los que Mario Waissbluth se refiere en sus escritos: Nicolás Correa refleja uno de los problemas, como tantos otros existentes, de la educación escolar chilena y, por lo tanto, puede ser considerado como un “símbolo de la profunda segregación de las escuelas particulares pagadas”.
Sin embargo, y desgraciadamente, es además un niño símbolo de gran parte de la educación escolar de Chile. Y esto independientemente de si es un colegio particular, municipal, regional y el largo etcétera de moda.
Nicolás Correa refleja la triste realidad que lamentablemente adolece gran parte de la juventud hoy: una profunda incapacidad para hilar ideas, formular y/o criticar un argumento coherente y preguntarse por el mundo que les rodea. Es el reflejo de la desastrosa y famosa “calidad de educación”, el reflejo de una masa de jóvenes incapaces de observar críticamente a su alrededor e ir preguntándose, ellos mismos – y no otros – sobre lo que existe y ocurre tras ellos. Jóvenes incapaces de ilustrarse su propio planeta, incapaces de procesar la información y formarse genuinas ideas a partir de ello. Peor aún, esto ni siquiera les interesa. Algunos prefieren seguir caminando para luego, ¡y ojala! Algún día “hacerla” – como decadentemente promocionaba un afiche de la CORFO hace un tiempo. Es tan ridícula su manera de enfrentar el mundo que, como Nicolás Correa lo dice explícitamente en el video, prefiere juntarse con “similares” para “pasarlo bien”. No quiere saber lo que otros piensan ni por qué lo piensan ya que, además, tampoco los respeta. O son “muy conservadores” o son “muy comunistas” o son de la UDI o son DC, o son socialistas o cualquier cosa. Mejor no compartir ni conocer. El Chile de los casilleros al que se refirió un filósofo en un diario nacional hace unos días.
Esta es la desgracia que causa una mayor desgracia. Cuando los Nicolás Correa se encuentran ante el vacío que llevan adentro, buscan aferrarse, como es natural, a cualquier paracaídas. De estos hay miles, pero solo me referiré a uno acá: el paracaídas de las seudoideas profesadas por líderes de poca monta que terminan por converger en idolatrías personales destructivas de la identidad de sus seguidores. Hay muchos ejemplos y todos ellos – los líderes – se jactan de tener las más loables intenciones (algunos incluso poderes sobrenaturales) y se muestran al resto, a su alimento – jóvenes indefensos y necesitados de abrazo –, como unos grandes sabios místicos que están por sobre el bien y el mal. Son unos Mesías de profundos y nobles conocimientos y causas que, en ocasiones y totalmente fuera de contexto, terminan incluso haciéndolas de guías espirituales. No se les puede cuestionar ni sus mentiras por lo que ocasionan un profundo mal: simplemente le privan al resto – sus seguidores – de su libertad.
Más que por una causa, estos líderes viven de alimentar su ego. Los más sinceros fundan sectas mientras otros se camuflan de profesores universitarios. Existen muchos vestidos de sacerdotes, mientras otros presiden fundaciones.
Es graciosa la actual discusión en educación, completamente alejada de la calidad, la única que algún día logrará “superar” a los ecologistas incapaces de diferenciar un Chincol de un Zorzal.
Fernando Claro Valdés
Estudiante