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Introduciendo nuevas perspectivas a las autocríticas de la izquierda (Parte I) Opinión AgenciaUno

Introduciendo nuevas perspectivas a las autocríticas de la izquierda (Parte I)

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Además, desde las filas del Partido Socialista surgió una de las principales referentes del feminismo chileno y latinoamericano, Julieta Kirkwood, quien planteó con claridad, en plena dictadura, que “no hay democracia sin feminismo”.


Desde el 15 de diciembre, fecha en que la opción de Jeannette Jara perdió con un 42% de los votos, han circulado una serie de textos y columnas de opinión que ensayan autocríticas y proponen recetas más o menos conocidas. Entre ellas, poner en el centro las demandas materiales, es decir, económicas de la población; dejar de ser “alérgicos” a la seguridad pública y abandonar por completo las mal llamadas políticas del reconocimiento –como el feminismo, los derechos humanos, la ecología, entre otras luchas– que han marcado profundamente el pensamiento político y la acción de los progresismos en el mundo durante los últimos años.

A continuación, intentaré agregar algunos elementos y responder a otros, no con el ánimo de confrontar ni de devaluar el valioso ejercicio realizado por los pioneros, sino de contribuir al debate de las ideas.

Desde esa perspectiva, incluso se nos ha recomendado dejar de lado con urgencia a Ernesto Laclau y Chantal Mouffe y volver a Marx, como si allí estuviera la clave explicativa de todo. Sin embargo, fue precisamente a partir del principio de equivalencia democrática desarrollado por estos autores que se abrió la posibilidad de reconocer a las mujeres como sujetas políticas en la lucha de la izquierda, sin tener que esperar pasivamente a que llegara la revolución, cuando son ellas las más expuestas a las desigualdades estructurales que produce el neoliberalismo, como lo ha planteado Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en Hegemonía y estrategia socialista, desigualdades que no se resuelven por mérito alguno cuando se nace pobre, mujer, afrodescendiente o indígena, como escribió Iris Young en su obra La justicia y la política de la diferencia, heredera del pensamiento de John Rawls.

No solo se oprime, violenta y mata a las mujeres, sino que también se les priva del acceso al poder real; es decir, de la representación efectiva en los cargos de poder. Pero cuando han llegado mujeres, estas sí han traducido sus decisiones –cuando ha existido voluntad política– en políticas públicas con efectos materiales concretos para las mujeres.

Un ejemplo claro fueron los dos gobiernos de la expresidenta Michelle Bachelet, que impulsaron el Pilar Solidario e introdujeron, desde una lógica de justicia social, un sistema de pensiones garantizadas que incluyó a quienes jamás pudieron cotizar por haber realizado trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, o la gratuidad en la educación, acompañada de una reforma tributaria, orientada a recaudar más, no menos impuestos.

Como se puede observar, Bachelet, no solo produjo una representación sustantiva de los intereses de las mujeres, sino también de la agenda redistributiva de las izquierdas.

Desde esta misma matriz teórica, las nuevas izquierdas intentaron aplicar conceptos como la democracia agonista o la reivindicación del populismo como estrategia para acercar una democracia representativa en crisis a las grandes mayorías, como lo plantea Laclau en su obra La razón populista, y generar una confrontación más directa en la esfera pública, como lo afirma Mouffe en su libro Agonística: pensar el mundo políticamente.

Puedo diferir de estas propuestas –me declaro socialista democrática hasta la médula–, pero no es posible desconocer el esfuerzo intelectual y político de las ciencias sociales y del activismo vinculados a Mouffe y Laclau por ofrecer marcos analíticos para pensar la crisis de la democracia liberal, una crisis que arrastramos desde hace más de cincuenta años en el mundo.

El feminismo, por cierto, no es una idea política nueva. Nació al alero de la Ilustración y fueron los propios revolucionarios franceses quienes guillotinaron a Olympe de Gouges por exigir derechos para las mujeres. Esa grieta, sin embargo, quedó abierta y dio forma a un conjunto de demandas que luego se cristalizaron en el movimiento sufragista en Chile y en el mundo.

Estas banderas fueron asumidas por mujeres progresistas que desarrollaron un pensamiento propio sobre el rol de las mujeres en la política. Conviene recordar, además, que desde las filas del Partido Socialista surgió una de las principales referentes del feminismo chileno y latinoamericano, Julieta Kirkwood, quien planteó con claridad, en plena dictadura, que “no hay democracia sin feminismo”. Por lo tanto, resulta una simplificación apresurada calificar al feminismo como un elemento accesorio en la construcción del socialismo democrático chileno.

Entremos más a fondo en el debate actual. Probablemente seguiremos leyendo frases como “las feministas son responsables de la derrota”. Vayamos por partes. Los feminismos son diversos y existen profundas diferencias entre sí. Sin embargo, frente a la sistemática invisibilización del pensamiento político feminista en la academia y en el debate público, conviene recordar que Nancy Fraser, hace más de treinta años, escribió “¿De la redistribución al reconocimiento?”, en el que criticó a Judith Butler y sostuvo que el feminismo es insuficiente si se limita al reconocimiento simbólico.

Para Fraser, se requiere una fuerte impronta redistributiva, precisamente porque mujeres y diversidades son quienes padecen con mayor intensidad las consecuencias materiales del neoliberalismo, es decir, son víctimas de las desigualdades estructurales de la sociedad. Estas discusiones siguen plenamente vigentes ante el avance de las derechas extremas en Chile y en el mundo. Que exista una crítica a la agenda woke –término usado como insulto– esconde, en realidad, un debate ideológico que las izquierdas no pueden seguir eludiendo.

Esta reflexión continuará con elementos ligados a la ciencia política, los procesos políticos y partidos en una segunda parte.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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