Publicidad
¿Qué significa ser de izquierda? Opinión

¿Qué significa ser de izquierda?

Publicidad
Rafael Alvear
Por : Rafael Alvear Investigador Postdoctoral del CEDER, Universidad de Los Lagos
Ver Más

¿Cuál sería la vara para decidir qué contenido defender y/o qué pasado restaurar?


El Mostrador Fuente Preferida

En su columna del 9 de octubre, Mauro Basaure sostiene que la izquierda se encuentra en una encrucijada marcada por una suerte de contradicción entre su autodefinición como fuerza “progresista” y el presunto carácter “conservador” de sus programas políticos. Al tiempo que enarbola semánticas de “transformación”, la izquierda desplegaría una batería de propuestas destinadas a “restaurar ecosistemas, restituir derechos, reconocer cuidados, proteger bienes comunes”, etc. Al tenor del prefijo de moda –“post”–, que se popularizara en la segunda mitad del siglo XX al alero del concepto de “postmodernidad” y que hoy encuentra primos “postcapitalistas”, “postdemocráticos”, “postindustriales”, “postcomunistas”, “postpolíticos”, entre muchos otros, Basaure bautiza el vaciamiento operativo de aquella bandera como “postprogresismo”. 

La relevancia de la categoría está puesta en la estructura temporal, toda vez que la izquierda habría cifrado su proyecto político en la constatación de que “el presente es injusto, pero el futuro será mejor”. La filosofía de la historia de cuño hegeliano presente en Marx, con su esperanza en una superación redentora, le habría ofrecido a ese proyecto un sustento intelectual, e incluso una “confianza” en lo venidero hoy “cada vez más difícil de sostener, por no decir imposible”. Y es que “hay destrucciones que no preparan ninguna superación”: “un ecosistema puede cruzar un umbral”, “una democracia degradada puede no recuperarse”; en suma, “la historia no repara automáticamente lo que destruye”. En ese marco de degradación, la izquierda tendría que disputar el vocabulario que le cedió al conservadurismo –“conservar”, “cuidar”, “reparar”, “restaurar”– para “impedir la pérdida”; para “impedir”, en definitiva “que el presente destruya el futuro”…

De más está decir que la reflexión de Basaure resulta un insumo del todo relevante para pensar la sociedad en que vivimos, pues nos impele a repensar los marcos clásicos en que se ha movido la izquierda en tanto proyecto teórico-político. En ese mismo ánimo, sin embargo, quisiera plantear algunas interrogantes destinadas a tensionar los supuestos de su propuesta:

 

  1. La primera pregunta se orienta al fundamento no declarado de la columna: la definición misma de qué significa ser de izquierda. Si bien no cabe exigirle a una columna de opinión una definición acabada de la izquierda, los vaivenes en el uso del concepto parecerían dar cuenta de una indeterminación que va acompañada de una limitación importante. En efecto, a lo largo del texto se observa una suerte de reducción de la idea de “izquierda” a su mera estructura temporal, sin decir prácticamente nada de lo que podríamos denominar como su estructura “objetual”, es decir, su contenido. En la imagen que nos entrega Basaure, la izquierda parece ser un proyecto histórico marcado por gestos mesiánicos acerca de un futuro que “será mejor”, sin que sepamos en qué consistiría ese futuro. Ni siquiera la referencia a Marx se apareja a algún contenido: todo el relato gira en torno a un presente problemático que debe ser redimido por un movimiento histórico cuya negatividad “terminará trabajando para nosotros”… Y es desde aquí que podemos preguntarnos más enfáticamente: ¿cuál es el contenido sobre el cual se extiende, o debiera extenderse, aquella estructura temporal?

 

  1. Esto último nos lleva rápidamente a una segunda cuestión, asociada a la anterior, que tiene que ver con el talante “conservador” que la izquierda supuestamente debiera abrazar. Si bien la conservación de los ecosistemas es el ejemplo que mejor se ajusta a su argumentación, la pregunta que cae de cajón remite al resto de las temáticas referidas en la columna. Cuando se habla de “restituir derechos”, de “proteger bienes comunes” o de “restaurar una democracia”, cabe preguntarnos: ¿qué derechos?, ¿qué bienes comunes? Y, por sobre todo, ¿qué democracia? Con esto no quisiera dar a entender que no exista ningún derecho, bien común u ordenamiento democrático que valga la pena restaurar. El punto es otro: el problema del leitmotiv conservador es que deposita su criterio de valoración en un pasado que necesariamente tiene que haber sido “mejor”. Y en algunos casos, ciertamente, lo fue: un ciudadano alemán podrá apelar con nostalgia a la necesidad de recuperar el Estado de bienestar de los años setenta. Pero ¿cuál sería el horizonte restaurativo que podría abrigar alguien desde las coordenadas chilenas o latinoamericanas? ¿Cuál vendría siendo aquella figura deseable a la que debiéramos acercarnos vía políticas públicas? Basaure se anticipa en parte a esta objeción: restaurar una democracia, aclara, no significa “regresar a una fecha determinada”. Pero si el criterio de la restauración no está en el pasado, ¿dónde está?

 

  1. Una tercera y última dimensión, conectada también con las otras dos, tiene que ver justamente con aquello que ambas preguntas dejan al descubierto: ¿cuál sería la vara para decidir qué contenido defender y/o qué pasado restaurar? La dificultad de la propuesta de Basaure es que, al carecer de un principio normativo que la oriente, queda reducida a una estructura temporal que termina por disolver aquello que la haría de izquierda. Dicho de otro modo: si se mantiene ausente un principio de ese tipo, ¿qué la distinguiría de un centro sensato, preocupado por el clima, los cuidados y la salud de las instituciones? La carencia normativa de la propuesta “postprogresista” es tan evidente que se vuelve elocuente: se trata de la carencia del ideal igualitario de un proyecto como el socialista –concepto que brilla por su ausencia, salvo cuando es asociado al marxismo-leninismo. Basaure tiene razón en desconfiar de los mecanicismos típicamente compartidos por el marxismo dogmático (¡el marxismo conservador!). Pero del hecho de que el futuro no esté garantizado por sí solo no se sigue que podamos prescindir de todo principio orientador, y menos aún en un proyecto como el de la izquierda. Es más: quizá el problema de la izquierda no sea tanto que su promesa de progreso se haya vuelto insostenible, como haber dejado de reflexionar en torno al principio que la orienta y que alguna vez llamó “socialismo democrático”: no como un destino garantizado, sino como un horizonte de transformación (sea para conservar lo que está en peligro, sea para revolucionar lo existente).
  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.

Publicidad