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Así es la lucha contra la obesidad infantil en el mundo desarrollado

La estrategia contra la comida chatarra que han seguido los países OCDE

por 15 abril 2011

La estrategia contra la comida chatarra que han seguido los países OCDE
No hay dudas. Los niños gordos se concentran en los colegios y en todo el planeta la obesidad avanza como un manto negro. Mientras en Chile no existe un plan coordinado que se enfrente al mal como una epidemia, en otros países asociados a la OCDE el aprendizaje va sumando logros. Eso sí, esto es con paciencia y en algunos casos requiere cambios radicales. Esta semana el asunto cobró fuerza con el llamado proyecto de ley del “Súper 8”, que encontró fuertes resistencias de la industria alimenticia local.

El menú del lunes está escrito: cerdo. Martes: papas a la cacerola. El miércoles hay pollo. El jueves y el viernes el día contempla sopa de carne y tofu. Todos los platos van acompañados de verduras. El menú es conocido por los padres y profesores.

De esta forma, Finlandia –uno de los países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE)–, asegura que la grasa que consumen los niños en el colegio no los convierta en obesos y que lo que ingieren no se transforme en un problema sanitario. Los alumnos –casi la totalidad pertenece a establecimientos públicos– reciben un menú similar de almuerzo y también snacks desde 1948. Los menores pasan entre 4 y 6 horas en sus escuelas.

“En los años ’80, 7% de los niños entre 5-15 años tenían sobrepeso y 2,5 % eran obesos. 20 años más tarde, 15 % tienen sobrepeso y 5 % son obesos”, comenta Tytti Pylkkö, agregada administrativa de la embajada de Finlandia en Chile. A pesar que los números van creciendo –una tendencia mundial que no puede escapar de la comida chatarra y el sedentarismo– aún se mantienen dentro de lo manejable. En el Chile de los ’80 las cifras se parecían a las de Finlandia: el 3% de los pequeños de 6 años eran obesos; sin embargo, actualmente esta cifra se empina en 23%.

En ese país nórdico se puso freno a tiempo. Las fuerzas se dirigieron a eliminar las grasas, pero también la sal: hace más de una década se disminuye gradualmente en un 5% cada año el sodio en los alimentos. Han hecho cambios legislativos que han permitido disminuir en tres décadas, en un 80% la mortalidad por enfermedades cardiovasculares. Esto se hizo gracias a una restrictiva legislación con el tabaco, pero también con la presión general de ciudadanos y políticos. Una presión que cayó sobre los supermercados, que fueron abriendo sus góndolas a la comida sana; y sobre la industria alimentaria, que comenzó a elaborar comida con menos grasa.

“En los colegios no existen kioskos y rara vez hay máquinas, aunque cada escuela puede ver si las permite. También cada una regula el horario de venta y pueden hasta prohibir que los niños traigan golosinas desde sus casas”, cuenta Pylkkö.

A pesar que las hamburguesas y los salados snacks empujan también a Finlandia hacia la obesidad, las cifras alcanzadas por ese país, con la crucial ayuda del Estado, son impresionantes. La expectativa de vida creció en 10 años.

Una guerra de peso

Los expertos se centran en la infancia porque es la proyección de cualquier sociedad, de sus enfermedades y costos asociados. Si hace cuatro décadas los niños se morían desnutridos, hoy el fantasma es la mala nutrición. Hace cuatro semanas, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó sobre el aumento de los niños con sobrepeso. Este año hay 43 millones de menores con este problema en el planeta, de los cuales 35 millones viven en países en desarrollo. Por ello, Francesco Branca, director de la OMS en Salud y Desarrollo pidió coordinación entre los gobiernos y la industria alimentaria, una alianza clave.

Una medida mucho más drástica adoptó la ministra de Educación inglesa, Ruth Kelly, quien impulsó que las máquinas se eliminaran a partir de septiembre de 2006. La idea era borrar del recreo máquinas de chocolates, bebidas, maní salado y salchichas, y reemplazarlos por comida saludable.

