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Maldad líquida: “El mal se mueve entre nosotros disfrazado de una presunta ausencia de alternativas”

por 21 abril, 2019

Maldad líquida: “El mal se mueve entre nosotros disfrazado de una presunta ausencia  de alternativas”

Crédito: M. Oliva Soto

Bauman y Donskis, en "Maldad líquida", trazan un mapa exploratorio sobre las formas que adopta el mal en la sociedad actual. ¿Cómo impactan las nuevas tecnologías en nuestras conductas? ¿Cómo se da este mecanismo de desentendimiento ante la crisis soberana que provoca fatalidad y determinismo, y que nos envuelve en un cotidiano de consumo desmedido disfrazado de libre elección? ¿Por qué pese a la profunda desigualdad no generamos un cambio estructural? Son algunas de las complejas preguntas que abordan los autores.
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“Maldad líquida”, es el título del libro que registra la última conversación entre el pensador de la líquidez, Zigmunt Bauman (ZB) y el teórico político, Leonidas Donskis (LD), publicación que corresponde a un trabajo inédito en español, traducido por Albino Santos Mosquera y publicado en febrero 2019 por la Editorial Paidós del Grupo Planeta.

El objeto de este texto -que es la continuación de “Ceguera moral”-  es esbozar las formas y mecanismos que tiene el mal como tal, sobre todo en esta sociedad en constante conversión. Parafraseando a los autores, es una especie de cartografía que intenta trazar un mapa de exploración sobre el mal que recorre nuestra sociedad, disfrazado de ausencia de alternativas (también llamado doctrina TINA por sus siglas en inglés there is no alternative).

¿Cómo impactan las nuevas tecnologías en nuestras conductas? ¿Cómo se da este mecanismo de desentendimiento ante la crisis soberana que provoca fatalidad y determinismo y que nos envuelve en un cotidiano de consumo desmedido disfrazado de libre elección? ¿Por qué pese a la profunda desigualdad no generamos un cambio estructural? Son algunas de las complejas preguntas que abordan los autores.

Bauman acuñó el concepto de modernidad líquida para referirse a los nuevos modos de cómo nos relacionamos en un escenario de conectividad global. Ante este cambio de paradigma, lo colectivo de antaño, que requería compromiso y constancia, se traduce hoy en la conectividad al alcance de un botón activo/desactivo y el sentido de pertenencia a una comunidad, en el mundo tecnocratizado es más bien un estar en red. Estos nuevos modos de ser en el mundo  tienen como característica la líquidez, el movimiento, la inconstancia, la fluctuación y la duda.

En este ambiente generalizado de miedo y fatalismo, surge el convencimiento de que no hay alternativas a la lógica política contemporánea, ni a la tiranía de la economía, ni a las actitudes hacia la ciencia y la tecnología, ni hacía la relación entre la naturaleza y la humanidad (…) el mal se mueve entre nosotros disfrazado de una presunta ausencia de alternativas

Vivimos sobre una incertidumbre controlada por una gama de posibilidades determinada por un sistema de mercado desregulado y una sociedad neoliberal que permea nuestra propia subjetividad, provocando cansancio, determinismo y fatalidad.  Al respecto LD comenta que “en este ambiente generalizado de miedo y fatalismo, surge el convencimiento de que no hay alternativas a la lógica política contemporánea, ni a la tiranía de la economía, ni a las actitudes hacia la ciencia y la tecnología, ni hacía la relación entre la naturaleza y la humanidad (…) el mal se mueve entre nosotros disfrazado de una presunta ausencia  de alternativas”.

