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Análisis

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La Presidencia vacante de Bachelet

por 5 enero 2016

La Presidencia vacante de Bachelet
Lo que queda de bacheletismo ya no puede obviar el diagnóstico: fue un error dormir con el enemigo. Y lucharán por quedarse. Burgos cree que ascendió mil metros, pero no lee el partido. En una semana pasó de ministro del Interior a precandidato presidencial, un nombre débil en esas ligas, el clarísimo segundo de Lagos (el verdadero candidato del orden). Burgos como precandidato es redundante y como ministro es un traidor.

La última semana de 2015 la Presidenta de la República dio un segundo paso importante en su proceso de desentenderse de las actividades de Gobierno. Si antes había relativizado su programa gubernamental, ahora decidió retirarse de las obligaciones de su cargo dejando el poder en situación vacante.

La historia es simple: Bachelet realizó un desaire a su ministro del Interior visitando La Araucanía en secreto y, con posterioridad a la reacción de él, que obviamente puso el grito en el cielo (cosa normal por lo ocurrido y siendo DC, aunque además puso el grito en la prensa), la Presidenta dejó en evidencia que, como en todo su mandato, no había segunda jugada luego de la primera.

En el ajedrez no muy sofisticado de la política, la Presidencia (no solo Bachelet) no había tejido ninguna red de acciones sucesivas. ¿Qué esperaban ella y sus estrategas al pasar por encima de Burgos? ¿Suponían la complacencia estoica de su ministro principal? Burgos hizo lo que debía: renunciar (porque no tenía alternativa) y mandar a la prensa toda la información (porque no quería renunciar realmente y convenía a sus intereses el simple jaleo). Bachelet debía tomar la decisión: aceptar la renuncia, gatillar una crisis corta, pero reafirmar su poder. No tenía alternativa. Si había tensionado ella la situación, si había inventado una crisis en pleno Año Nuevo, cuando a nadie le importa la política, ¿por qué no terminar su trabajo? Sin embargo, no lo hizo. Rechazó la renuncia y con ello transformó al débil Burgos en un personaje imposible de despedir en los próximos meses.

Burgos leyó bien el momento y decidió pasar de las caritativas mejillas de la cristiandad a la violencia de la Democracia nietzscheana, comentando a la prensa que había solicitado a la Mandataria que “este tipo de hechos no se volverían a repetir”. Con la aceptación de esta exigencia y del comentario público de Burgos, Michelle Bachelet dejó la Presidencia de la República en posición vacante.

Michelle Bachelet nunca ha aceptado la tesis de la renuncia traumática en medio de la crisis, pero siempre ha aceptado el camino tanático de la muerte lenta capaz de conducir al descanso: aceptó perder su programa, aceptó la gradualidad, aceptó los cambios en las reformas tributaria y educacional, aceptó el fallo del Tribunal Constitucional sin chistar, aceptó la presión contra el bacheletismo (y el fin de Peñailillo), aceptó unir la muerte política de su hijo con la propia, esto es, aceptó su debilitamiento y prefirió dormir en la tristeza que despertar en una guerra.

Michelle Bachelet ya no es la Presidenta de la República en el Palacio ni en la elite política. Pero la jugada de Burgos tuvo un absurdo: Bachelet perdía el poder, pero él no quedaba ungido en el líder de la tribu. Burgos desencadenó un nuevo conflicto intestino, una nueva lucha por quién llenará el vacío de poder. Por supuesto, su poder creció mucho en una semana. Se equivoca Max Colodro al decir que la presencia de Burgos no resiste más en el gabinete. Su conflictividad es evidente, pero su poder aumentó tanto que le permite resistir, si ese fuera el punto.

Por supuesto, su lealtad con el proyecto de la Nueva Mayoría o con la Presidenta podría cuestionarse moral y hasta políticamente, pues de hecho ha sido del todo desleal, sin ningún sentido de coalición ni equipo. No es culpable de la crisis del Gobierno ni mucho menos, en todo caso. Pero ha sido parte del problema y no de la solución. La Democracia Cristiana ha actuado coordinada con Burgos y han leído en el debilitamiento de Bachelet la posibilidad de ir por el premio mayor: destruir cualquier atisbo del programa de la Nueva Mayoría. El documento ‘concertacionista’ de 25 militantes de la DC titulado “Progresismo sin progreso, ¿el legado de la Nueva Mayoría?”, es parte de sus acciones partidarias de traición al proyecto, las acciones de Jorge Pizarro apoyando dicho texto se suman y las declaraciones de Claudio Orrego respecto a que al gobierno le ha faltado calle y sentido de urgencia, van en la misma dirección: torpedear la línea de flotación misma del actual pacto. La oposición está dentro. Y pretende estar al mando.

