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Cultura - El Mostrador

Crítica teatral: "Cordillera", la macabra cotidianeidad de los monstruos de la DINA

por 28 octubre, 2015

Crítica teatral: “Cordillera”, la macabra cotidianeidad de los monstruos de la DINA
Tal vez lo más tenebroso de la obra sea la ficcionalización de los monstruos de la DINA y la CNI como abuelos gagá, ocupándose y pensando en los dolores de huesos. Verlos así es macabro, ominoso más bien, precisamente porque nos recuerda que los demonios de la DINA no son demonios, precisamente, porque son reales y, entonces, no son una fantasía, son personas, seres humanos y lo terrorífico de ello es que aceptarlo así, supone que cualquiera, dadas ciertas circunstancias históricas, puede ser como ellos; de modo que la memoria histórica debe recordarnos que tales circunstancias, nunca deben volver a repetirse.
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Hace unas semanas atrás, comenzaba una crítica reflexionando sobre las distinciones que caben en torno al concepto de teatro político, sobre qué es o qué puede ser; la necesidad de diferenciar entre lo político y lo ideológico y cómo nos permite entender que toda obra artística es una práctica social enmarcada en sistemas culturales, formas de producción y contextos históricos. Tal vez decir “reflexionando” sea mucho, en realidad, apenas lo insinué en torno a una obra que comentaba, sin embargo, después de ver Cordillera y otras obras este fin de semana, el concepto o la posibilidad de la idea de teatro político, emerge otra vez como un asunto que requiere discusión, porque en cierto sentido, lo político siempre se cuela en el arte, pero no siempre el arte se cuela en lo político.

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Cordillera es la ficción de lo que sucede en el “penal” Cordillera, antes de que los militares (r) y agentes de seguridad (entendiendo de un modo muy inverosímil el concepto de seguridad) sean trasladados al otro “penal”, el de Punta Peuco.

Así, vemos las horas antes de este traslado, del que, además, los protagonistas no tienen información, observamos la cotidianidad en las vidas de aquellos a quienes los cotidiano podría estarles vedado, por su lugar en la historia, por sus acciones sobre el pueblo de Chile, por su sitial político y humano.

Tal vez, justamente eso sea lo más macabro de la obra, como permite que lo cotidiano, lo normal y lo humano se exponga en esos seres.

El texto de Felipe Carmona, articula de manera sutil e inteligente, a través de diálogos casuales, dotados de un cierto sentido de lo pedestre, alejados de lo dramático u operático a los personajes; de hecho, en términos generales, las líneas del parlamento de la obra se asientan en un formato realista, así las palabras que salen de estos personajes se relacionan con dolores de cabeza o estómago, con recuerdos de películas viejas y medicamentos que todos, dada su edad, deben tomar.

Y tal vez esto, sea lo más tenebroso del texto y el montaje, la ficcionalización de los monstruos de la DINA y la CNI como abuelos gagá, ocupándose y pensando en los dolores de huesos, obsesionados con las cosas que se les pierden y no comportándose como los demonios horrorosos que podríamos imaginar.

Verlos así es macabro, ominoso más bien, en el sentido freudiano, precisamente porque el ver a Manuel Contreras (Hugo Medina), Miguel Krassnoff (Héctor Noguera), Marcelo Moren Britto (Jaime Vadell) y Odlanier Mena (Luis Alarcón) convertidos en seres humanos reales, con las mismas miserias de cualquier abuelo mañoso, nos recuerda que los demonios de la DINA no son demonios, precisamente, porque son reales y, entonces, no son una fantasía, son personas, seres humanos y lo terrorífico de ello es que aceptarlo así, supone que cualquiera o al menos muchas personas, dadas ciertas circunstancias históricas, puede ser como ellos; de modo que la memoria histórica debe recordarnos que tales circunstancias, nunca deben volver a repetirse.

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La dramaturgia de Felipe Carmona funciona de manera realista, sencilla y precisa, los textos se coordinan con un ritmo que es lo mismo eficaz que atrapante; eficaz porque permite a los personajes irse desarrollando a través de su propio discurso, sin tomar un partido prejuicioso en su presentación, atrapante porque con una mirada morbosa, no podemos apartar ni ojos ni oídos de aquellos ex - militares en su vagarosa realidad cotidiana del encierro y juicio legal (pobre, injusto, vergonzoso para el Estado que no supo hacer justicia) en el que se encuentran.

