Inteligencia estratégica
Los cuatro jinetes del Apocalipsis, pintura de Werner Wilhelm Gustav Schuch.
Otra película sobre el fin del mundo
La próxima vez que una persona, organización o industria anuncie una conversión ética instantánea, vale la pena preguntar qué le costó proclamarla y qué gana con que nosotros le creamos.
Las dos últimas semanas parecen un guión de Hollywood. Y, como hay dos géneros que obsesionan a los estadounidenses, conviene preguntarse a cuál pertenece esta nueva película. Uno es la comedia romántica, en la que volver con el ex se considera una idea fantástica y llena de encanto. El otro es el cine apocalíptico, que imagina amenazas capaces de extinguirnos por completo. La película que hemos visto estas semanas parece enmarcarse en este último género.
El 8 de septiembre, un investigador de inteligencia artificial llamado Jacob Coxon renunció a su trabajo dejando titulares como este: “Las personas que están construyendo IA creen sinceramente que podría matarnos a todos para finales de esta década”.
Coxon trabajó en OpenAI y en julio se cambió a Anthropic. Sin embargo, dos meses le bastaron para concluir que ambas compañías “corren de pleno hacia una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma y apuestan con nuestras vidas”.
Lo esperable hubiera sido un rotundo desmentido con amenaza de denuncia, pero sucedió todo lo contrario. El encargado en Anthropic de que la IA no atente contra nosotros le dio la razón a Coxon y calculó “más de un 10%” de probabilidades de que la IA mate a toda la humanidad en la próxima década”. Con ese giro de guion, la película empezó a ganar mucha audiencia.
Dos días después, el CEO de la compañía, Dario Amodei, publicó un ensayo pidiendo frenar la carrera de la IA hasta contar con alguna forma de auditoría externa. En una entrevista con CBS, admitió que “durante demasiado tiempo la industria le mintió a la gente” sobre los riesgos.
En cuestión de horas, Sam Altman (OpenAI), su archienemigo Elon Musk y los jefes de Microsoft y Google DeepMind se sumaron. Después de años compitiendo por ser los primeros en desarrollar la anhelada “superinteligencia”, ¿la renuncia de Coxon conmovió su conciencia hasta el punto de clamar por ser regulados?
Si fuera cierto, se trataría de un caso inédito de conciencia ética repentina. Desde San Pablo, no se recuerda una caída del caballo con tamañas consecuencias. En especial porque esta vez se cayeron a la vez los cuatro jinetes (del apocalipsis).
Demasiado bueno para ser verdad, incluso en un guion hollywoodiense. Y, en efecto, mirado de cerca todo parece escenificado: la renuncia, la propuesta de Amodei, el coro de rivales sumándose en horas, la llamada de Trump en vivo al CEO de Nvidia para desmentir el temor…
En una época donde hasta la política sigue las lógicas de las redes sociales, algo tan serio como una amenaza existencial adquiere el inconfundible aspecto de charada que es propio de nuestra sociedad del espectáculo. En el mismo tono y sin distingos, un día se habla de farmear aura y otro de la extinción humana o el anuncio de Sydney Sweeney. Cada semana requiere su tema viral, mientras la sociedad asiste, apantallada e impotente, a una sucesión de shows.
De ese modo, resulta cada vez más complejo saber qué es verdad y qué no. ¿La IA tiene realmente ese potencial? ¿A las empresas punteras realmente les importa estar creando algo que podría extinguirnos?
Para saber qué tan preocupado está alguien, nada es más revelador que comprobar sus compromisos. Y, por supuesto, nadie se ha comprometido a nada. Amodei condiciona el freno a una coordinación que no existe, Google lo deja en manos de un organismo que tampoco existe y Musk acusa de farsa la renuncia de Coxon con la que empezó esta película…
Así que, pensándolo bien, quizás no se trate de una película del género apocalíptico. Quizás es tan solo una comedia, donde tras algunas dificultades y tensiones los protagonistas vuelven a lo acostumbrado y todo sigue igual. Una comedia romántica sobre el fin del mundo.
La conversación que se abre
La próxima vez que una persona, organización o industria anuncie una conversión ética instantánea, vale la pena preguntar qué le costó proclamarla y qué gana con que nosotros le creamos.
Una promesa sin plazo ni condiciones de satisfacción no es compromiso alguno. Si alguien expone una “preocupación” sin acciones, plazos y condiciones de cierre, ya sabe a qué tipo de show está asistiendo.
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