Michelle Bachelet nunca ha aceptado la tesis de la renuncia traumática en medio de la crisis, pero siempre ha aceptado el camino tanático de la muerte lenta capaz de conducir al descanso: aceptó perder su programa, aceptó la gradualidad, aceptó los cambios en las reformas tributaria y educacional, aceptó el fallo del Tribunal Constitucional sin chistar, aceptó la presión contra el bacheletismo (y el fin de Peñailillo), aceptó unir la muerte política de su hijo con la propia, esto es, aceptó su debilitamiento y prefirió dormir en la tristeza que despertar en una guerra.

Por supuesto el error es de Bachelet. Tener a Jorge Burgos, opositor a su proyecto, de ministro de Interior, pensando que incluir a los enemigos daría resultado para permitir sus reformas, fue un error de proporciones. Hoy sus principales ministros (Burgos, Eyzaguirre, Valdés) no creen en su proyecto, solo tienen que fingir. Y hay uno que ya dejó de hacerlo.

La operación Burgos puso a la Democracia Cristiana en fase maníaca. Se imaginaron el asesinato del macho alfa y el reemplazo por uno de los suyos. Pero la épica y heroica acción del impugnador no representa la escena. No hay aquí un macho alfa. Bachelet no lo es y, de hecho, no serlo ha sido su activo. Golpearla duramente con el canon del primate es no comprender la sutileza con la que debe traducirse la disputa de poder desde dentro del Palacio hacia la ciudadanía. El asesinato de la autoridad ha sido sutilmente tratado por la psique, la cultura y la sociedad desde tiempos remotos. La sofisticación del cristianismo, decía Freud, es el reemplazo de la religión del padre por la del hijo, quien usurpa el poder en el supuesto de hacerlo en el nombre del padre. Tan sutil el hijo que, en vez de matar al padre, lo reemplaza con su propia muerte. En la DC, en cambio, la cristiandad llegó a convertirse en una operación de piratería, cuya única elegancia es haber sido ungida en nombre de una oficialidad (es decir, son corsarios).

En medio de la fase maníaca surge una segunda tesis fuerte en la Democracia Cristiana (la primera era aprovechar el momento para destruir las reformas y la Nueva Mayoría): se trata de ungir a Jorge Burgos como el precandidato presidencial de la Democracia Cristiana. El proceso interno no parece tener obstáculos (la única víctima del proceso es Ignacio Walker, que por sí solo no es mucho). Sin embargo, no cabe duda que la fase es maníaca y algo irreal.

Desde que asumió, en mayo de 2015, Burgos sumó no más de una semana de imagen salvífica. Los datos del Gobierno nunca mejoraron, el cambio de rumbo existió pero dejó insatisfechos a unos (los conservadores, que le importaban a Burgos) y otros (los transformadores, que no le importaban). A poco andar se asumió que sus días estaban contados, que los temas de seguridad interior no mejoraban y la crisis con los camioneros fue su guinda negra para su torta amarga. No solo no pudo manejar la agenda de la izquierda (paros, huelgas, protestas), sino que no pudo manejar la de los suyos (delincuencia, portonazos, camioneros).

Pues bien, todo su proceso ha sido depresivo. Ha resistido, ha sido resiliente, pero no fuerte. Su jugada de llevar a Lagos a La Moneda mientras la Presidenta no estaba en el país, bastante más grave que lo hecho por Bachelet con él respecto a La Araucanía, lo dejó con un pie afuera de su cargo (y solo se conservó en él porque la atea Bachelet puso la otra mejilla ante el cristiano Burgos). Su sobrevivencia se ha explicado más por el esfuerzo de Bachelet de no hacer nada que genere ruido, que por su capacidad de articulación o solución de problemas. Ha sido, la conservación de su cargo, resultado de la mediocridad de un Gobierno que pide la hora desde antes de terminar el primer tiempo.

Pero, de pronto, Burgos encontró un camino para aumentar su poder dentro del Gobierno: la ruta de la traición. Si el camino concertacionista era mantener el orden desde los acuerdos, el camino informal de la Nueva Mayoría es mantener el orden desde la traición. Y el nuevo año lo recibió con las manos manchadas de un crimen perfecto (un magnicidio además) y ungido por su partido como precandidato presidencial en premio.