Además, la dramaturgia posee aun otro valor que suele ser muy difícil de lograr, algo que puede ser muy nefasto en un texto o (bien logrado) brillante y en este texto se da del segundo modo: el conflicto casi no existe. Digamos, el conflicto tradicional (que por cierto defiendo y me gusta), de dos fuerzas que colisionan a tal punto en que la única posible resolución, definitiva o temporal, es la imposición de una de esas fuerzas por sobre la otra, en esta obra, no aparece, no está. Hay conflicto(s), pero no expuestos de ese modo y cuando algo como eso está bien hecho, estamos frente a un texto inteligentemente constituido, como es el caso.

La dirección del propio Carmona en conjunto con Francisca Maldonado, sigue la misma lógica, disponiendo los elementos escénicos de tal modo que los personajes son el centro fundamental de atención a través de su pasar en escena, con esto me refiero a que los directores dejan tiempo y espacio a que cada uno de los roles que llevan a cabo los actores, manifiesten su presencia, su sentido de existencia, la lógica interna que los moviliza y la ideología que subyace en su comportamiento (o si se prefiere al revés, en cualquier caso, no parece posible separar los ejes ideología, comportamiento, existencia) y, en este sentido, cada uno de ellos es un elemento fundamental del todo, en un sentido casi aristotélico (aunque el griego lo dice refiriéndose a otra cosa) cada una de las partes de este círculo es necesaria, sin poder moverse o desaparecer a riesgo de desarmar el todo.

No hay grandes efectos ni pirotecnias en este montaje, desde la dirección se ha optado, de manera sensata, por dejar que el peso de las actuaciones y del texto mismo, construyan el mundo representado y den espacio a la relación montaje/público. Por lo demás –en otro acierto absoluto- la obra no es edificante ideológicamente, ni siquiera evidencia de manera obvia su punto de vista, por el contrario, presenta hablas, acciones, hechos y desliza su posición de modo sutil, sin imponerla.

Las actuaciones, por su parte, son una lección.

Suele ser un lugar común en el teatro decir que los actores mayores son buenos, “ese actor tiene carrete”, “el viejo es bueno”, “El viejo es mañoso, pero seco” se suele escuchar entre las personas de teatro que, a menudo, no tienen una opinión propia, sino que siguen los dictados de la moda, cual señora que va a la peluquería, pero de una moda más sofisticada, más ondera si se quiere, una moda artística, cool… pero moda al fin, con todos adjetivos que eso puede incluir.

En realidad, no creo que la vejez sobre las tablas sea condición de actuar bien o mal, he visto actrices y actores mayores muy malos y muy buenos, tal como he visto actrices y actores jóvenes de las mismas especies. El hecho, eso sí, es que cuando actrices y actores son buenos y llevan años de oficio, eso puede llegar a ser un gran trabajo, como es este caso. Además, resulta agradable ver a actores sobre los sesenta años en pleno trabajo, porque en un medio dominado por la efebocracia, gente mayor parece una excepción, a mi gusto, acertada.

Jaime Vadell, como Marcelo Moren Britto, es una de las mejores actuaciones que he visto, precisamente por la insignificancia del personaje que construye, ocupado de tonterías, nervioso de cosas sin importancia, con un sentido del humor fuera de lugar, la naturalidad con la que dota al torturador es brillante, porque, como ya he dicho, acerca al “monstruo” a lo que en verdad es: un ser humano real, de carne y hueso, que puede ser cualquier hijo de vecino.

Héctor Noguera es un actor que en esta obra pasa por varios estados. Desde un viejo lleno de manías, cascarrabias tal vez, llega a ser un militar sádico, perverso, brutal que nunca deja de ejercer el poder, así, nos entrega un Krassnoff tan terrorífico como el verdadero, un ser que al mismo tiempo sonríe en una máscara de humanidad pero que asesina y tortura desde una distancia psicopática. Vale la pena, además, tener en cuenta que no siendo uno de los ejes centrales de la situación, su personaje es quien más expone la verdad de los ex agentes de seguridad.

