La voz de los filósofos en Chile - El Mostrador

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La voz de los filósofos en Chile

por 25 diciembre, 2014

Todo lo anterior apunta a un hecho ineludible: tanto el complejo de inferioridad como el de superioridad no tienen base alguna en la realidad. La filosofía y el resto de las humanidades son disciplinas en las cuales trabajan profesionales, al igual que en la física, la ingeniería, la sociología, la medicina o la historia. Los filósofos y las filósofas no viven ni se alimentan solamente de reflexión: necesitan trabajar para poder sobrevivir y continuar escribiendo.

Fue publicada, en este mismo medio, una columna de opinión titulada 'El Silencio de la Filosofía' por el filósofo Fernando Miranda. Si bien consideramos que la publicación puede ser valorada por abrir públicamente un debate que hasta ahora se encontraba –con suerte –encerrado en los pasillos universitarios, cuando no meramente reflejando en las pequeñas rencillas internas y silenciosas de los departamentos de filosofía. El tema en cuestión es respecto a la naturaleza de la disciplina y, tomando en cuenta esto, el lugar (entiéndase: su función) en la sociedad contemporánea. Si bien esto puede sonar como algo abstracto al punto de la irrelevancia, en realidad es un debate concreto respecto al trabajo intelectual de un número importante de profesionales en formación o ya trabajando en nuestro país.

A pesar de estar de acuerdo con lo necesario de la vinculación de los profesionales con los problemas sociales, en especial con las movilizaciones, nos es difícil encontrar puntos de acuerdo con la columna citada. Consideramos que el texto del señor Miranda exhibe lo que creemos representa el principal obstáculo para el desarrollo de la filosofía en Chile: una extraña mezcla entre un profundo complejo de inferioridad respecto a algunas cosas y un injustificado complejo de superioridad respecto a otras.

El grueso de la columna, el mentado “silencio” de la filosofía, tiene su fundamento en una valoración absolutamente exagerada y contraproducente de la filosofía respecto a su papel en la sociedad en su conjunto. En la columna, el señor Miranda constantemente pone en comparación a la filosofía con otras disciplinas. De las que menciona, podemos contar a la sociología, la economía y la historia. En todas las comparaciones, la filosofía sale evidentemente victoriosa: sin estar argumentado por qué, la filosofía se ocuparía de asuntos más importantes o más vitales que las otras, de manera tal que ponerla en su mismo nivel sería una violación a su integridad, su esencia y su historia. El autor llega tan lejos que afirma que las otras profesiones “sólo se ocupan de sí mismas” —lo cual, por lo bajo, es un error: hay bastante literatura que da cuentas de la amplia discusión respecto al objeto de estudio de cada una de éstas—, o que “no se puede ser filósofo como se es ingeniero o contador” evidenciando un soberbio sentimiento de superioridad por sobre las supuestamente mundanas e irrelevantes ocupaciones del resto de los mortales. Así, el filósofo y la filosofía se alzan por sobre el quehacer de los mortales comunes y corrientes. En ello vemos manifestado el profundo complejo de superioridad que caracteriza a gran parte de la reflexión filosófica en nuestro país.

Todo lo anterior apunta a un hecho ineludible: tanto el complejo de inferioridad como el de superioridad no tienen base alguna en la realidad. La filosofía y el resto de las humanidades son disciplinas en las cuales trabajan profesionales, al igual que en la física, la ingeniería, la sociología, la medicina o la historia. Los filósofos y las filósofas no viven ni se alimentan solamente de reflexión: necesitan trabajar para poder sobrevivir y continuar escribiendo.

¿Qué tiene la filosofía que podría darle la característica tan especial como para no ser considerada como una profesión más? Aparentemente, provendría de que se ocupa de “aproximarse lo más posible a la esquiva verdad”. Pero, ¿qué razones habría para creer que físicos, ingenieros y antropólogos no estarían buscando tanto la verdad como el filósofo? O para formularlo de otra manera: ¿qué razones habría para creer que sólo los filósofos están llamados a encontrar la verdad, y no la totalidad de saberes y disciplinas de la sociedad? Y es que la filosofía también es parte del proceso de producción de conocimiento, no posee una esencia transmundana que la sitúe más cerca de la verdad. Creer lo contrario es simplemente un ejercicio de amor propio por la disciplina que, aunque entendible (y posible de encontrar en todas ellas), sólo refleja una autocomplacencia que es también responsable de la forma en que ha comenzado la columna, alegando que los filósofos “no son consultados en los grandes ni en los pequeños debates”. Esta última afirmación es tan irrelevante como es cierta. La verdad es que en un país con una democracia tan secuestrada por las élites como el nuestro, son muy pocos los que pueden participar de esos debates. Es imperativo que los filósofos participen sólo en tanto todos y todas deberíamos tener soberanía sobre los asuntos de la sociedad, y no porque sean capaces de entregar una mirada más verdadera, o más valiosa, que la del resto de los pobres mortales.

