
Crónica de una derrota anticipada
La apuesta del PC no está exenta de riesgos. Una candidatura que se desinfle demasiado pronto podría arriesgar el paso al ballotage y en ese caso la derrota dejaría de ser administrable. Sería un fracaso absoluto, la última palada para una coalición que no terminó de nacer.
Cuando Jeannette Jara ganó con holgura la primaria del oficialismo se abrieron dos hipótesis sobre el sentido de ese triunfo. Una, optimista, sugería que podía ser el inicio de una mayoría más amplia: la proyección de una figura integradora capaz de desbordar al oficialismo y crecer hacia sectores sociales más amplios. La otra, escéptica, advertía que podía tratarse de un espejismo: una victoria contundente pero confinada al perímetro del voto duro, condenada a estancarse una vez pasado el entusiasmo inicial.
Lo ocurrido en las semanas posteriores parece dar la razón a esta segunda hipótesis. La candidatura de Jara tuvo un alza inicial en las encuestas, pero pronto alcanzó un techo que no logró perforar. La unidad amplia que se esperaba tampoco se materializó, aunque la Democracia Cristiana –atravesada por sus propias divisiones – terminó optando por sumarse al oficialismo en las listas parlamentarias. Pese a ese gesto, la fragilidad del liderazgo de Jara se ha hecho evidente: le ha costado conformar un equipo sólido y, en su intento de ensanchar la frontera electoral, se ha visto obligada a corregir una y otra vez declaraciones desafortunadas, suyas y de sus cercanos. Algunas sobre su propio programa; otras sobre la línea política de su partido. Todo ello ha debilitado la consistencia de su mensaje.
El problema de fondo, sin embargo, va más allá de la contingencia comunicacional. Nuevos datos confirman la persistencia de un anticomunismo fuerte en la opinión pública, que sigue operando como un límite estructural para la candidatura (véase el reciente estudio de Datavoz).
Ese rechazo sumado a la persistente desaprobación mayoritaria al gobierno dificulta cualquier intento de expansión más allá del electorado oficialista. Así, el escenario parece claro: Jara probablemente llegará al ballotage, pero con escasas opciones de transformarse en una candidata competitiva en segunda vuelta. La pregunta ya no es si puede ser presidenta, sino cómo se construirá el relato de la derrota. Porque en política -se sabe– las elecciones no se pierden: se explican.
El Partido Comunista parece haberlo entendido rápido. Jara será presentada como un sacrificio necesario para ampliar su presencia parlamentaria. De ahí la insistencia de Lautaro Carmona en fijar un marco interpretativo que sirva al mediano y largo plazo: el sistema sigue siendo injusto, las necesidades sociales fueron desoídas por culpa de Marcel –y de paso también de Boric–, y el PC sigue siendo el PC, sin disfraces. Si con esa línea se puede pasar a segunda vuelta, ¿por qué entonces diluir la identidad? En cambio, el Socialismo Democrático se ve atrapado en un juego imposible: sostener una candidatura que –en el fondo– los divide.
La apuesta del PC no está exenta de riesgos. Una candidatura que se desinfle demasiado pronto podría arriesgar el paso al ballotage y en ese caso la derrota dejaría de ser administrable. Sería un fracaso absoluto, la última palada para una coalición que no terminó de nacer.
Si lo anterior es correcto, después de las fiestas patrias, sus energías se enfocarán en la lucha parlamentaria. Y, allí donde la votación sea reñida los incentivos de los candidatos oficialistas serán a parecerlo lo menos posible; al fin y al cabo, por sobre las lealtades partidarias, la supervivencia electoral es un instinto difícil de reprimir.
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