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El regreso de la política Opinión Archivo

El regreso de la política

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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En el tiempo que comienza prevalecerán quienes entiendan que gobernar no es moralizar ni mero gestionar economicista. Gobernar importa, en lo fundamental, hacerse cargo, desde el Estado, con responsabilidad y una visión nacional inclusiva, del país efectivamente existente.


Algo se está moviendo en el país profundo. No es sólo el recambio de autoridades ni el vaivén de las elecciones. Lo que empieza a asomar —todavía de modo difuso, casi subterráneo— es un nuevo momento político. Cuesta advertirlo, porque no lo acompañan consignas estridentes ni promesas redentoras.

Precisamente por eso es importante revelarlo.

Hay, al menos, cuatro factores que, al converger, están reordenando el campo político en sentido hondo.

Primero, la alternancia, pero entendida en su peso real. Que las derechas regresen a La Moneda tras apenas cuatro años es un dato elocuente. En democracias más asentadas sería normal. En Chile sigue siendo una señal intensa de que la política no es patrimonio moral de nadie. No hay un sector ungido por la historia. El poder es siempre disputado, precario, abierto. Ese simple hecho, todavía difícil de asumir, marca el clima del nuevo tiempo.

Segundo factor es el tipo de liderazgo que llega al gobierno. José Antonio Kast no arriba como economista o gerente del Estado, sino como conductor político. La diferencia es decisiva.

Por décadas, la derecha chilena se refugió en el economicismo y el gestionalismo, sin articular un pensamiento propiamente político. A eso me referí en La derecha en la crisis del bicentenario. Los límites de ese enfoque quedaron a la vista en los gobiernos previos de derecha. Bastó que los estudiantes marcharan en 2011 y el estallido de 2019 para que el gobierno se paralizara. No entendió lo que estaba ocurriendo porque le faltaba comprensión política. Los asuntos políticos no se resuelven sólo con administración, indicadores o gráficos. La doctrina marxista, p. ej., no se diluye con cifras neoclásicas: hay que conocer a Marx, su concepción del Estado y del ser humano, para juzgar si el comunismo propuesto —o sus variantes actuales— es emancipador o conduce, más bien, a nuevas formas de opresión.

El tercer factor es el cambio en los desafíos que enfrenta el Estado: seguridad, orden, control territorial, fortalecimiento de un sentido de nación: nada de eso se deja reducir a racionalidades económicas. Son cuestiones ligadas a conflictos, anhelos y temores populares. Exigen pensamiento político, atención a la dimensión existencial de la vida en común. El culto a la eficiencia, cuando pretende bastarse a sí mismo, es aquí vacuo.

Un cuarto factor es la mutación de los bandos. Ya no existe una derecha ordenada sólo en torno a RN y la UDI, ni la vieja centroizquierda.

Las derechas operan hoy en, al menos, tres registros: el bloque tradicional ampliado por centristas y centroizquierdistas desencantados —“amarillos”, “demócratas”, incluso el PDG—; un polo republicano de identidad en formación y los nacional-libertarios, que tensionan los márgenes del sistema. Esa pluralidad obliga no sólo a pactar, sino a deliberar y pensar políticamente.

En la izquierda, la fuerza se desplazó hacia el Frente Amplio y el Partido Comunista, aferrados a discursos radicales, poco dispuestos al matiz. El leninismo del PC o la actitud de la dupla Jackson-Atria —de superioridad moral, declarando “inaceptable” incluso la duda— revelan una izquierda que se piensa portadora de una verdad excluyente, en marcha al comunismo, más que como parte de una unidad política plural. El debilitamiento del PS, el PPD y la DC ha erosionado una tradición de mediación e integración.

De esos cuatro factores emerge el nuevo momento y, con él, una tarea exigente para el gobierno.

Las derechas necesitan madurar y moderarse sin diluirse, actuar desde un pensamiento político denso, nacional e integrador, y conducir reformas que devuelvan eficacia al Estado allí donde él se ha retirado o deteriorado: seguridad territorial, combate al crimen organizado, salud, educación, ciencia, tecnología, investigación e industria.

Sin un Estado vital no habrá transformación productiva ni salida a la crisis institucional.

En el tiempo que comienza prevalecerán quienes entiendan que gobernar no es moralizar ni mero gestionar economicista. Gobernar importa, en lo fundamental, hacerse cargo, desde el Estado, con responsabilidad y una visión nacional inclusiva, del país efectivamente existente.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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