Opinión
AgenciaUno
¿Un gobierno de juguete?
“Que cada cual se rasque con sus propias uñas”, ha alardeado siempre ese tipo de personajes, en una una declaración insolidaria y altanera que se pone de espaldas a la mayor parte del país y que no advierten que hay un buen y permanente número de compatriotas que han perdido las uñas.
De pronto tengo le impresión de que lo que estamos viendo hoy en Chile es un gobierno de juguete. Hemos tenido malos gobiernos, dictaduras, gobiernos fallidos, también de mera administración, y otros con manifiestos déficit de competencia, pero ¿de juguete?
Se dice que algo es de juguete cuando es “hechizo”, cuando parece ser algo que de hecho no es ni funciona, como es el caso de una pistola que no dispara municiones, sino un chorrito de agua, o el de un caballito de madera montado por un niño que hace como que corre, pero que no va a ninguna parte. Podríamos decir que se trata de objetos con los que juegan los niños para imitar algunas capacidades, y el mejor ejemplo podría ser el de las muñecas a las que las niñas hablan, visten y sacan de paseo.
De juguete, porque desde la partida tuve la sensación, confirmada luego de varios meses de gobierno, de que la mayoría de nuestras autoridades y altos funcionarios carecen de experiencia política y administrativa y, más aún, que lo que predomina en ellos son individuos que muy a menudo han declarado antes, durante décadas, que recelan del Estado o lo rechazan abiertamente. La verdad es que resulta muy extraño que personas con ese tipo de convicciones ocupen raudamente posiciones de autoridad en el Estado cuando las llaman para llenar un cargo público. Me refiero a quienes han abrazado por años un discurso de denuncia de la “maldad estatal”, haciendo siempre un contrapunto con las indiscutibles virtudes del sector privado. Son los que desde hace su buen tiempo vienen sosteniendo que el Estado es el problema, nunca solución, salvo claro, después de los desastres climáticos producidos ahora a lo largo del país.
Una explicación que tengo para esa contradicción es que quienes así piensan e incurren en tamaña contradicción podrían tener en mente desmantelar el Estado o, cuando menos, reducirlo a su mínima expresión, algo que difícilmente ocurrirá si en Chile contamos con reglas de la democracia no solo para llegar al poder, sino también para ejercerlo, incrementarlo y recuperarlo cuando se lo hubiere perdido.“Que cada cual se rasque con sus propias uñas”, ha alardeado siempre ese tipo de personajes, en una una declaración insolidaria y altanera que se pone de espaldas a la mayor parte del país y que no advierten que hay un buen y permanente número de compatriotas que han perdido las uñas o no las han tenido nunca. Si alguna vez se adoptó en Chile el lema “Gobernar es educar”, hoy podría reemplazárselo por “Gobernar es recortar”.
Todos, en alguna forma y medida, tenemos carencias y limitaciones, y precisamos entonces de una o más muletas que nos ayuden a sostenernos. Cuando niños, jóvenes, adultos o viejos, a toda edad se necesitan puntos de apoyo, sostén, estímulos, cuidados. Nadie funciona únicamente desde sí mismo o en espera de que lo hagan espontáneamente algunas instituciones de caridad.
¿Será necesario recordar a Alberto Hurtado Cruchaga, quien sostenía que la caridad está después de la justicia, incluida la tantas veces denostada “justicia social”, calificada esta como un error, o como una quimera, o, paradójicamente, incluso como una injusticia, como un desaire al esfuerzo individual de cada persona? Pero lo cierto es que vivimos en sociedad y que, al hacerlo, no forjamos y mantenemos solo relaciones de intercambio y de competencia, sino también de colaboración y de solidaridad.
Otra explicación del fenómeno antes apuntado es nuestra legendaria práctica del doble estándar. Por ejemplo, si el que gobierna es mi adversario político, lo que se pide o espera es que el Estado y aquellos que gobiernan se vayan cuanto antes, o que al menos se replieguen; pero si el poder lo tengo yo y mis adherentes, lo que hacemos es instalar a los nuestros en todos los puestos públicos disponibles, tengan o no preparación para ello, y lo único que se le pide es una lealtad incondicional al jefe de Estado y a las ideas que este profesa.
La comparación con un juguete se justifica también por la inusual cantidad de autoridades públicas mal designadas por el gobierno actual y que han debido salir muy prontamente de sus cargos y, por supuesto, sobándoles continuamente la espalda, tal como se hace con los deudos que concurren a un funeral en el que se ven muy afectados. Los cambios de autoridades son habituales en un gobierno, pero ¿tantos y tan pronto, y en muchos casos, se supone, habiendo revisado previamente la trayectoria y el papel de antecedentes de los que han sido nombrados?
Las vocaciones de servicio público, siempre tan cacareadas por uno y otro lado, son más bien escasas tratándose de nuestras autoridades públicas, de manera que una vez que se alejan de sus cargos, o son despedidos de estos, todos corren alegremente a “privatizarse”, o a “volver a la academia”, anuncian también, en circunstancias de que nunca o raras veces han estado alguna vez en ella.
Se repite también el cuento de que todos los problemas de un gobierno son “comunicacionales”, o sea, culpa de los periodistas y voceros de palacio. La proliferación de vocerías, es cierto, puede confundir a la opinión pública, pero los que a cada rato se animan a ellas saltan al ruedo con gran facilidad y entusiasmo, haciéndose notar a cómo de lugar, aferrándose a cuñas previamente aprendidas de memoria. “Mostrarse”, “aparecer”, este es el mandato que debe ser obedecido, tal como algunas nuevas autoridades lo hicieron para hacerse notar ya en el momento de las primeras designaciones, así se encontraran o no en sintonía con sus muy extensas trayectorias políticas y partidistas previas. Vueltas de chaqueta, como se dice, que en verdad son intentos de cambia de piel
En fin, que no se gobierne más, ni ahora ni nunca, como si se tratara de un juguete: esa es nuestra petición.
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