Opinión
Archivo (AgenciaUno)
Discutir sin rompernos
Las democracias no necesitan menos conflicto, sino mejores formas de enfrentarlo. Su fortaleza depende de la posibilidad de sostener diferencias profundas sin recurrir a la descalificación o al desprecio.
Cada vez más discusiones en Chile están dejando de ser conversaciones para convertirse en rupturas. Ocurre en la política, en redes sociales y también dentro de las familias. No es solo desacuerdo. Es algo más profundo: la sensación de que, si el otro tiene razón, yo dejo de tenerla.
No es difícil encontrar ejemplos recientes en la discusión pública.
Hace poco presencié una discusión familiar muy intensa. Dos posiciones opuestas, ambas con argumentos, ambas incapaces de ceder sin sentir que perdían algo esencial. Lo interesante no fue el conflicto –que era real–, sino lo que permitió que no terminara en una ruptura.
Tendemos a pensar la vida pública como un conjunto de posiciones que se enfrentan. Una afirma; la otra niega. Una propone; la otra resiste. Esa estructura binaria tuvo su utilidad, pero ya no alcanza para comprender lo que nos ocurre. Tampoco para salir de allí.
Si uno observa con atención las trayectorias que han producido algo valioso –en la ciencia, en el arte o en la vida social–, descubre que rara vez fueron rectas. No avanzaron en línea directa ni obedecieron un plan rígido. Hubo desvíos, cruces inesperados, cambios de rumbo que abrieron posibilidades nuevas. El conocimiento no crece solo acumulando datos, sino también aprendiendo a mirar desde más de un lugar.
Durante siglos dividimos la realidad para comprenderla mejor. Las disciplinas nacieron así, y fue un avance extraordinario. Pero la fragmentación tuvo un costo silencioso: desarrollamos con gran profundidad cada parte, pero no el espacio necesario para conectarlas. Algo similar ocurre hoy en la vida pública.
Las posiciones se vuelven rígidas, se repiten a sí mismas, se dificultan las conexiones. Bajo esa lógica, la política se reduce a una disputa permanente: si uno tiene razón, el otro debe estar equivocado; si uno cede, pierde; si duda, retrocede. Una conversación así no puede sostenerse mucho tiempo sin degradarse.
Sin embargo, la experiencia cotidiana muestra otra cosa. Muchas diferencias importantes no se resuelven negando a la otra parte. Lo que a veces permite avanzar es un pequeño desplazamiento: dejar de defender posiciones como si fueran trincheras y empezar, aunque sea por momentos, a mirar desde otro lugar.
No es un punto intermedio ni un empate forzado. No busca diluir las diferencias ni producir armonías artificiales. Es más exigente que eso. Requiere sostener la tensión sin destruirla; escuchar sin convertir toda diferencia en amenaza; admitir que, en los conflictos importantes, suele haber más de una verdad en juego, cada una parcial, cada una incompleta.
Ese espacio no aparece por decreto ni por buena voluntad. Es fruto de una formación que hemos descuidado: la que enseña a habitar la complejidad, a resistir la rapidez de las conclusiones, a reconocer los límites de la propia mirada.
La polarización es, en parte, consecuencia de esa falta. Cuando dejamos de ejercitar la duda y de sostener conversaciones difíciles, las posiciones se endurecen. El desacuerdo se convierte en desconfianza, y la desconfianza –con el tiempo– en una forma de ceguera.
Las democracias no necesitan menos conflicto, sino mejores formas de enfrentarlo. Su fortaleza depende de la posibilidad de sostener diferencias profundas sin recurrir a la descalificación o al desprecio.
Cuando dos miradas logran sostenerse sin anularse, aparece entre ellas algo nuevo. No una síntesis rápida, sino un espacio distinto, donde ambas revelan sus límites y, al mismo tiempo, su necesidad.
Si no aprendemos a movernos allí, la vida pública seguirá degradándose en una lógica de enfrentamientos donde todos hablan, pero cada vez menos personas se escuchan.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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