Martes, 30 de agosto de 2016Actualizado a las 10:04

Radiografía de ficción del autor Cristián Geisse Navarro

Ricardo Nixon School: la cruda burla a la educación subvencionada chilena

por 14 marzo 2016

Ricardo Nixon School: la cruda burla a la educación subvencionada chilena
A través de la historia de un frustrado licenciado en letras que por motivos económicos acaba como profesor de lenguaje un colegio de mala muerte, el escritor Cristian Geisse retrata, con un tono ácido y burlón, la mediocre realidad de la educación subvencionada chilena, ideada más para cobrar que para enseñar. “Ricardo Nixon school” es una potente crítica al sistema escolar y un retrato de la cotidianeidad –sin nada de idealizaciones– de aquellos colegios que cumplen con lo mínimo, funcionan a duras penas, aspiran a muy poco y echan alumnos a montones.

El escritor chileno Cristian Geisse Navarro ha escogido una temática muy contingente para su sexto libro publicado: la educación. Pero no aborda el asunto desde una crítica clásica, sino que yéndose por el camino de la crudeza total de la mediocridad cotidiana. Ricardo Nixon School es una novela corta que ya desde su título comienza riéndose del arribismo y la mercantilizacion de la educación particular subvencionada.

El libro empieza contando cómo Navarro, un licenciado en Letras –igual que el autor– y estudiante de magíster que aspiraba a ser editor, escritor o cineasta, es consumido por los problemas económicos y acaba solicitando trabajo como profesor de lenguaje, graficando una situación común en el mundo de la docencia: profesores sin vocación, que incluso ni siquiera obtuvieron la pedagogía, pero que acaban enseñando como medida desesperada para paliar sus forados financieros.

Navarro acaba en un colegio de pésima reputación, con un nombre que adrede es ridículo y siútico, el Ricardo Nixon School. “El Ricardo Nixon School quedaba en Viña del Mar. Era puro nombre, porque el establecimiento era bien roñoso: una casa de dos pisos con un patio trasero de cuatro por cuatro, rodeado por dos mediaguas que servían de salas. Tenía mala fama. Allí llegaba lo que botaban de otros colegios. Y me parece que eso último incluía también al cuerpo docente”.

Luego va contando las irregularidades y trampas aplicadas por la institución, y que son pan de cada día en el sistema. “Se aplicaba un decreto educacional inventado para la enseñanza de adultos, pero que acá, con las coimas correspondientes, se aplicaba a jóvenes menores de dieciocho años. Así es que los alumnos no tenían ni Educación Musical, ni Arte, ni Tecnología, ni ninguna de esas pajas que exigen en la educación tradicional. Tampoco había ramos electivos, así es que solo debía hacerse un mínimo requerido para sacar el cuarto medio, fingiendo que se iba a un colegio de verdad”.

El texto se va moviendo por un ambiente de marginalidad e intenta reflejar un contexto decadente y depresivo. Algo no muy alejado de la realidad que efectivamente viven miles de profesores y alumnos de colegios fundados más para facturar que para educar. “La sala era pequeña y estaba hasta los topes con la fauna colegial más extraña que había visto hasta entonces. Frente a mí tenía a una treintena de estrambóticos y amenazantes seres que me miraban fijo, o con indiferencia, o bien, no miraban, ni a mí ni a nada. Y qué pintas, compañero. Había uno con los pelos parados para todos lados, la cara llena de espinillas y una chaqueta de esas con puntas de fierros”.

Sin perder el tono irreverente, el autor se toma el tiempo de explicar al lector la génesis misma del sistema en el que el personaje principal se ve inmerso. “Me recibió una vieja coja, gorda, medio gangosa, con un ojo más grande que el otro. 'Sígame', me dijo, y entramos a la casona. Llegamos hasta una oficina y ella se sentó detrás de un escritorio. Era la sostenedora. O sea, era la que se había puesto con los morlacos para empezar con la empresa. Por aquel entonces, y gracias a Pinochet, la educación podía convertirse en un buen negocio y cualquiera que tuviera un capital inicial suficiente podía empezar una empresa educativa”.