Burgos, el hombre que no suma 200 horas de éxito en las casi 5 mil horas en que ha ejercido el cargo, de pronto es levantado por Orrego precandidato presidencial. Para efectos políticos, es menos llamativo incluso que si Patricio Walker dijera que Ignacio Walker es un buen candidato. Pues bien, lo hace Orrego, entendiendo que la suma de fracasos y un crimen de última hora son suficientes (al menos para mantenerse en el cargo él y su amigo). Algo hay de cierto, habrá que reconocer, en la jugada de Orrego. En una dinámica crecientemente monárquica durante este mandato, la familia propia y los asesinatos a traición se tornan importantes. Pero ni aun así alcanza. Orrego cree que este éxito de Palacio se traduce en una mirada complaciente del ‘pueblo’. En nombre de ‘la calle’, saca a flote al ‘príncipe’ Burgos. Y este, convencido de su candidatura, va a pasar el Año Nuevo con Carabineros en La Araucanía, pues ‘el sentido de urgencia’ (humillar a su jefa) lo llamó.

Michelle Bachelet terminó 2015 en calidad de Vicepresidenta. Su mandato se ha acabado y su rol es simbólico. ¿Ha perdido la batalla? Por supuesto, pero tiene algo a su favor. Ni siquiera la dio. Y como el crimen que la vio caer no fue decente, el tiempo le otorgará el beneficio de haber sido tan buena y tan cristiana en medio de los lobos.

Jorge Burgos ha destruido a Bachelet. Termina el año disfrutando su obra y comienza el nuevo con la esperanza de reemplazar a la jefa. Pero se equivoca. Ha devaluado a Bachelet, por cierto, pero él no ha quedado a cargo. Su ascenso es emotivo (hoy se siente mejor), no político. La Democracia Cristiana intenta que así sea, pero la guerra está declarada. Lo que queda de bacheletismo ya no puede obviar el diagnóstico: fue un error dormir con el enemigo. Y lucharán por quedarse. Burgos cree que ascendió mil metros, pero no lee el partido. En una semana pasó de ministro del Interior a precandidato presidencial, un nombre débil en esas ligas, el clarísimo segundo de Lagos (el verdadero candidato del orden). Burgos como precandidato es redundante y como ministro es un traidor.

Diría que la de Burgos fue una victoria pírrica. Pero me da pena el bueno de Pirro, que al menos ganó cientos de batallas reales y sobre su caballo iba al frente de su ejército. No ofendamos al general que subyugó a los romanos batalla tras batalla. No hay que olvidar el famoso incidente donde en medio de la guerra un desertor de Pirro ofreció a los romanos envenenar a su rey. Los romanos, aunque estaban al borde de perder toda la península, devolvieron al traidor y declararon a Pirro que no estaba en su interés vencer fuera del campo de batalla; a lo que Pirro respondió con igual caballerosidad, devolviendo todos los prisioneros romanos, incluyendo generales. Pues bien, es evidente que Burgos no es Pirro: no ha ganado nada importante y estuvo dispuesto a usar cualquier arma para traicionar a quien le nombró. Pero su victoria es pírrica: dura solo el tiempo que Lagos se demore en entrar en escena.

Bachelet sí debería leer las enseñanzas de Pirro, quien escribió: “Piedad a destiempo es superstición”. Pirro es el político por excelencia, el estratega y luchador incansable, indulgente con su pueblo, hostil hasta el hartazgo con sus enemigos, leal en las formas de la lucha. La Nueva Mayoría se ha convertido en una arena de lucha muy distinta a la de Pirro: una tropa de histéricos en el mechoneo de cada día, más una tropa de corsarios intentando sacar lo que vaya quedando en la lucha de los histéricos.

Burgos y la Democracia Cristiana han perdido las proporciones. En el nombre de la calle festejan traiciones de Palacio que nadie comprende a diez metros de distancia. La ciudadanía ya no ama a Bachelet, es cierto. Pero tampoco la quieren ver acuchillada por la espalda. Burgos ni se imagina que, en unos meses, quizás sí sea precandidato y que, en medio de la refriega, pueda ocurrir que sea humillado por la votación de Lagos e incluso superado por un precandidato comunista montado sobre una farmacia popular. Entonces recién entenderá que su precandidatura solo era una fase maníaca de un cuadro clínico que su partido arrastra hace tiempo y que tuvo en la precandidatura del mismísimo Orrego su fase depresiva.

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