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Preguntas y fines

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Por: Carlos Cordero Rielof


Señor Director:

Mi profesora de Enseñanza Básica enfatizaba, cada vez que podía, que nos educábamos para ser felices, pero que ser felices costaba trabajo. En esa idea que aún no entendíamos del todo, nosotros, pequeños estudiantes, enfrentábamos nuestras labores en una maravillosa mezcla de rigor y cariño, esa que las profesoras básicas suelen dar como ambiente a sus salas.

Con el paso del tiempo la educación como sistema ha ido perdiendo de vista la palabra felicidad y la ha reemplazado cada vez más por la idea del éxito. Alguien dirá, con cartesiana lógica, que una persona exitosa es feliz, puede ser, aunque en realidad parezca que la gran interrogante debiera ser al revés, es decir, si una persona feliz es realmente exitosa.

En tiempos donde el debate educativo cobra vuelo y todos los días escuchamos o vemos ideas o anuncios al respecto, hemos dejado pendientes los fines de la educación: ¿educamos para la libertad?, ¿esa libertad nos permite llegar a la felicidad?, ¿educamos para alcanzar bienestar económico?, ¿educamos para poder trabajar y vivir del trabajo?, ¿educamos para la persona o para lo que queremos que haga esa persona? Preguntas con respuestas pendientes.

Definir el fin de la educación no es tarea sencilla, ni administrativa, porque al mismo tiempo esa definición pone en evidencia los valores que cementan nuestro contrato social, es decir, educamos para la sociedad que queremos y eso involucra definiciones y decisiones claras, acuerdos y debates, profundos, lejos del apremio coyuntural, con la mente y el corazón puestos en el bien común.

Enseñamos en nuestras escuelas a responder test estandarizados, transmitimos a nuestros estudiantes de modo implícito o explicito el valor extremo de la competencia, obligamos a nuestras familias a endeudarse en lo que no tienen para dar educación a sus hijos y después queremos una sociedad educada y empática y nos sorprendemos con los desórdenes públicos o la prepotencia de los conductores en las calles o que tal o cual profesional no quiera trabajar en el servicio público, ¿no será que no hemos puesto al centro de nuestra educación a la persona y su comunidad, que hemos descuidado ese fin, ese tesoro increíble que es la convivencia social’, esa que mi profesora básica articulaba en torno a la felicidad y el rigor, esa que nos hacía mirarnos unos a otros en el curso como compañeros, responsables los unos y los otros de los rigores y felicidades colectivas.

Lamentablemente, y casi como una metáfora feroz de nuestros tiempos, mi profesora dejó la educación hace muchos años, no le alcanzaba, hoy tiene un próspero negocio de venta de alfombras, le va bien, sus alfombras son buenas, pero sobre todo sus clientes valoran su preocupación por la persona y su capacidad de escucharlos, con atención y respeto, ¿podremos llegar a expandir esto a toda nuestra sociedad? Al menos comencemos a conversarlo.

Carlos Cordero Rielof

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