Odlanier Mena es representado por Luis Alarcón. Es un personaje más interno, con un conflicto que carga en su mente y (si es que tenía) corazón. Cierta distancia culpógena y un miedo al juicio social, humano y moral, lo movilizan. El personaje está dotado de humanidad y se ve en él este conflicto interno lo suficientemente bien representado como para que nos toque, sin ser evidente, gratuito. En lo personal, veo que hay en ello una propuesta dramatúrgica y de dirección, pero tengo serias dudas de que haya sido esto, precisamente, lo que movilizó a Mena a suicidarse.

Finalmente, Hugo Medina personifica al inefable Mamo Contreras. Digo inefable justipreciando al personaje, porque, después de todo, quién puede explicar verdaderamente su comportamiento, sus dichos, su modo de relacionarse con el Estado chileno, con la justicia, incluso, bien mirado, quién puede explicar su relación con el ejército. Creo que nadie y, si existe una persona que puede hacerlo a cabalidad, es alguien que yo no quiero en Chile.

Medina desarrolla un Mamo Contreras de una sola pieza, lo organiza tan brutal y directo como fue el verdadero en vida, con una cierta vulgaridad que lo caracterizaba y con la misma frustración y rabia que mostró siempre al no ser reconocido como el héroe que se pretendía. Al mismo tiempo (y esto es una exquisita sutileza) expone la perplejidad del personaje frente a un mundo que ha cambiado, que ya no lo apoya, no lo quiere, un mundo en el que ya no es el ser todo poderoso y más allá del bien y mal que solía ser, esta perplejidad es, seguramente, lo que le quitó el sueño por las noches y no la culpa.

Todos ellos, están acompañados por el gendarme que los cuida y dos enfermeros que los asisten.

Jordan Barra, como el gendarme hace un muy buen trabajo. Primero, no es fácil trabajar con actores tan buenos y plenos de oficio, aún así, Barra sostiene los diálogos, llena sus espacios con un personaje que es la mezcla precisa de ingenuidad, de sentido plano y ciego del deber, joven, sin reflexión histórica y pragmático, es el modelo del estamento C2 o C3 que construyó la dictadura y la derecha en este país.

Los enfermeros, en cambio, actuados por Sabah Dababneh y Marcos Araya, tienen otro cariz. Ambos personajes no se sienten cómodos en la situación, pero se ven obligados a hacer su trabajo: por deber, por dinero, por decencia, son en cierto sentido, la demostración de lo que muchos ciudadanos son, se asquean de los torturadores, se incomodan de su brutalidad y de su sentido enfermo del poder, pero son capaces de tener la humanidad y el sentido de ciudadanía que esos torturadores no fueron capaces de desarrollar por sus semejantes, puesto que eran, al fin y al cabo, sociópatas.

El diseño, funcional a la obra, es sencillo y bien ejecutado, aparte de alguna “fatiga de material” que se observó en la función que pude ver, la escenografía, los vestuarios y la organización del espacio construyen un sentido de miseria y perennidad que escenifica bien la pobreza de la vida de aquellos seres, a pesar de las comodidades. Las diseñadoras Josefina Cifuentes y Natalia Morales hacen un trabajo preciso, competente y con detalles de gran acierto, por ejemplo, la reproducción del cuadro La Pesadilla de Füssli, como modo comunicativo en torno a la atmósfera de los personajes. Esto se acompaña de una correcta ejecución del diseño sonoro, los sonidos, música y elementos auditivos en general, a cargo de Francisco Campos, acompañan las acciones, integran una atmósfera al total y se suman a los procesos de los personajes.

Cordillera es una obra que concentra competencia, inteligencia y oficio, una obra que vuelve sobre un tema que trasciende épocas y que toca, de manera profunda, nuestro sentido de ciudadanía.

Cordillera” Se presenta de miércoles a sábado hasta el 31 de octubre, a las 21:00 horas, en la Sala de Teatro de la Universidad Mayor, ubicada en Santo Domingo 711, Santiago.  El valor de las entradas es de $ 6.000 General y $3.000 Estudiantes y Tercera edad. 223281867

 

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