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Sin mujeres no hay revolución

por 13 agosto, 2013

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El 8 de marzo pasado Revolución Democrática se sumó a la marcha que habitualmente convoca la sociedad civil para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. El movimiento portaba un cartel cuyo mensaje (“Sin Mujeres No Hay Revolución”) ha sido mencionado antes por otras organizaciones, pero sigue plenamente vigente y en sintonía con la demanda por más participación política de las mujeres en nuestro país.

Con la recuperación de la democracia en 1990 se dieron algunos tímidos pasos en materia de derechos humanos de las mujeres. No obstante, existe cierto consenso, tanto en el movimiento de mujeres como en la academia, que donde menos se ha avanzado ha sido en el ámbito de la participación política y en el de los derechos sexuales y reproductivos.

En 2005 fue electa por primera vez una mujer Presidenta de la República, cuyo gobierno se inició con un gabinete paritario y promovió, a nivel de la política pública, una serie de medidas y mecanismos orientados a corregir situaciones de desigualdad basadas en el género. Muchos pensaron que este hito marcaría un verdadero salto cualitativo en materia de participación política femenina en el país. Lamentablemente, las cifras de los procesos electorales posteriores demuestran que no ha sido así.

Las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias son una oportunidad para discutir, dentro del ámbito de las reformas políticas, el tema de las cuotas y de otras medidas que puedan favorecer la participación política de las mujeres. Un programa o una candidatura que no considere dentro de las propuestas de cambio al sistema electoral el factor de género, no podría ser catalogado de transformador.

Las mujeres chilenas somos el 52 % del electorado, sin embargo tenemos sólo un 13 % de mujeres en el Congreso y un 12 % de alcaldesas como resultado de la última elección municipal del 2012. Organismos internacionales como el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer han señalado al Estado de Chile que uno de sus grandes pendientes es la implementación de medidas que permitan que más mujeres participen en la política y que, en definitiva, más mujeres aspiren a cargos de decisión o de elección. Uno de estos mecanismos es el de las leyes de cuotas de las que Chile carece.

Precisamente, la brecha de representación política de las mujeres se ha subsanado en algunos países mediante cuotas legislativas. En América Latina hay actualmente 12 países con diferentes tipos de cuotas en sus legislaciones. Argentina fue el primero en 1991 y Uruguay el más reciente en 2009, aunque entrará en vigencia para el 2014. Los datos en promedio muestran que, en aquellos países latinoamericanos que tienen cuotas, ha aumentado en 25 % el número de mujeres en cargos de elección. Por contraste, estudios comparados demuestran que, si se deja actuar solamente a los cambios sociales y culturales, sin disposiciones institucionales para promover la representación política, en democracia por cada año que pasa la elección de mujeres aumenta en 0,07 puntos porcentuales, lo que equivale a un 7% en cien años de elecciones democráticas. Pareciera haber razones para tratar de acelerar el paso.

Las cuotas no son cupos reservados para las mujeres, como muchos creen. Son acciones afirmativas que buscan aumentar el número de mujeres en cargos de decisión o de elección. Este mecanismo establece por ley porcentajes mínimos de mujeres candidatas en las listas electorales de los partidos. En los últimos años, la tendencia en el mundo es a fijar cuotas que tiendan a la paridad; es decir, ningún sexo puede estar bajo el 40% ni superar el 60 %. En América Latina las cuotas han oscilado en un rango de 20 % a 40 %.

Es evidente que los porcentajes establecidos en las cuotas no aseguran que las candidatas sean electas. Lo anterior dependerá de otros factores; entre ellos, que los partidos políticos tengan sistemas de financiamiento transparentes que permitan a las candidatas competir en igualdad de condiciones, o que la ubicación de las candidatas en las listas efectivamente les dé la opción de resultar electas, en lugar de constituir candidaturas únicamente testimoniales. Otro factor que incide en la participación política de las mujeres sigue siendo la vida privada; no hay duda que la asimetría en la responsabilidad por el ámbito reproductivo y del cuidado, que persiste en nuestra cultura, es una limitante para el ejercicio de la política.

Si bien un mayor número de mujeres en el Congreso no garantiza necesariamente el avance en nuestros derechos, el desafío está en promover que más mujeres conscientes de la necesidad de avanzar en una agenda igualitaria sean candidatas en los distintos partidos y referentes políticos.

Las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias son una oportunidad para discutir, dentro del ámbito de las reformas políticas, el tema de las cuotas y de otras medidas que puedan favorecer la participación política de las mujeres. Un programa o una candidatura que no considere dentro de las propuestas de cambio al sistema electoral el factor de género, no podría ser catalogado de transformador. En efecto, los grandes cambios en la política se producen cuando los grupos marginados del poder acceden a él. Para Revolución Democrática es vital dar pasos en esta dirección. El discurso, transversal políticamente, que con frecuencia destaca que hacen falta más mujeres en la política, hasta ahora no ha ido acompañado de la voluntad política de empujar las reformas institucionales que podrían favorecer esta mayor presencia. Superar esta ambivalencia es un imperativo para cualquier agenda de transformaciones en Chile. En definitiva, sin mujeres en la política no hay revolución posible.

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