Esta presunta ausencia de alternativas se presenta como la fatalidad de la época en la que nos encontramos y tiene como mecanismo general el desentendimiento de quienes nos gobiernan, tanto a nivel estatal como de mercado. Opera así un dispositivo que visibiliza el fenómeno de un abismo entre el poder y la política, generando una especie de patología conformista en todos los niveles de lo social: no hay nada que hacer, así es el sistema. Y a nivel particular ocurre que el individuo/a pareciera tener la condena y la responsabilidad de hacerse cargo de vivir una vida “lo más feliz posible” según este mandato superior que te indica qué es la felicidad, pues “las alternativas no están permitidas. La privatización de la utopía significa la instauración de una nueva condición general, en la que ninguna sociedad se considera  buena y justa: solo las vidas de los individuos pueden tener éxito en ese sentido”, señala Donskis.

Ante este statu quo, el político teórico considera que existe una cierta tiranía de la superficialidad, sobre todo en el ámbito académico, al que se refiere como la nueva iglesia de nuestros días, “palabras huecas, retórica vacía, y juegos y más juegos de estrategia representan la forma prototípica de esta especie de tiranía de la superficialidad que la universidad posacadémica encarna como nadie”.

En esta investigación se aborda la naturaleza líquida del mal bajo una credencial democrática liberal, aflorando con ello otra figura característica del mal líquido que seduce y luego se desentiende, abandona, regresa, obedece y se somete, a diferencia del mal sólido que se presentaba bajo una forma de promesa de justicia e igualdad en el final de los días de este mundo.

“Don Juan es el rostro de la modernidad”

La lógica del desentendimiento provoca un sucedáneo de libertad en la esfera del consumo como libre elección, que tiene como contraparte la ansiedad y la frustración con uno mismo, ya que es cosa de cada individuo/a  solucionar los problemas de este mundo.

En esta era de sufrimiento y miedo al abandono, el exceso en la demanda de atención en las redes sociales, la necesidad de reconocimiento, el hedonismo y competencia por la obtención de más likes, el carácter líquido del mal se da en el anonimato, “un comentario anónimo en internet que contienen mentiras tóxicas que nos hieren de muerte (…)  es una expresión casi perfecta del carácter líquido del mal que actúa sobre el terreno, a ras de suelo, y que está hondamente afianzado en nuestras prácticas mundanas”.  A diferencia del mal sólido, estructurado desde un aparato represor, la modernidad líquida no tiene un enemigo/a determinado más que uno mismo y cada sujeto/a es responsable de sus relaciones, ya no la sociedad en su conjunto. Su estrategia seductora actúa a través de la facilidad de cómo nos comprometemos (conectamos) con alguien y al instante abandonamos (desconectamos) y perdemos nuestra capacidad para empatizar con el dolor o sufrimiento de otros/as; esa operación sería el mal de nuestro tiempo.

La modernidad líquida genera entonces individuos/as obedientes a un poder que funciona a través del goce y la culpa. Se da el fenómeno de una creencia en la libertad que neutraliza los valores, anulando la resistencia al sistema, como una especie de condena y conformismo a un estilo de vida que se “elige”, pero que en el mismo movimiento provoca ansiedad, frustración, autoexplotación y el único responsable de aquello es quien “decidió” vivirlo de ese modo.

¿El espectro neoliberal es el vencedor?

El fantasma que recorre el mundo, nos dice Bauman, es el de la ausencia de alternativas, “estamos ante un vacío en el que prácticamente todo puede suceder, pero en el que nada puede emprenderse con la mínima confianza en que vaya a tener éxito”. Todo se relativiza, se hace y deshace en un clic.

El soberano es la desesperanza, “el resultado de todo ello es un entorno social comparable a un campo de minas que sabemos está sembrado de explosivos y en el que podemos estar seguros de que se producirán explosiones tarde o temprano, sin que por ello podamos adivinar ni cuándo ni dónde tendrán estas lugar”.

El mal líquido entonces hay que comprenderlo como parte integral e inherente al funcionamiento de este sistema, no se puede extirpar y las creencias fatalistas son una plaga en nuestro cotidiano. Sin embargo, al comprender cómo funcionan los mecanismos del poder, que Bauman y Dinskis intentan descifrar a lo largo de estas páginas, esta tiranía de la superficialidad y desesperanza, también sí puede posibilitar una resistencia.

 

 

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