Por otra parte, el complejo de inferioridad que expresa su columna se encuentra en el tono despectivo con que trata el trabajo que cotidianamente realizamos los filósofos y las filósofas. Su crítica a quienes estudian y trabajan la filosofía hoy en nuestro país, a quienes incluso se resiste a denominar como “filósofos”, pasa por culparlos de supeditar la filosofía a relaciones contractuales, requisitos formales, o a la mera acumulación de papers para el curriculum “llenos de citas para garantizar que no hay ningún pensamiento o idea original”. Con esto, gran parte del trabajo filosófico realizado en Chile ni siquiera sería filosofía, sino una pérdida de tiempo y recursos. Por esto es que el complejo de superioridad va unido irremediablemente a un autoflagelante complejo de inferioridad: al ensalzar en extremo lo que imagina como la dignidad —siempre, obviamente, pasada y hace tiempo perdida— termina por ningunear la producción filosófica real y presente de la que él mismo forma parte. Más aún, al igual que con el complejo anterior, éste otro está completamente injustificado más allá de apelaciones a la tradición, la estética o criterios de evaluación irrealizables. Tan fantasiosa es su idea de lo que debería ser la filosofía en comparación con lo que es hoy, que olvida detalles tan importantes como que los filósofos que nombra, y otras grandes lumbreras del pasado, también estuvieron insertos en dinámicas modernas de trabajo académico. Tanto es así que, por ejemplo, Wittgenstein y Kant trabajaron gran parte de su vida como filósofos profesionales en universidades en los países donde vivieron. Deja afuera, también, ejemplos aún más claros de grandes filósofos que, asumidamente o no, estuvieron insertos en dinámicas modernas de producción filosófica y relaciones contractuales. La imagen de Heidegger como catedrático de la Universidad de Friburgo o de Bertrand Russell como un académico renombrado de la Universidad de Cambridge serían condenables si hiciéramos caso de las elevadas exigencias con las que el señor Miranda propone tratar a la filosofía chilena del presente.

Todo lo anterior apunta a un hecho ineludible: tanto el complejo de inferioridad como el de superioridad no tienen base alguna en la realidad. La filosofía y el resto de las humanidades son disciplinas en las cuales trabajan profesionales, al igual que en la física, la ingeniería, la sociología, la medicina o la historia. Los filósofos y las filósofas no viven ni se alimentan solamente de reflexión: necesitan trabajar para poder sobrevivir y continuar escribiendo. Los pocos casos en que no fue así se debió a riquezas obtenidas por otros medios (por ejemplo, como Schopenhauer, una herencia millonaria) y con las que desgraciadamente no contamos. Además, igual que el resto de las disciplinas, la filosofía ha estado sometida a procesos de modernización en su modo de producción de conocimiento; y si bien este proceso en la actualidad ha implicado la adopción de criterios mercantilistas que deforman nuestra actividad, nuestro entrenamiento filosófico debería hacernos más capaces que nadie de darnos cuenta de que no es el cambio mismo el condenable.

Los once años de cárcel que pasó Antonio Gramsci en Italia sirven para ilustrar el punto central del argumento que presentamos contra la columna del señor Miranda. Gramsci no estuvo en la cárcel por ser filósofo, ni por una característica especial de la filosofía, sino por su papel como dirigente social y político de procesos transformadores en Italia. Más aún, es el mismo Gramsci el que propone que los intelectuales —y con ellos, muy especialmente, los filósofos— desempeñan su función y rompen su cómplice silencio justamente cuando abandonan la torre de marfil con la que intentan erigirse por sobre el resto y bajan a trabajar y luchar codo a codo con el resto de los mortales.

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