León Calquín, el albacea del graffiti chileno y su colección de más de 300 mil imágenes de muros - El Mostrador

Miércoles, 13 de diciembre de 2017 Actualizado a las 21:39

Este artista mapuche lleva cuatro décadas retratando los muros nacionales

Cultura - El Mostrador

León Calquín, el albacea del graffiti chileno y su colección de más de 300 mil imágenes de muros

por 12 junio, 2014

El fotógrafo y dibujante viene retratando los graffitis en Chile de 1970 a la fecha. Empezó con fotografías en blanco y negro, luego se pasó a la digital. Y creó un trabajo recopilatorio monumental puede verse libremente en Internet. Hoy se ha convertido en el principal experto del street art en nuestro país. “Creo que si Miró o Picasso estuvieran en esta época, en que nació la acción callejera fuertemente, también habrían pintado en la calle, y gratis”, asegura en esta entrevista.

Sorprende por su entusiasmo. El fotógrafo y dibujante León Calquín lleva cuatro décadas retratando los muros de Chile y debe ser unos de los mayores expertos en graffiti chileno, pero habla con tal pasión del arte callejero como si tuviera 20 años.

Calquín posee una colección de 300.000 imágenes, que van de 1970 a 2014. Empezó con fotografías en blanco y negro, luego se pasó a la digital. Y creó un trabajo recopilatorio increíble puede verse libremente en Internet (http://losmurosnoshablan.cl/).

León Calquín con graffitero Cekis

León Calquín con graffitero Cekis Foto: Gentileza León Calquín

“Pienso que mi aporte ha sido enseñar a la gente común -porque mis sitios no están dirigidos a los grafiteros- a educar el ojo, a que los entiendan un poco más”, explica. “Un transeúnte común y silvestre pasa en un bus, ¿y qué ve? Ve colores. Y dice: ‘ay qué lindo’. Pero el próximo paso es decir: ‘me voy a bajar a ver qué hicieron estos cabros’. Y empieza a ver que ahí también hay algunas ideas, algunos mensajes, hay algo escondido… y eso es lo bonito”.

En su sitio hay fotos de graffitis chilenos, de trabajos de chilenos que pintan en el extranjero y de extranjeros que vienen a pintar a Chile. Calquín asegura que tenemos un arte callejero de nivel mundial.

“Nuestros artistas están siendo invitados periódicamente al extranjero”, señala. “Me ha tocado guiar a personas que vienen de afuera, los he llevado a los muros y han alucinado, porque ven algo que no hay afuera. Ven mucha gente trabajando un mismo tema a la vez, mientras en el exterior siempre son arrebatos individuales. Una crew como Los Doce Brillos está compuesta como por veinte chiquillos. ¿Cuál es la ciencia de cuando ellos atacan un muro? Lo pintan y el resultado es como si lo hubiera pintado una sola persona, una sola mano”.

Santiago Adhesivo Foto: Gentileza los Muros nos Hablan

Santiago Adhesivo
Foto: Gentileza los Muros nos Hablan

Calquín no parece estar equivocado en su admiración por el graffiti chileno. En mayo, el diario estadounidense Huffington Post dio a conocer un listado de las 26 mejores ciudades del mundo para ver graffitis y murales. Santiago ocupa el undécimo puesto, superado en Latinoamérica sólo por Sao Paolo y Bogotá.

Un arte hecho por chicas y chicos que Calquín defiende a brazo partido. Destaca que la mayoría son profesionales: pintores, profesores, diseñadores, médicos, arquitectos. “No son chiquillos locos que andan pintando. No existe ese vandalismo que se cree que es”.

“¿Qué agradece un joven (grafitero)? Primero, si no lo pueden ayudar económicamente, que sería lo ideal, es que le permitan (pintar) y no lo repriman”, asevera.

“Siempre he deseado que estos niños sean muy bien considerados. Nuestro gran dolor ha sido que el periodismo siempre los ha tirado para abajo. Los periodistas los entrevistan, pasan una tarde con ellos, y después los muestran como vándalos”, lamenta.

Un artista mapuche

Calquín sabe de lo que habla porque él mismo es un artista. Originario de Vichuquén, se sabe descendiente de los mapuche de la costa talquina, un origen del que se siente orgulloso. Estudió dibujo primero en la Academia de Gabriel Pando de Talca y su Centro de Amigos del Arte. Allí, siendo muy joven, se codeó con las esposas de la alta sociedad de la época, y tuvo como profesores a pintores como Reinaldo Villaseñor y Kurt Herdan

El rapto por Nass de graffitero Lax, Colina Foto: Gentileza Los Muros nos Hablan

El rapto por Nass de graffitero Lax, Colina
Foto: Gentileza Los Muros nos Hablan

Luego se vino a Santiago a estudiar Arte en la Universidad Católica, en el Campus Oriente. Su sueño era conocer a los maestros y lo logró de la mano de su profesor Gaspar Galaz: estuvo en los talleres de Gregorio de la Fuente, Luis Tejada, Ximena Cristi, Eduardo Ossandón, Manuel Gómez Hassan… “Cuando tuve alguna posibilidad, les compré algo”, señala en su casa repleta de cuadros.

