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CULTURA|OPINIÓN

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El mundo al revés

por 9 diciembre, 2019

El mundo al revés
“El Mundo al Revés”, así lo denominó el quechua Guamán Poma de Ayala alrededor del año 1615, para dar cuenta de los abusos, las injusticias y el mal gobierno de la Colonia en Los Andes. Nos describe a sacerdotes abusadores e inmorales, gobernadores corruptos, empresarios usureros, junto a un sistema colonial injusto. Una triste estructura social que todavía nos domina, y pese a que han transcurrido más de 400 años, se mantiene como el principal armado estructural de la mayoría de nuestros países latinoamericanos. Esa no es la excepción de nuestro país, Chile.
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Venimos de los Andes, desde el sur de esa gran columna cordillerana que irriga a toda Nuestra América, tanto hacia la cuenca Pacífica como Atlántica. Y que ha conectado, como una escalera gigante, al cielo y la tierra, lo sobrenatural con lo terrenal, nuestro pasado con el futuro. Allí has estado y estarás para todo nuestro siempre.

Y digo "venimos", porque somos ante todo muchos, plurales, multitudes, y en ningún caso individuos sobreindividualizados, como pretenden categorizarnos en estos tiempos de exceso neoliberal.

Nuestros cuerpos no tienen fronteras. No hemos dejado de ser millones en nuestro propio cuerpo. Porque en cada uno de nosotros habita toda la vieja y nueva humanidad.

Desde los primeros Homo Sapiens, de piel negra, que salieron de Africa hace más de 70.000 años atrás, o los primeros grupos asiáticos, de ojos rasgados, que hicieron de América su nueva casa desde hace unos 15.000 años, o las cientos de culturas que se formaron tomando sus dioses de la propia naturaleza americana que habitaron.

Junto a los Andes, nos hicimos andinos.

Hasta ese entonces nadie podía imaginar que los humanos eramos seres superiores o ajenos a la naturaleza. Entonces fuimos mapuches, aymaras, quechuas, taínos, sioux, mayas o tantas otras sociedades que surgieron por toda la América.

Hasta que llegó Occidente y el hombre blanco sobre unos pocos barcos, hace más de 500 años atrás, para explotar, despojar las tierras, las riquezas de millones de personas y conquistar el espíritu de nuestros pueblos.

Entonces inventaron y nos quisieron convencer que habíamos sido descubiertos por Europa, nos definieron como “animales sin almas”, como “hechiceros con falsos dioses”, como “seres incivilizados”, como un continente baldío, no habitado y sin historia, al cual, por lo tanto, se le podía repartir y exprimir hasta su última gota.

Así, unos conquistadores blancos de lejanas tierras, llenos de sed de sangre, oro y tierras, iniciaron la Conquista violando a nuestras mujeres, surgiendo con ello nuevos rostros y nuevos cuerpos mestizos. Pero entonces nacimos huérfanos de unos padres asesinos, ruines, miserables, sórdidos y sin moral.

Hijos de lo peor de Europa, esos son los creadores y los “padres” de la nueva América, a los cuales aún no podemos superar en nuestra historia. Se nos repiten una y otra vez, como si se tratara de un maleficio eterno. Pero no, no estamos destinados a vivir en la eterna barbarie, gobernados infinitamente por corruptos y avaros antisociales.

Desde entonces nos deshumanizaron para así poder humillar nuestro milenario pasado, conquistar nuestros cuerpos y a los territorios que nos dieron vida por miles de años. En gran parte lo lograron, tal como cambiaron en parte nuestros propios cuerpos.

“El Mundo al Revés”, así lo denominó el quechua Guamán Poma de Ayala alrededor del año 1615, para dar cuenta de los abusos, las injusticias y el mal gobierno de la Colonia en Los Andes.

Nos describe a sacerdotes abusadores e inmorales, gobernadores corruptos, empresarios usureros, junto a un sistema colonial injusto.

Una triste estructura social que todavía nos domina, y pese a que han transcurrido más de 400 años, se mantiene como el principal armado estructural de la mayoría de nuestros países latinoamericanos. Esa no es la excepción de nuestro país, Chile.

La independencia de España en el siglo XIX, no trajo consigo la liberación de un sistema injusto dominado por una élite, llena de privilegios, siempre abusiva y usurera.

Desde la Colonia europea, la historia nos ha condenando con gobernadores corruptos, un sistema antisocial, mientras al mismo tiempo nuestros cuerpos se fueron haciendo cada vez más universales.

A nuestra ya sangre mestiza, se le fueron sumando los esclavos traídos de África y los inmigrantes que llegaron de casi todos los rincones del mundo, incluyendo grandes masas pobres venidas de Europa, Medio Oriente y Asia.

Si primero la distancia diferenció los cuerpos humanos según las condiciones ambientales en que se desarrollaron por varios milenios, en nuestra América por primera vez se reunieron y amalgamaron casi todas las diferencias físicas, como a su vez pareciera que se concentraron todas las injusticias sociales de nuestro planeta.

El nuevo continente volvió a juntar lo que la cultura y la geografía habían separado. Pero también como un crisol de injusticias, de racismos y clasismos. Lo blanco sobre lo café y lo negro. Occidente sobre y contra el resto de todo el mundo.

Entonces nuestros cuerpos finalmente se conviertieron en todos. Aunque no somos blancos, amarillos o negros; aunque no somos indios, árabes, chinos, judíos o europeos; aunque no somos occidentales, nos convertimos en todos, pero al mismo tiempo en lo más parecido a nada, con identidades truncadas y desconcertadas.

