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Todo está en frente nuestro

por 30 octubre, 2019

Todo está en frente nuestro

Crédito: Agencia Uno

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Ya se ha dicho hasta el cansancio que la crisis chilena no se venía venir, ninguna persona experta podía prever que el llamado de un grupo de niñas, niños y adolescentes a “evadir” el pago del pasaje del metro -como una forma de protesta por su alza- iba a llevarnos a esto, a algo que todavía no sabemos muy bien qué es, porque aún tiene múltiples lecturas e interpretaciones.

Hay teorías de la conspiración que lanzan hipótesis respecto a que esta crisis fue planificada y financiada por grupos de ultraizquierda (comandados por China, Rusia, Cuba o Venezuela) o grupos de ultraderecha (Estados Unidos, Brasil). Otras voces dicen que esta generación millenial encendió la mecha de algo que venía fraguándose hacía años en lo más profundo de nuestra sociedad: una mezcla de malestar, injusticia, dolor, rabia, indignación por la desigualdad, aunque tuviéramos acceso al crédito y al consumo, había una herida que seguía sangrando y no cicatrizaba, por más bonos y celulares que tuviéramos.

Algunos intelectuales de nuestro país dicen que solo se trata de un puñado de millenials o centenialls rebeldes y desobedientes, una generación egocéntrica, narcisista, irresponsable y exigente que nació en democracia, creció con las marchas estudiantiles, oyendo a diario el discurso de los derechos y que le perdió el miedo a toda autoridad; incluso a los militares (lo que no ha impedido que igual hayan matado a personas chilenas e inmigrantes y que hayan vulnerado sus derechos cuando son detenidos).

Este grupo de niñas, niños y adolescentes empezaron a jugar a ser héroes, anarquistas o terroristas, tal como lo habían visto en los videojuegos, películas de Hollywood o series de Netflix, lo cierto es que vestidos con sus uniformes escolares nos hicieron despertar. Una niñez y adolescencia que no tiene derecho a voto, pero sí responsabilidad penal y, quizás (porque se discute una ley en el Congreso) toque de queda por edad…

Dicen otros intelectuales que estas protestas (como las marchas, los cacerolazos o inclusos los saqueos) son prácticas confusas de interpretar, porque representan a una masa de personas no organizadas, sin líderezas identificadas, es inorgánica, no tienen un petitorio claro, conocido y único, no se sabe bien contra qué se protesta: el sistema económico, la clase política, Piñera, una nueva Constitución, por obtener una tajada más grande de esta torta o todas las anteriores.

¿Estamos frente a una simple revuelta popular, catarsis colectiva o será una revolución que nos hará forjar un nuevo contrato social (que siempre es sexual) en esta comunidad imaginada llamada Chile?

No lo vimos venir porque las señales eran pequeños detalles y como suele suceder en estos tiempos, apurados y cansados, nadie se fija en los detalles. Claro, sabíamos que más de la mitad de las niñas y los niños en Chile sufría algún tipo de maltrato intrafamiliar, según cifras de la UNICEF, pero la mortalidad infantil había bajado; también conocíamos el caso de niñas y niños de clases altas que desde los ¡tres años! tenían que asistir a clases de reforzamiento (tipo preuniversitario) por las tardes para entrenarse y así aprobar las pruebas de selección de ciertos colegios para obtener una educación privada de calidad, porque la educación pública agoniza hace años. Ciertamente, nos dolía ver que no podían respirar las niñas y los niños de Quintero y otras tantas “zonas de sacrifio” donde las empresas mineras o forestales producían, contaminaban y exportaban para mantener a Chile en los mejores ránkings económicos internacionales.

También nos entristecía ver que las niñas y los niños inmigrantes sufrían de bullying en las escuelas o que las niñas y los niños chilenos más vulnerabilizados se murieran en los centros paupérrimos del SENAME, que casi parecían cárceles. También veíamos los rostros cansados de las madres trabajadoras de los malls o del retail, ganando menos que sus pares varones, viajando dos horas de ida y dos hora de vuelta en un sistema de transporte público malo y caro, donde a veces sufrían punteos o toqueteos (abusos sexuales). Veíamos que a las mujeres –incluso embarazadas- las mataban los maridos, los pololos, los ex o los amantes y algunos hombres anónimos se sentían con el derecho de matar a las lesbianas y nadie decía nada.

Es evidente que la mayoría de las demandas de esta revuelta aluden a la posibilidad de crear un verdadero Estado de Bienestar feminista en Chile, que promueva una sociedad justa, en el amplio sentido de ese concepto. 

También las estadísticas mostraban que a las mujeres técnicas y profesionales no les alcanzaba el sueldo para llegar a fin de mes y cada vez más usaban la tarjeta de crédito para comprar ¡comida en el supermercado!. También se podían observar los cuerpos explotados de las mujeres inmigrantes que limpiaban los baños, barrían las calles, vendían superocho en las esquinas o trabajaban jornadas eternas como temporeras o “nanas” (empleadas domésticas). En ocasiones, las noticias mostraban que el hospital público San José colapsaba y sabíamos que las mujeres más pobres morían esperando una hora médica para operarse. Luego, se hablaba sobre los suicidios de algunas mujeres ancianas que habían criado hijas e hijos, nietas y nietos o que habían trabajado toda una vida y a cambio recibían una pensión que no les alcanzaba para comprar sus remedios, de no más de $120.000 (165 U$, aproximadamente) de parte de una empresa multimillonaria llamada AFP.

A veces en la radio alguien decía que el 50% de la población chilena ganaba menos de $400.000 mensuales (550 U$ aproximadamente), también se comentaba que iban a subir las cuentas de agua y luz, que teníamos que pagar un medidor inteligente, la gente reclamaba por los tag y la bencina, el costo de la vida subía otra vez, tal como decía Juan Luis Guerra. Al mismo tiempo, era una burla ver que los casos de corrupción política o de las Fuerzas Armadas, la evasión de impuestos o la colusión de las grandes empresas no iban a recibir ninguna sanción con penas de cárcel, solo clases de ética y la iglesia católica se revelaba pedófila hasta en sus más nobles pastores.

Las instituciones tradicionales, diría la sociología clásica, se desmoronaban y la sociedad: las personas, quedábamos huérfanas de autoridades legítimas, a merced de nuestras pulsiones, rabias, miedos y dolores más profundos, pero también con la libertad, autonomía y responsabilidad de reflexionar y decidir sobre nosotras mismas y nuestro destino. El Chile moderno que parecía un oasis, era solo un espejismo.

Es evidente que la mayoría de las demandas de esta revuelta aluden a la posibilidad de crear un verdadero Estado de Bienestar feminista en Chile, que promueva una sociedad justa, en el amplio sentido de ese concepto. Ya veremos, siguiendo los aportes de Esping-Andersen, cómo se proveerá dicho bienestar y qué agencias (estado, mercado y sociedad-familias) serán las encargadas y qué rol jugará cada actor, según sus intereses y los grupos de poder. Chile puede dar el salto, de verdad, si quiere medirse con la vara de los países OCDE o llamados desarrollados.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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