Las nuevas Universidades Estatales: Las hermanas pobres de la Universidad de Chile
Señor Director:
La creación de nuevas universidades estatales aprobada por la Comisión de Educación deja ver una reactivación del rol social del Estado, pero a la vez da una señal clara de que no se ha aprendido nada de los fracasos y se aboca a la tarea legislativa sin estudios previos o la prudencia que se requiere en estas materias.
Una de las razones que ha influido en el crecimiento acelerado de los IP como de las universidades privadas, ha sido la ausencia de sedes de las universidades estatales tradicionales en regiones, creando un nicho de negocio atractivo basado en la necesidad de quienes no tienen para costear el traslado de sus hijos o de ellos mismos fuera de la región, principalmente a Santiago, Valparaíso, Concepción.
Negocio redondo sobre la base de la necesidad educativa de la población, que no sería para nada cuestionable si no existieran los escandalosos acontecimientos por todos ya conocidos. Más allá de la defensa de la libertad de enseñanza o de libre elección por parte de los padres, no es necesario ser muy sagaz para darnos cuenta de que si se es dueño de una «empresa educacional», digamos las cosas como son, la tentación por obtener ganancias siempre estará latente, y esta traerá como consecuencia un perjuicio sobre el proyecto educativo que tanto se defiende, destinando dinero fresco a cuentas particulares en vez de destinarlas para los fines que le son propios, pagos de cotizaciones de los profesores, mejoras en infraestructura, material de estudio, laboratorios, docentes, etc.
En razón de lo descrito es imperativo que el Estado retome su rol social, rol social que lo llevó a crear la Universidad de Chile en el año 1842, un hito en la historia republicana del país. Sin embargo, no basta con crear universidades en todas las ciudades, pues si esa es la solución de nuestros honorables, llenemos el país de ellas sin que nos cause sorpresa encontrarnos en un futuro con la universidad de Los Vilos.
La creación de universidades regionales sin el respaldo de «la experiencia», solo traerá consigo nuevas hermanas pobres del alma máter por excelencia, Universidad de Chile, símbolo del hito histórico y de la preocupación del Estado de Chile por la educación de su pueblo.
¿No sería mas razonable terminar con tanta proliferación de pequeñas y desventajadas universidades estatales a lo largo del país y unificarlas bajo el respaldo de la que es un símbolo de excelencia e hito republicano?, lo que ayudaría a una mejora sustancial en la calidad de todas las universidades regionales, que actualmente cuentan con diferencias abismales entre ellas, ya sea por carencia de recursos, docentes o a causa de una mediocre administración.
Las regiones de O’Higgins, de Aysén, de Antofagasta, de Coquimbo… merecen contar con universidades que reconozcan la importancia que le da el Estado a la educación, que está estampada en un nombre que actualmente solo lo lleva una universidad con sede en Santiago, que lleva el nombre del país, constituyendo una burla a las regiones que lo integran.
El mejor homenaje a este antiguo gran hito de la historia del país seria terminar con esta proliferación de universidades, con nombres y condiciones diferentes, pasando todas a ser sedes de la alma máter por excelencia y, por consiguiente, llevando el nombre del país que las protege y ampara: «Chile».
Si eso sucediera las políticas públicas dejarían de moverse por el populismo, acercándose a la misma visión que tuvo Andrés Bello muchos siglos atrás, visión que fue compartida por las elites sin rebeliones. Lamentablemente siglos después, cuando el objetivo es similar, el comportamiento de estas es totalmente diferente.
Luis Esteban Zamora Araya
Estudiante de Derecho Universidad Católica del Norte