Con una historia llena de discontinuidades, sin pasado reconocido, aún seguimos aturdidos.

En la historia de Chile ha sido hasta ahora imposible cambiar ese “Mundo al Revés” que nos sigue gobernando. El penúltimo intento de una revolución pacífica y democrática lo produjo el gobierno de Salvador Allende entre los años de 1970 y 1973. El resultado de esos pretendidos cambios y, como parte de nuestra desgracia histórica, fue la instauración de una dictadura que instaló el actual modelo neoliberal extremo.

Entonces nos quitaron los derechos más básicos de la sociedad. Nos privatizaron el agua, el sistema de pensiones, la salud, la educación, les regalaron nuestras gigantes riquezas minerales a las grandes trasnacionales y a algún que otro familiar local, junto a las autopistas, la electricidad, el mar y un largo etc. Hicieron una Constitución a la medida y nuevas leyes que siguen favoreciendo a la élite más avara en uno de los países más desiguales que conoce actualmente el mundo.

Nuevamente fue el Norte expoliador, en este caso, Estados Unidos de América quien se impuso sobre el Sur, a partir de una falsa libertad que nos dejó en breve sin ninguna libertad, salvo la de aquellos usureros de expoliar, sin ningún límite, al resto de la sociedad.

Se le hizo creer al mundo que el modelo neoliberal chileno era el camino a seguir. Los medios de comunicación occidentales, al unísono, mostraban un “país modelo”, aparentemente tranquilo y con una economía creciente que sólo era posible gracias a la cada vez mayor ausencia del Estado, nos decían. Sin embargo, ocultaba una verdadera olla de presión social en permanente ebullición y a punto de explotar en cualquier minuto.

Hasta que llegó ese momento, es el hoy que estamos viviendo.

En Chile, sin ninguna exageración, vivimos en el Mundo al Revés, controlado por una dictadura empresarial del 0,1% más rico contra el restante 99,9% de la sociedad. Eso es lo que produce sociedades en extremo neoliberal. Por suerte para el resto de los países, no así para nosotros, muy pocas sociedades llegaron a tal extremo antisocial.

Lo que podemos ver hoy, partiendo por el propio presidente de Chile, representante de ese 0,1%, es que vivimos abiertamente en una dictadura que prefiere violentar sin ningún límite al pueblo, antes que ceder a cualquier posibilidad de cambios de la estructura de ese “Mundo al Revés” que nos ha tocado vivir.

En pocos días de protestas, el Estado inmoral le declaró la guerra a su pueblo, a partir de lo cual se ha producido más de una veintena de muertos, miles de heridos, tortuturados, presos, personas violadas y desaparecidos.

Nos están disparando directo al cuerpo, y especialmente a la cabeza. Hay cientos de personas que han perdido uno de sus ojos, como si el querer dejarnos sin vista, fuera la fórmula de la élite para que dejemos de mirar la real realidad. Pero ya no, la sociedad chilena ha perdido tanto en tanto tiempo, que hasta perdió todo lo que le quedaba: el miedo.

Ese mismo miedo que nos dejaba encerrados en nuestros hogares, que nos hacía desconfiar de todos, incluidos los vecinos, mientras se expandía el individualismo y la negación de los derechos elementales de la sociedad. Un cóctel neoliberal aparentemente perfecto de dominación que no cede hasta hoy.

“Nos reencontramos, no nos soltemos”, es una de las frases que más se repiten en el contexto de rebeldía que atraviesa hoy todo Chile.

“No nos soltemos”, es ahora también la peor derrota del neoliberalismo. El pueblo justo desea ante todo volver a ser sociedad con todos sus derechos elementales.

El Chile actual está viviendo una revolución sobre todo psicológica, porque se cansó de tantos abusos históricos, de su desmembramiento social, del permananente sistema sin humanidad en el que vivimos, y empieza a exigir una Constitución y leyes en beneficio de la sociedad toda.

Es por eso que se ha tomado las calles en contra del sistema neoliberal y de esa élite que ha estado siempre en contra de la propia sociedad a la cual expolia, y que le debe, al mismo tiempo, toda su exagerada riqueza.

Hoy Chile nos enseña que no hay pueblo, que no hay sociedad, por más abusada que sea, por más silenciada y temerosa que haya estado, que pueda aguantar más de 46 años de injusticias, de desconfianza y de un sistema neoliberal antisocial. Lo que nació en Chile como un experimento mundial, el neoliberalismo, el pueblo chileno ha salido a las calles a enterrarlo definitivamente.

Esperamos que el despertar de Chile sea también el hundimiento definitivo del inhumano neoliberalismo en todo el mundo.

Desde nuestra larga historia, hablo aquí junto a millones de voces que siguen resonando en el eco de miles de años. No venimos sólo del ayer conquistado, sino desde aquel pasado más profundo que aún se resiste a desaparecer del todo y que aún vive en nuestros propios cuerpos, en nuestros propios rostros.

Debemos seguir insistiendo, como se escucha hoy en todas las calles de ese Chile que despertó de su letargo para cambiar ese “Mundo al Revés” y recuperar los derechos más básicos de la sociedad.

Empezando, por recuperar el derecho más elemental que nos cantaba nuestro gran Víctor Jara: ¡El derecho de vivir en paz!

Gonzalo Pimentel G. es presidente Fundación Desierto de Atacama.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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