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CULTURA|OPINIÓN

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El cierre de Radio Beethoven y el conflicto social chileno

por 3 diciembre, 2019

El cierre de Radio Beethoven y el conflicto social chileno
El estudioso chileno Raúl Rodríguez Freire ha puesto en evidencia que el modelo actual consiste en una forma de neoliberalismo que penetra en todas las esferas de la sociedad y que una de sus principales características es el anti-intelectualismo, por cuanto el tipo de sujeto que más conviene a dicho modelo es aquel que se deja arrastrar dócilmente por sus emociones. No por casualidad, Noam Chomsky afirma que una de las estrategias de manipulación más utilizadas por la industria consiste en apelar directamente a los sentidos.
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Probablemente, más de algún lector se esté preguntando cómo es posible que se consagren artículos de prensa a reflexionar sobre el cierre de una emisora como Radio Beethoven, en medio de un conflicto social como el presente. Sin embargo, sin pretender que el fin de una radio dedicada a la música clásica constituya un problema comparable a la precariedad que enfrentan numerosas familias en Chile, sostengo que su cierre está vinculado, precisamente, con algunos factores que han derivado en el conflicto social que vive nuestro país.

La música clásica, en gran medida, representa la antítesis de esta inmediatez. Uno puede sentirse muy atraído por la música de Chopin y experimentar un deseo incontrolable de tocarla en el piano, pero no podrá hacerlo hasta que haya completado al menos ocho o diez años de estudio sistemático. Con esto no quiero decir que otros géneros musicales susceptibles de aprenderse en menos no tiempo no sean igualmente valiosos, sino solo hacer notar lo incompatible que la formación clásica resulta con la flexibilidad y el cambio constante que promueven los nuevos modelos empresariales para el mundo educativo y laboral.

Suele afirmarse que la música clásica concita un escaso interés, especialmente entre los más jóvenes. Esto es así sólo en parte. La “Encuesta Nacional de Participación Cultural”, realizada por el Estado en el año 2017, muestra que un 6% de la población chilena asiste cada año al menos a un concierto de música clásica. Esta cifra podría parecer exigua, pero no lo es tanto si se piensa que equivale aproximadamente a un millón de personas, para un tipo de música que apenas tiene difusión en los medios. Además, la estadística no da cuenta de otras formas de recepción o “consumo” musical, como las descargas en línea. Otro dato relevante es que el público que va a los conciertos está compuesto predominantemente por personas jóvenes, de entre 15 y 29 años.

Aun así, la música clásica está lejos de ser la más escuchada por los chilenos hoy en día y podría plantearse, incluso, que constituye una expresión contracultural. De hecho –así lo afirmaba el director Juan Pablo Izquierdo en un “manifiesto” publicado recientemente (La Tercera, 31-08-2019)—  suele ser mucho mejor recibida por sectores marginales que por la elite económica del país.

Más aún, la música clásica despierta un significativo rechazo no solo entre algunos aficionados a los géneros musicales más populares, que la consideran “cartucha” o “fome”, sino también en los medios, donde abunda toda clase de caricaturas respecto a los niños que “osan” estudiar algún instrumento clásico. Lo que es más llamativo, sin embargo, es que este rechazo se haya hecho extensivo a una parte de la academia, que hasta hace pocas décadas constituía su refugio por excelencia. No es difícil encontrar en publicaciones académicas recientes –ni qué decir en las redes sociales— algunas que vinculan a la música clásica exclusivamente con la alta cultura o a la idea de “obra de arte” con el surgimiento del capitalismo. Algunos estudiosos, incluso, se preguntan si vale la pena seguir haciendo esfuerzos por sostener una tradición musical de este tipo, mientras otros demandan que la música clásica sea autosustentable o adquiera una mayor masividad, como si este fuera un requisito indispensable para tener valor.

El hecho de que una expresión cultural determinada cambie su estatus y pase de ostentar prestigio social a ser objeto de rechazo es perfectamente posible. El etnomusicólogo español Josep Martí planteó en 1996 que, cuando la elite política o económica comenzaba a rechazar un tipo de música que antes valoraba, esta podía transformarse en una expresión marginal o en una forma de resistencia. Al mismo tiempo, propuso que el rechazo a cualquier tipo de música implicaba siempre un rechazo a los valores, conceptos o comportamientos que esta encarnaba. Por tanto, cabría preguntarse qué es lo que se rechaza hoy en día –y no hace cien años— cuando se rechaza a la música clásica.

