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El deber del gobierno de J. A. Kast de devolver el respeto al arte público (primera parte) Opinión Archivo

El deber del gobierno de J. A. Kast de devolver el respeto al arte público (primera parte)

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Basta de performances decadentes, obras carentes de toda belleza o sublimidad, por no decir, mamarrachos pasados de contrabando por “arte” y en los que se desangra el erario fiscal sin que se produzca a cambio nada valioso, nada legítimamente estético.


Hay tareas que no admiten eufemismos ni postergación elegante. La recuperación del espacio público de las principales ciudades del país —su casco histórico, parques, monumentos, su arte— es una de ellas. No se trata de nostalgia decorativa ni capricho de estetas, sino de una obligación estrictamente republicana.

Una vanguardia aparentemente ilustrada y “buena onda”, operante desde el retorno a la democracia, ha dañado gravemente el núcleo cultural del país.

El centro de Santiago, por ejemplo, concentra una parte sustantiva del patrimonio artístico y arquitectónico nacional. Esculturas, edificios y trazados urbanos condensan una memoria común: símbolos y formas que han acompañado la vida republicana por generaciones. En tiempos de fragmentación, ese patrimonio cumple una función insustituible: ofrecer un suelo simbólico compartido y reforzar la memoria colectiva.

Si José Antonio Kast aspira —como ha señalado— a recomponer los lazos de una nación preterida, la cultura es decisiva; ella no puede quedar confinada al margen ornamental del programa. Menos aún, a asunto marginal de una derecha a la que parece preocuparle filisteamente el bienestar privado, pero que es indolente al espacio público.

La cultura orienta el sentido de la vida común, vitaliza los afectos, suaviza las costumbres y hasta erige mitos cívicos. Permite que fuerzas sociales diversas hallen cauce compartido y que la convivencia no dependa sólo de normas y controles, sino también de vínculos de pertenencia, cuidado y respeto mutuo.

Sin una dimensión simbólica que sostenga esa convivencia, no hay integración nacional duradera. Por eso, recuperar y restaurar el patrimonio artístico dañado y producir arte y cultura de calidad no son una opción o tarea de nivel meramente técnico, sino un mandato esencial de Estado, al custodio de los símbolos públicos y de aquello que, por su valor estético y espiritual, merece protección. Exige, por lo mismo, comprensión cultural profunda, no barnices. Nada menos que eso necesita la educación de las capacidades de apreciación ciudadana y la reinstalación de la experiencia de lo bello, lo sublime y aun lo numinoso como vía de acceso al amor por la patria y por el espacio compartido.

El casco histórico como símbolo de abandono y barbarie

El aludido casco histórico de Santiago es símbolo de abandono y barbarie. El cerro Santa Lucía, la Quinta Normal y el parque O’Higgins han sido saqueados; el Parque Forestal, evocado por Lafourcade, Edwards, Parra y Lihn, está deteriorado y es inseguro. La “casa Barco” de Sergio Larraín García Moreno, las magníficas obras de Luciano Kulcewski y de Cruz Montt, el Palacio Bruna, el portal Fernández Concha, el paseo Bulnes y el barrio cívico, diseñados por Karl Brunner bajo el presidente Carlos Ibáñez del Campo, gran reformador y consciente del significado profundo del arte, son testigos de indolencia prolongada que ha acompañado generaciones.

A ello se suma la negligencia con las galerías Art Deco, un laberinto único que suma más de 60, entre ellas los pasajes Phillips y Matte, y las galerías Agustín Edwards y Crillón. Se suma a ello la ruina del bandejón central de la Alameda, antaño museo a cielo abierto con obras de Nicanor Plaza, Virginio Arias, Samuel Román y Rebeca Matte, hoy vandalizado y controlado por lumpen hediendo marihuana. 

Soluciones-parche

Ante este cuadro, las soluciones parche, como repintar fachadas, aumentar rondas policiales o diálogos vacíos con hordas antisociales son insuficientes. Se requiere una revisión radical del modo en que el Estado distribuye recursos en arte y cultura. No basta gastar: importa cómo y para qué. De lo que se trata es de convertir lo feo y sucio en hermoso, para producir sentimientos de respeto y devoción masivos por entornos bellos.

Basta ya de dar cientos y cientos de millones de pesos a cineastas para financiar películas que nadie ve y sólo sirven para compensar sus dañados egos codeándose con las estrellas europeas o norteamericanas y pasar sobre alfombras rojas.

Basta de actores que impostan la voz para lamentarse de sus futuras precarias jubilaciones, mientras tras bambalinas mueven cientos de millones de pesos. Basta de performances decadentes, obras carentes de toda belleza o sublimidad, por no decir, mamarrachos pasados de contrabando por “arte” y en los que se desangra el erario fiscal sin que se produzca a cambio nada valioso, nada legítimamente estético. Basta de la vetusta “Comisión Antúnez” y los espantapájaros carreteros (continuará).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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