Yo opino
Créditos: El Mostrador
La infraestructura invisible que sostiene la vida y la economía
Durante gran parte de la historia, la organización social del trabajo descansó sobre una división clara (y profundamente desigual) de los roles. Mientras los hombres participaban mayoritariamente del trabajo remunerado, las mujeres sostenían el trabajo doméstico y de cuidados: criaban a los hijos, cuidaban a las personas enfermas y mayores, administraban el hogar y hacían posible la vida cotidiana.
La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral durante la segunda mitad del siglo XX fue, sin duda, uno de los mayores avances sociales de nuestra época. Permitió mayor autonomía económica, acceso a la educación, desarrollo profesional y una redistribución del poder al interior de las familias. Era un cambio necesario y largamente esperado.
El problema no fue que las mujeres ingresaran al mercado laboral. Ese era un avance imprescindible. El problema fue asumir que podían incorporarse plenamente al empleo remunerado sin modificar la forma en que la sociedad organiza los cuidados. Cambiamos una pieza fundamental del sistema sin reconstruir el resto.
La necesidad de cuidar nunca desapareció. Las niñas y los niños siguen necesitando ser alimentados, acompañados y contenidos. Las personas mayores requieren cada vez más apoyo. Quienes viven con discapacidad o enfermedades necesitan asistencia. En una sociedad que envejece aceleradamente, esa demanda no disminuye: aumenta.
¿Cómo respondimos a este nuevo escenario? Trasladando el problema sin resolverlo.
Muchas mujeres asumieron una doble jornada, combinando empleo remunerado con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados. Los hogares con mayores ingresos externalizaron parte de esas tareas contratando trabajadoras de casa particular, niñeras o cuidadoras, frecuentemente a mujeres migrantes que dejaron a sus propias familias para cuidar las de otros. El Estado amplió servicios como salas cuna, jardines infantiles y establecimientos de larga estadía, mientras la tecnología facilitó algunas tareas domésticas y flexibilizó ciertas formas de trabajo. Los hombres también participan hoy más en las labores de cuidado, pero siguen dedicando muchas menos horas que las mujeres, brecha que aumenta en los hogares con niños pequeños.
Estas transformaciones han contribuido, pero ninguna ha alterado el problema de fondo: seguimos considerando los cuidados como una responsabilidad esencialmente privada, cuando en realidad constituyen una necesidad social de la que todos dependemos.
Nuestro sistema económico se construyó sobre ciertas premisas: que las personas son, o debieran ser, autónomas, productivas e independientes; que el trabajo más valioso es el que se remunera; y que aquello que no se transa en el mercado tiene un valor secundario. Sin embargo, esas premisas pasan por alto una realidad mucho más básica. Todos los seres humanos nacemos completamente dependientes, enfermamos, envejecemos y morimos. Ningún patrimonio, cargo o nivel de ingresos nos exime de esa condición. Vivimos, además, en una profunda red de interdependencia: nadie llega a desarrollarse por sí solo. Detrás de cada persona que estudia, trabaja, investiga, emprende o lidera una organización hubo (y sigue habiendo) personas que alimentaron, enseñaron, acompañaron y cuidaron. Los cuidados no son un asunto privado ni una actividad accesoria: son la infraestructura invisible que sostiene la vida y, con ella, toda la economía.
Esa importancia, sin embargo, apenas se refleja en la forma en que organizamos nuestra economía y nuestras instituciones. Un estudio de ComunidadMujer y el Ministerio de Hacienda estimó que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado equivale al 19,2% del PIB ampliado de Chile, convirtiéndose en el mayor sector económico del país. La mayor parte de ese aporte continúa siendo realizado por mujeres.
Esta misma lógica ayuda a entender uno de los grandes desafíos demográficos de nuestro tiempo. Solemos explicar la caída de la natalidad por cambios en las preferencias individuales. Sin embargo, también conviene preguntarse si hemos construido una sociedad donde formar una familia resulta extraordinariamente difícil. Tener hijos implica costos económicos, laborales y personales que siguen siendo asumidos principalmente por las familias, aunque toda la sociedad se beneficia de que existan nuevas generaciones.
Chile dio recientemente un paso importante al crear el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados y reconocer el derecho a cuidar, ser cuidado y al autocuidado. Es un avance relevante, pero constituye apenas un punto de partida. Sin financiamiento suficiente, servicios de apoyo de cobertura amplia, una mayor corresponsabilidad entre hombres y mujeres y organizaciones capaces de compatibilizar mejor el trabajo con la vida familiar, el peso cotidiano de los cuidados seguirá recayendo sobre los mismos hombros.
Reducir la discusión sobre los cuidados a un problema exclusivamente de género es quedarse con una parte del diagnóstico. También es una discusión sobre productividad, crecimiento económico, envejecimiento, salud mental, igualdad de oportunidades y sostenibilidad demográfica. Durante décadas nos concentramos en producir más; hoy el desafío es construir una sociedad capaz de cuidar mejor. Quizás el verdadero indicador del desarrollo no sea únicamente cuánto produce un país, sino qué tan bien cuida a las personas que hacen posible esa producción. Porque ninguna economía funciona sin personas. Y ninguna persona llega a desarrollar plenamente su vida sin haber sido cuidada por alguien.
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