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Por una Izquierda Conservadora

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Mauro Basaure
Por : Mauro Basaure Director Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual UNAB.
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La izquierda tiene un problema con el futuro. Sigue llamándose “progresista” cuando buena parte de aquello que hoy intenta hacer consiste precisamente en impedir pérdidas.


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No es solo una paradoja lingüística. Sus programas están cada vez más poblados por crisis climática, cuidados, ecosistemas que deben recuperarse, derechos que deben defenderse e instituciones cuya degradación hay que evitar. La contradicción resulta especialmente visible en el Partido Comunista: su último Congreso reafirma marxismo, leninismo y socialismo como horizonte, mientras incorpora justicia climática, ecosocialismo y gestión responsable de los ecosistemas. Pero ningún sector de izquierda queda completamente fuera de esta tensión.

La propuesta constitucional de 2022 fue presentada como un proyecto de transformación sin más. Una parte considerable de su gramática era, sin embargo, conservadora: restaurar ecosistemas, restituir derechos, reconocer cuidados, proteger bienes comunes y recomponer daños históricos. La izquierda ya estaba actuando de manera post-progresista sin disponer todavía del lenguaje para decirlo.

En fin, la catástrofe ya entró en sus programas pese a la filosofía de la historia que aún pulula en su ADN. Durante dos siglos, la izquierda pudo articular demandas muy diferentes mediante una misma estructura temporal. El presente es injusto, pero el futuro será mejor. Emanciparse significaba avanzar, superar, dejar atrás. Por eso “progresista” decía algo bastante preciso.

Mathieu Potte-Bonneville observó hace algunos años la extraña reaparición del término progresismo justamente cuando la fe fuerte en el Progreso había desaparecido. El problema afecta incluso a su variante revolucionaria. También allí funcionaba una confianza peculiar: las contradicciones, crisis y destrucciones del presente producirían las condiciones de un mundo superior. Esa confianza es cada vez más difícil de sostener, por no decir imposible.

François Hartog ha descrito la transformación de nuestra relación con el futuro. Y una vasta literatura sobre pérdida, riesgo climático y futurelessness registra algo especialmente visible entre los jóvenes: el porvenir personal y colectivo ya no aparece como promesa. Llega, más bien, cargado de precariedad, deterioro ecológico, amenazas democráticas y daños irreversibles.

La antigua gramática emancipatoria decía: “todavía no llegamos”. La nueva conciencia histórica agrega: “todavía estamos a tiempo”.

No significa abandonar a Marx. Significa abandonar una garantía histórica demasiado vinculada a su hegelianismo: que la negatividad terminará trabajando para nosotros. Hay destrucciones que no preparan ninguna superación. Una especie extinguida no retorna. Un ecosistema puede cruzar un umbral. Una democracia degradada puede no recuperarse. Un tejido social puede simplemente desaparecer en el individualismo estratégico y la anomia. La IA puede ser puramente destructiva. En fin, la historia no repara automáticamente lo que destruye.

Walter Benjamin lo comprendió tempranamente cuando invirtió la imagen marxista de la locomotora. Quizá, pensaba el, la revolución no consiste en acelerar el tren de la historia, sino en accionar su freno de emergencia. Pero incluso frenar resulta hoy insuficiente.

Ulysse Rabaté ha escrito sobre una izquierda orientada a éviter le pire (evitar lo peor). Es una descripción bastante exacta de muchas movilizaciones contemporáneas. Ya no luchan solamente para conquistar un mundo nuevo; luchan para impedir que desaparezcan las condiciones que permitirían construirlo.

El riesgo, naturalmente, es terminar administrando la catástrofe. Una izquierda dedicada exclusivamente a evitar pérdidas dejaría de ser emancipatoria. De ahí que el problema no consista en reemplazar progreso por conservación, sino en reconstruir la relación entre ambos.

Aquí aparece un vocabulario que la izquierda entregó demasiado fácilmente al conservadurismo: conservar, cuidar, mantener, reparar, regenerar, restaurar.

No son sinónimos. Conservar significa impedir una pérdida; cuidar y mantener, sostener aquello que requiere reproducción; reparar, intervenir sobre lo ya dañado; regenerar, recuperar capacidades; restaurar, recomponer condiciones que permitan que algo vuelva a ser posible.

Esto altera la vieja oposición entre conservar y transformar. Hay situaciones en que transformar radicalmente es precisamente la condición para conservar: transformar la matriz energética para conservar habitabilidad; redistribuir poder para conservar democracia; modificar formas de producción para conservar ecosistemas; fortalecer servicios públicos para conservar capacidades sociales.

“Restaurar” resulta especialmente interesante. La restauración reaccionaria quiere recuperar un mundo perdido. Una restauración emancipatoria no necesita volver atrás. Restaurar una democracia no significa regresar a una fecha determinada, así como restaurar un ecosistema no consiste en reproducir fotográficamente su estado anterior. Se trata de recuperar capacidades y posibilidades clausuradas por el daño.

Por eso una izquierda postprogresista no sería una izquierda contra todo progreso. Sería una izquierda que deja de confundir progreso histórico con emancipación.

La propia izquierda chilena parece acercarse, todavía sin nombrarlo, a este problema. El PS habla hoy de actualizar su “proyecto histórico” ante un nuevo ciclo para las “fuerzas progresistas y de izquierda”. La cuestión quizá sea justamente qué significa seguir llamándose progresistas cuando conservar, cuidar y reparar se vuelven tareas políticas centrales.

El viejo progresismo esperaba que el futuro redimiera el presente. Una izquierda postprogresista tendría otra responsabilidad: impedir que el presente destruya el futuro, reparar aquello que ya dañó y mantener abiertas posibilidades que la historia, por sí sola, no garantiza.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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