En Chile, según el ex director Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), Fernando Vio, el colegio y universidades como espacios para establecer estrategias restrictivas son cruciales. Tanto, que él no tiene nada que restar al proyecto que se ha planteado. “Está todo bien planteado. Es lo mínimo que se puede pedir para enfrentar un problema de esta envergadura. Está bien que no se vendan productos altos en grasas ni en los colegios ni en las universidades. Que se puede esperar de los estudiantes universitarios como dirigentes o padres en el futuro si se alimentan pésimo”, dice. Por eso, apunta a que el proyecto por sí sólo no sirve si no existe una política coordinada que incluya a los ministerios de Salud, Educación, Agricultura y Economía.

Vio da un ejemplo sólo para entender la gravedad del problema: “El año 2003 había 6,3% de diabéticos en Chile. Eso subió a un 9,4% el año 2009. Lo más probable es que haya un 12% el 2015. Esas cifras son reales, las vamos a alcanzar y es un tremendo problema sanitario”.

Vio no tiene problemas en cerrar la puerta en la cara a la grasosa industria alimentaria que se apoderó de los patios de los colegios.

Lo mismo, pero a miles de kilómetros de distancia, pensó Jamie Oliver. El reconocido chef –dueño de una exitosa cadena de restaurantes–, comenzó el año 2005 una campaña en Inglaterra para terminar con la obesidad infantil y la comida chatarra en los comedores escolares. Su brazo armado fue su programa de televisión: “Jamie´s School Dinners”. De esta manera recorrió las escuelas públicas y reeducó a estudiantes y cocineras respecto a la alimentación. También presionó al gobierno de Tony Blair para mejorar la calidad de lo que los niños tenían en su plato: ¿el resultado? US$ 510 millones extra para mejorar la comida escolar.

En Reino Unido, la proyección el drama sanitario tenía que movilizar a todos. Las cifras decían que entre los menores de once años, la obesidad había crecido de un 9,6% en 1995 a un 13,7% en 2003.

Otras experiencias

El año 2004, Dinamarca fue el primer país en promulgar una ley que reguló la cantidad de grasas trans en los alimentos: menos de 2%. Estas son grasas hidrogenadas que contienen alimentos como las margarinas, comidas rápidas y alimentos procesados. En ese país existe un plan que incentiva la actividad física y subsidia los alimentos con bajos contenidos de grasa.

Finlandia

En las escuela de Finlandia desde 1948 un menú permite mantener controlado el peso de los menores en edad escolar.

En Holanda, las estrategias gubernamentales contemplan modificaciones en los productos que se consume en las escuelas. Por ejemplo, poner un tope a la cantidad de dulces y bebidas que expenden las máquinas en los colegios.

Una medida mucho más drástica adoptó la ministra de Educación inglesa, Ruth Kelly, quien impulsó que las máquinas se eliminaran a partir de septiembre de 2006. La idea era borrar del recreo máquinas de chocolates, bebidas, maní salado y salchichas, y reemplazarlos por comida saludable.

El año 2000 en Chicago, Los Ángeles y Nueva Jersey  se apuntó incluso a la leche entera y se eliminó de la dieta de los menores en edad escolar.

En Australia existen las escuelas de comida saludable. Este programa ya se ha implementado en 120 escuelas del estado de Victoria. Está a cargo de nutricionistas y expertos en promoción de salud escolar. El comedor busca alentar a los niños a escoger alimentos sanos. A los pequeños se les entrega incluso conocimientos sobre nutrición en la sala de clases.

Europa y los países desarrollados llevan la delantera por lo menos en una década al combate de la obesidad infantil. Y todas apuntan no sólo a hábitos, sino a que la industria se deshaga de la forma tradicional de crear lo que niños y grandes consumen. Según Ricardo Uauy, doctor en Nutrición del MIT, el proyecto que busca regular la publicidad y eliminar los alimentos grasos del alcance de los niños en Chile, busca un objetivo: “Es un instrumento para que se avance y se dé una base. De alguna manera pone tareas a las instancias públicas y sirve para no tener que estar convenciendo a la gente y para tomar acciones. Es un incentivo para reformular los alimentos”.

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