Tras conocer a la sostenedora, Navarro es llevado donde Alfredo, el director, y el inspector Carlos, quienes le dan un par de consejos antes de iniciarse en su nuevo puesto. “–La primera indicación es que no tienes que hacerle el menor caso a la gorda esa –lanzó Carlos a bocajarro, después de echar una mirada precautoria por la ventana”.

Y es que la sostenedora del Ricardo Nixon es el vivo reflejo de una realidad muy común en Chile, la de sostenedores que no tienen la más remota idea ni el más mínimo interés por la educación. “Acá a los que tienes que escuchar es a nosotros –dijo Alfredo–. La gorda apenas tiene Octavo Básico, pero es la de la plata”. No es nuevo en nuestro país que existan sostenedores de escuelas y liceos que nada tienen que ver con la enseñanza, y que tampoco cuentan con siquiera un poco de formación pedagógica. Al final lo importante es poner la plata.

El texto se va moviendo por un ambiente de marginalidad e intenta reflejar un contexto decadente y depresivo. Algo no muy alejado de la realidad que efectivamente viven miles de profesores y alumnos de colegios fundados más para facturar que para educar. “La sala era pequeña y estaba hasta los topes con la fauna colegial más extraña que había visto hasta entonces. Frente a mí tenía a una treintena de estrambóticos y amenazantes seres que me miraban fijo, o con indiferencia, o bien, no miraban, ni a mí ni a nada. Y qué pintas, compañero. Había uno con los pelos parados para todos lados, la cara llena de espinillas y una chaqueta de esas con puntas de fierros. Pero eso no era lo más cuático: el muchacho usaba unos lentes de contacto blancos tipo Marilyn Manson. Y como él había otros. Por allá un punk con mohicano que parecía escobillón viejo; mas allá un metalero, chascón y de ojos pintados, con más hoyos que jeans. Y sus respectivas pandillas diseminadas por la sala. Por el fondo uno flaco, como consumido por el sida, o la paja, no sé bien”.

Al ir leyendo Ricardo Nixon School se podría pensar que está lleno de prejuicios, exageraciones, tópicos, y licencias del autor, pero hay trazos para pensar que es un libro realista y quizá es eso lo más penoso y trágico de la obra. Pensar que a lo largo de Chile no existen los Ricardo Nixon School, unidades escolares –no da para “comunidades”– sumidas en la desesperanza, la apatía y la disfuncionalidad, sería creerse una ficción demasiado cándida.

Un ambiente de estrés que, tal como grafica el autor, hace imposible cualquier aprendizaje y convierte la vida del docente –y de los alumnos– en un infierno: “Y se juega constantemente un tira y afloja, donde el muchacho es insolente, contestador, aniñado, prepotente. Y donde el triste profesor es un pobre mártir que ya no puede pasar la goma por la chuleta, o pegar cachetadas, tizazos o patadas; todo por esto de la sicología actual. Y bueno, la verdad está bien que así sea. Las cosas se arreglan mal a patadas. Pero qué ganas dan a veces de mandarle un charchazo a uno, de darle vuelta la cara de una cachetada y agarrarse con el imbécil del moño en medio de la clase como un igual”.

Ricardo Nixon School es una burla frontal a eso que durante años fue la joyita del sistema educacional chileno: los colegios particulares subvencionados, establecimientos privados al alcance de los pobres gracias a subsidios estatales dados a sus dueños. Colegios que en su momento fueron presentados como la salvación para esas familias que no tenían dinero para enviar a sus hijos a los prestigiosos privados, pero que tampoco querían entregarlos al abandonado sistema público. Sin embargo, Geisse nos muestra que el estigma que se asignaba a la educación municipal también logra abarcar a la subvencionada cuando se hacen mal las cosas.

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