Sin embargo, esos encuentros también se vieron acompañados de cierta decepción. “Me empecé a dar cuenta de que ellos no pintaban todos los días, como yo pensaba. No era lo mismo que yo creía o que yo leía de ellos. En ese tiempo en Talca leíamos siempre a Antonio Romera, el crítico del diario El Mercurio. Él mostraba un mundo, una actividad, que acá no lo vi. Afortunadamente sí vi esa actividad, y esa fuerza, en la calle. Fui testigo de cómo el arte empezó a salir a la calle”, entre otros en los muros de la capital.

Los comienzos

Fue así, en 1970, con el advenimiento de la Unidad Popular, que Calquín empezó a registrar fotográficamente los muros chilenos. “El hombre, desde los primeros atisbos de su existencia, siempre rayó su alrededor”, comenta. “Hasta los pololos lo hacen, ¿por qué no lo iban a hacer los artistas?”.

Educame del graffitero Esec, Antofagasta Foto: Gentileza Los Muros nos Hablan

Educame del graffitero Esec, Antofagasta
Foto: Gentileza Los Muros nos Hablan

Fue la época de esplender del muralismo de la Brigada Ramona Parra, integrada entre otros por el  legendario Alejandro “Mono” González, maulino como él (es originario de Curicó). Un muralismo que muy pocos años después viviría una represión casi natural, de mano del golpe militar.

“El muralismo siempre ha estado prohibido, nadie ha dado pie a que sea libre o aceptado por los gobiernos, por quienes dirigen. Creo que es porque es peligroso. La palabra escrita ya es peligrosa, imagínate el dibujar metáforas  de colores, que quedan a la libre interpretación del transeúnte”, señala.  “Me temo que son los gobiernos los que lo no aceptan”.

Calquín ejemplifica que ni siquiera en México, con la fama que tiene allí el muralismo, lo ha instalado en la calle: las obras están dentro de las universidades, “siempre indoor”. Lo mismo ocurrió en Chile con las obras de los mexicanos Jorge González Camarena y David Siquieros, ubicadas dentro de la Universidad de Concepción y la Escuela México de Chillán, respectivamente.

Proceso del graffiti en la carcel de Colina Foto: Gentileza Los Muros nos Hablan

Proceso del graffiti en la carcel de Colina
Foto: Gentileza Los Muros nos Hablan

A fines de los 60, “los jóvenes irrumpen en una época en que había mucha libertad, con una consigna política. Al principio fueron textos, pero rápidamente se dan cuenta de que el texto es una cosa y la imagen, el color, la forma, es otra. Entonces nacieron las palomas, el puño en alto, una serie de simbologías que rápidamente multiplicaron por el país”.

“Yo empecé a tomar fotografía el día que pintaron el Mapocho, entre la Estación Mapocho hasta la Clínica Santa María”, el año 1972. Lo movió “ese deseo de capturar algo que era muy sabido que iba a ser borrado al otro día”, primero por la lluvia, poco después por la dictadura. “Siempre quise guardar eso”.

De la misma manera lo hizo con otras expresiones del arte callejero, como los afiches pintados de los cines de la época, los carteles de las micros, los cantantes callejeros o los mismos pintores de la Plaza de Armas. “Me gusta buscar esa soltura que existe en las personas, no lo académico”.

El renacer

Calquín siguió sacando fotos después del 73, registrando por ejemplo la actividad de la Brigada Chacón, que nunca se detuvo. En cuanto al muralismo como tal, “algunos valientes siguieron. Pero hubo mucho menos registro en esa época”, admite.

El verdadero renacer de los muros comenzó en los 80, primero con el renacer del mural político y luego con la aparición del graffitti. Este llegó cuando los hijos de los exiliados que volvían lo trajeron consigo desde Europa y Estados Unidos. Vino con el hiphop, películas como “Beat Street” (1984) y una serie de notas sobre breakdance que mostró “Sábados Gigantes”.

De aquella época son Jorge Zapata, Grin y Cekis, que para Calquín introdujeron el graffiti en Chile. Un movimiento que surgió entre otros en torno a la céntrica tienda capitalina “La otra vida”, donde Cekis empezó a vender spray importado para su arte. Los tres bailaban breakdance –lo hacían en el barrio Mapocho- pero también pintaban.