Éstas ideas permiten entrever el punto de vista que quiero plantear. El conflicto social chileno ha puesto en evidencia un sistema que reduce al Estado a un nivel subsidiario y entrega al mercado sectores que tradicionalmente eran considerados como bienes públicos. Es el caso de la salud, la educación o la previsión social. Estos sectores se convierten así en nuevos modelos de negocio que requieren ser rentables o, al menos, autosustentables. La cultura no ha permanecido ajena a este modelo. Si bien no puede negarse que el Estado ha llevado adelante algunas iniciativas valiosas que apuntan en una dirección diferente, como la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles, éstas tienen un impacto aún insuficiente frente a la abrumadora influencia de los medios masivos. No hay en Chile, por ejemplo, una radio estatal que difunda expresiones musicales diferentes a las que predominan en la industria y los proyectos privados que intentan hacerse cargo de esta misión se ven enfrentados a una situación precaria (la salida del dial de Radio Uno, a comienzos de 2016, es otro ejemplo de ello, aunque en el ámbito de la música popular). Por tanto, el cierre de Radio Beethoven no es sino un reflejo del modelo imperante, tan cuestionado en estos días.

Sin embargo, es posible ir un poco más allá si se retoma la pregunta anterior acerca de las implicaciones profundas que tiene el rechazo hacia la música clásica. El estudioso chileno Raúl Rodríguez Freire ha puesto en evidencia que el modelo actual consiste en una forma de neoliberalismo que penetra en todas las esferas de la sociedad y que una de sus principales características es el anti-intelectualismo, por cuanto el tipo de sujeto que más conviene a dicho modelo es aquel que se deja arrastrar dócilmente por sus emociones. No por casualidad, Noam Chomsky afirma que una de las estrategias de manipulación más utilizadas por la industria consiste en apelar directamente a los sentidos. En lugar de hacer hincapié en las virtudes específicas del producto que promocionan, los comerciales se dedican a transmitir mensajes de índole emocional o sensorial, no racional (“la vida es ahora”, dice el comercial de una conocida tarjeta de crédito).

La música clásica, en gran medida, representa la antítesis de esta inmediatez. Uno puede sentirse muy atraído por la música de Chopin y experimentar un deseo incontrolable de tocarla en el piano, pero no podrá hacerlo hasta que haya completado al menos ocho o diez años de estudio sistemático. Con esto no quiero decir que otros géneros musicales susceptibles de aprenderse en menos no tiempo no sean igualmente valiosos, sino solo hacer notar lo incompatible que la formación clásica resulta con la flexibilidad y el cambio constante que promueven los nuevos modelos empresariales para el mundo educativo y laboral. Así mismo, el tipo de escucha reflexiva implicado en muchas obras del siglo XIX resulta muy diferente –lo que no quiere decir mejor o más deseable— a las formas de recepción que promueve la mayor parte de la industria actual de los conciertos en vivo. Quizá este tipo de cuestiones –y no tanto la música en sí misma— sean las que finalmente son objeto de rechazo en el mundo contemporáneo.

Así, pues, un medio de difusión como Radio Beethoven resulta necesario no solo porque la música clásica constituya una expresión musical valiosa e importante entre otras, sino también porque cuestiona las premisas fundamentales del modelo imperante. Por un lado, su existencia implica que la cultura y la música no necesariamente deben constituirse en un negocio rentable para poder perdurar. Por otro, en un contexto en el que la industria y los medios pretenden apelar casi exclusivamente a las emociones, el tipo de música que rescata contribuye a poner en valor el racionalismo y el intelectualismo propios de la tradición clásica e imprescindibles para plantear cualquier crítica fundada hacia el “sistema”. Quizá sea tiempo de que iniciativas como esta adquieran un carácter verdaderamente público y dejen de depender exclusivamente del mundo privado, cuyo impulso, por valioso que pueda ser, está quizá demasiado sujeto a los vaivenes y las restricciones del mercado.

Alejandro Vera Aguilera, Académico de la UC. Miembro del Consejo para el Fomento de la Música Nacional

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