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Los hundidos y los salvados

por Mario Prades 31 enero, 2018

Señor Director:

El pasado 27 de enero se celebró el Día Internacional de Conmemoración Anual de las Víctimas del Holocausto. La fecha conmemora la llegada de las tropas soviéticas al campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, hace ya 73 años. A partir de ese momento, las cámaras de gas y los crematorios se impondrían como una de las realidades más macabras del siglo XX. ¿Cómo pudo desarrollarse, en el corazón de la Europa más culta y cosmopolita, semejante maquinaria de opresión, aniquilamiento y genocidio?
Por desgracia, el Holocausto no es un caso único de genocidio a lo largo del pasado siglo. Sin embargo, como recuerda Primo Levi, la excepcionalidad del caso alemán reside en su magnitud y calidad: “nunca han sido extinguidas tantas vidas humanas en tan poco tiempo ni con una combinación tan lúcida de ingenio tecnológico, fanatismo y crueldad”.

Un aspecto clave que explica esta capacidad de destrucción reside, sin duda, en “la zona gris”, que Levi describe en su obra Los hundidos y los salvados --última parte de una fundamental trilogía sobre su experiencia en el campo de concentración de Auschwitz--. Para él, la división en víctimas y verdugos, inocentes y culpables, buenos y malos, constituye una simplificación que no hace justicia a una realidad mucho más compleja. Entre ambos frentes existió una extensa zona gris de indefinición moral, habitada, por ejemplo, por los prisioneros que obtuvieron beneficios ayudando a los oficiales nazis; por los patriarcas de los guetos, obedientes subordinados de los jerarcas alemanes; o, en un caso extremo, por los miembros de los sonderkommando, en su mayoría judíos reclutados para revisar los cadáveres en busca de objetos de valor y llevarlos, luego, a los hornos crematorios.

Sería presuntuoso juzgar moralmente a estas personas sin tener siquiera una pequeña noción de los tormentos por los que pasaron. Levi no lo hace, su intención es otra: “proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana”. Es así como muestra la capacidad del sistema de exterminio nazi para degradar a sus víctimas no solo física, sino también moralmente: para quitarles su dignidad. Los mismos supervivientes se sintieron, en muchos casos, avergonzados de salir con vida de un lugar que había aniquilado a personas que creían más merecedoras de la supervivencia. El mismo Levi da muestra de ello cuando recuerda la liberación como un momento de culpabilidad: por el envilecimiento en el que le sumieron, por no haber hecho algo más por sus compañeros, contra una realidad infernal y despiadada.

Resulta necesario recordar a las víctimas, conmemorarlas y hacerles justicia. Por eso, como el mismo Levi admite, son importantes las ceremonias, las banderas y los monumentos que las identifican sin ambivalencias y permiten comprender todo el dolor que padecieron. Pero las conmemoraciones no pueden hacernos a olvidar la pregunta que nos lanza el sistema de los campos de concentración, una interrogación que se dibuja sobre el fondo oscuro del alma humana y que nos interpela a todos.

Las visitas a memoriales, a antiguos campos de concentración, las ceremonias, los días de recuerdo, de nada sirven si, reducidos a turistas de las emociones y el horror, no nos llevan a reflexionar sobre aquello de lo que el ser humano es capaz. Si no nos mantienen, así, atentos frente uno de los mayores temores de Primo Levi: la posibilidad de la repetición.

Dr. Mario Prades
Académico Licenciatura en Historia
Universidad Andrés Bello

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