Muy poco después los siguieron otros, que hoy conforman lo que Calquín llama “la Vieja Escuela”. Con la democracia, los grafiteros y sus “crew” se empezaron a multiplicar. Y Calquín siguió tomando fotos.

“En la década de los 90 fue el boom. Sucedió todo. Todos los chicos que pintan actualmente aprendieron de ahí, viendo cómo trabajaban estos niños”, asegura. “Se reunían, en tiempos en que no había celular, quedaban contactados de una semana a otra, iban a un barrio, se invitaban, estudiaban… La gracia del graffitti, a diferencia de la pintura de taller, que fue algo que me entusiasmó también, es que no es individualista. Se requiere ir acompañado, se hace una amistad, hay una especie de lucha pero por calidad”.

Nelson Rivas, “Cekis”, (Santiago, 1976) es un ejemplo de esta generación. En los 80 se formó en el mural político, pintando tanto en su escuela como en la calle. Luego viajó por el mundo para hacer lo mismo en lugares tan dispares como Buenos Aires, Sao Paulo, Valparaíso, Sevilla, Zúrich o Hamburgo, hasta que en 2004 se instaló en Nueva York, donde sigue hasta hoy.

El encuentro

Por increíble que parezca, el movimiento grafitero y Calquín recién empezaron a tomar contacto en 2006. Muchos grafiteros conocían la obra recopilatoria de Calquín, quien por su parte podía identificar los tags (nombres estilizados) y estilos de muchos de ellos.

“Los admiraba, pero no conocía sus rostros. Ellos tampoco querían que se les conociera”, cuenta. En aquella época ya eran comunes las reuniones masivas para pintar en lugares como la Plaza Italia o la avenida Ossa. Y fue en un evento anual que se hacía en la calle San Alfonso, “Píntate un pedazo”, donde le hablaron a Calquín y trabaron amistad. Una vez se hizo el contacto, “bastaron tres meses para que nos conociéramos todos, porque ellos habían vistos los trabajos que yo subía a los sitios (de Internet). Algunos me escribían y me preguntaban por qué no subía algo de ellos”.

Una amistad cuyo valor pudo comprobar poco después, en otro evento en el Estadio Víctor Jara, cuando Calquín no podía traspasar las medidas de seguridad y los grafiteros lo hicieron  pasar diciendo que su presencia allí era “muy importante” para ellos. “Ahí, ese día, me sentí respaldado”.

A partir de entonces, lo comenzaron a invitar a cuanto evento grafitero hubiera. Ha tomado onces con ellos, en sus casas, y han estado en la suya. Ha estado con padres de grafiteros, convenciéndolos de que lo que hacen sus hijos no es algo malo, sino todo lo contrario. Incluso ha logrado reconciliaciones entre artistas peleados.

Ha compartido su vida, y también su muerte. Porque es un movimiento que también cuenta con sus propios mártires, como recuerda Calquín. Mártires que los propios grafiteros rememoran de tanto en tanto en los muros: ACB (Andrea Cecilia Bernal), fallecida de cáncer el 19 de noviembre del 2006, el mismo mal que se llevó al jovencísimo SIZE de Chiguayante; el rancagüino OMS, muerto en un accidente de tránsito, al igual que ZAGES (que murió en la avenida Kennedy), MASEK, atropellado en Providencia mientras cruzaba un paso cebra arriba de su tabla y COKAGRAFF, víctima del Metrotrén en San Bernardo.

La consolidación

En el interín, mucha agua ha corrido debajo del puente. El graffiti se ha consolidado como arte en Chile, ha salido desde la marginalidad para llegar incluso hasta la publicidad televisiva. Está en el Museo a Cielo Abierto de San Miguel y sus similares en Valparaíso, La Pincoya y Rancagua, o los muros de la cárcel de Colina 2, donde los propios presos juntaron dinero para financiar un mural en un patio.

Calquín ve una clara evolución del graffitti. Primero, en los 70, estuvieron los muralistas y su mensaje ideológico. Luego, en los 80, tal como se impuso en Estados Unidos, llegó el graffiti, que no se trataba de otra cosa que dejar un nombre en los muros. Después empezaron a aparecer los personajes. Y finalmente, con una identidad ya propia, el graffiti chileno comenzó a ser satírico y a plantear sus propias temáticas, especialmente a partir del movimiento estudiantil. Por eso ahora habla de temas como la lucha mapuche o la ecología (“No a Hidroaysén”) y ha dado origen a lo que ya se llama “grafomuralismo”.

“Mi pensamiento es que quienes están rayando los muros ahora, en las ciudades del mundo, son artistas”, asegura Calquín. “Creo que si Miró o Picasso estuvieran en esta época, en que nació la acción callejera fuertemente, también habrían pintado en la calle, y gratis”, sentencia.

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