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Cuando la ciencia se centraliza, el país se achica
La ciencia asociativa se creó para conectar, articular y proyectar. No dejemos que termine funcionando como una máquina de centralización. Chile necesita más polos de excelencia, no menos; más capacidades en regiones, no solo discursos; más futuro compartido y menos concentración.
Los resultados del Concurso Nacional de Centros de Investigación y Desarrollo de Excelencia de Interés Nacional 2025 y del Fondo de Investigación Universitario Territorial (FIUT) dejan, en muchos sectores del sistema universitario y científico, una sensación difícil de eludir: preocupación por el rumbo del financiamiento y un centralismo que toma fuerza sin inmutarse.
Y es importante aclararlo desde el inicio: no se trata aquí de un juicio movido por el éxito o el fracaso de una institución en particular. La Universidad Austral de Chile ha obtenido un centro en este ciclo, y lo valoramos como un reconocimiento al trabajo serio, sostenido y colaborativo de nuestros equipos.
Sin embargo, precisamente porque creemos en la ciencia como un bien público y en la asociatividad como motor de desarrollo país, nos preocupa el mensaje sistémico que estos resultados vuelven a instalar: la concentración excesiva del financiamiento, tanto en términos regionales como institucionales.
Las universidades del país envían a estos concursos lo mejor que tienen: proyectos maduros, grupos consolidados, trayectorias verificables, capacidades instaladas, redes internacionales y pertinencia territorial. Y debe ser así. Nadie podría pedir menos en convocatorias que buscan excelencia y articulación. El problema aparece cuando la arquitectura de evaluación –que, aun con rúbricas y comités, mantiene un componente inevitable de subjetividad– no incorpora mecanismos explícitos que moderen la acumulación reiterada de recursos en un conjunto reducido de regiones e instituciones.
El problema no es la competitividad de los concursos, sino la estructura y orientación de los incentivos. Si el diseño del sistema incentiva y permite la concentración, no sorprende que el resultado sea, una y otra vez, más concentración. La excelencia no se discute. Lo que se discute es que, sin reglas que moderen la acumulación, el país termina perdiendo capacidades que podrían crecer en regiones.
Chile cuenta con centros icónicos, de productividad y relevancia indiscutibles, que han construido capacidades estratégicas para el país. El Centro ESMOI de la U. Católica del Norte, por ejemplo, ha instalado conocimiento crítico sobre las islas oceánicas. El Centro IDEAL, de la Universidad Austral de Chile, en ciencias antárticas y subantárticas, ha logrado un posicionamiento nacional e internacional notable, con comunidades de trabajo consolidadas y una productividad científica de alto impacto demostrable, en 559 artículos científicos indexados entre 2016 y 2025, contribuyendo de manera decisiva a situar a Chile entre los países líderes en ciencia antártica.
Asimismo, los estudios sobre cambio climático –con iniciativas como el CR2 y el propio IDEAL– han sido fundamentales para sostener evidencia, formar capital humano y apoyar decisiones públicas informadas.
Por lo mismo, resulta inquietante constatar que áreas estratégicas como la ciencia marina queden debilitadas o sin financiamiento estructural en este tipo de instrumentos. No podemos permitirnos, como país, actuar como si el mar no fuera de interés público. Chile es, por geografía y por destino, una nación oceánica: su biodiversidad, sus economías regionales, su seguridad alimentaria, su infraestructura crítica y su proyección internacional dependen, en gran medida, de comprender y gestionar responsablemente el sistema marino.
Lo mismo aplica a la crisis climática, cuyos impactos ya se expresan en sequías, incendios, retroceso de glaciares y transformaciones ecosistémicas a lo largo del territorio.
Si existe un discurso compartido sobre descentralización, equidad territorial y fortalecimiento del sistema científico completo, entonces debe existir coherencia en las reglas del juego. En las bases de futuros concursos deben incorporarse salvaguardas explícitas contra la concentración excesiva, traducidas en reglas claras: límites a la acumulación institucional en instrumentos equivalentes; incentivos efectivos a la cooperación interregional (por ejemplo, cuando exista liderazgo compartido y formación de capacidades en regiones distintas); y mecanismos que resguarden áreas estratégicas para el país, como la ciencia marina y el cambio climático.
La excelencia no se debilita por diversificar; al contrario, se fortalece cuando el sistema crece en capacidades distribuidas, redundancia inteligente y pertinencia territorial.
La ciencia asociativa se creó para conectar, articular y proyectar. No dejemos que termine funcionando como una máquina de centralización. Chile necesita más polos de excelencia, no menos; más capacidades en regiones, no solo discursos; más futuro compartido y menos concentración.
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