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Con rabiosa ternura

por 27 enero, 2020

Con rabiosa ternura
Hombre de fe obediente, aceptaba que su Dios lo condenara a una estadía en el Purgatorio por el tiempo que ÉL considerara conveniente. Si de algo sirviera, nos permitimos solicitar al Altísimo de Armando Uribe, que nos haga la gauchada y lo haga pasar directamente a una nube cómoda con vista a este mar que tranquilo nos baña. Se lo agradeceríamos sombrero en mano.
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Algunos lo consideraban un “rara avis”, un pájaro raro en la escena literaria y política deste país. En el abundoso coro de la poesía chilena, Armando Uribe cantó lo suyo como corresponde a un poeta de voz propia. Nos sonaba como que lo hacía en tempo rubato, acelerando cuando aquellos lentificaban, deteniéndose donde esos pasaban de largo. Acaso sus paisajes y caminos no fueran tan distintos a los recorridos por otros cofrades suyos pero su mirada fue otra. Levantó carpa permanente en el “caos de la muerte” y ahí se enfrascó en interpelaciones a su Dios “de ínfimo feto” y en discusiones interminables con ancestrales demonios chicos, que también eran los propios. En ese quehacer quizá vió (y nos hizo entrever) más sombras que fulgores, más radiografía que caleidoscopía. Como quiera que sea, glosando a otro poeta que funcionó en geografías temáticamente antípodas de las suyas, digamos que el poeta Uribe, a los simples lectores que somos, “nos hizo una proposición que hemos aceptado”.

El poeta Uribe no se contentó con indagar en su condición existencial y arrancarse “los cabellos a puñadas” (como todo poeta que se respete) no eludió la tarea ingente de cristiano bravo de amar al prójimo. Por eso también supo levantar al cielo su “garrote rabioso” y dejarlo caer en el lomo de esos otros dizque cristianos, que clavetearon en cruz a ese mismo prójimo en la parrilla y esos otros que callaron para arreglar luego su conciencia en “la medida de lo posible”. Es así como Armando Uribe, en contra del autocomplaciente mainstream de gran parte de la intelectualidad casera, no vaciló en clavar en la picota de su discurso poético la feliz obsecuencia con que muchos próceres políticos (y su corte de rapsodas y consiliarios) cocinaron los sapos y culebras de la bastarda transición de una dictadura troglodita a una modernidad caníbal, para servirlos luego en plato de oropel a una ciudadanía obnubilada por “todo lo que el dinero puede comprar”.

Es evidente que las epístolas que Armando Uribe escribió a Patricio Aylwin y Agustín Edwards tienen muchos más destinatarios que esos dos nombres. No son pocos ni jubilados. Gozan de buena salud. Nacido él mismo en cuna de plata, Uribe los conocía bien. Son los “Caballeros de Chile”. Ahí están, siguen ahí, agazapados en sus empresas, gobiernos y regimientos; empotrados en butacones ministeriales, sometidos a estricta dieta parlamentaria, dictando sentencias o escuchando la misa negra de sus negocios mientras planifican la próxima cruzada. En verdad son muy pocos poetas de la posdictadura (y de la pre-democracia que la sucedió) que han logrado agitar el látigo contra los mercaderes del templo, de la manera furiosa y destemplada con que Armando Uribe lo hizo.

“La dictadura no fue un error, tiene apellidos,
como colas de rata o lagartija,
y su elenco de honor para asesinos
los regocija todavía, y dura
indefinidamente; no fue un malentendido
sino la voluntad de pasar una lija/ de hierro por encima de los niños”.

Armando Uribe no tenía dientes en la encía ni pelos en la lengua. Católico practicante como Heinrich Böll, como él cumplió cada vez que pudo con el sacramento de la confesión y la santa eucaristía pero no comulgó con ruedas de carreta. Odió lo que odió, y rabió como sólo él sabía hacerlo. De ese odio y esa rabia dan cuenta su poesía y su muriático verbo. Sin embargo, la ternura se le asoma por todas partes y poros, con particular intensidad cuando evoca su amor por Cecilia.

Hombre de fe obediente, aceptaba que su Dios lo condenara a una estadía en el Purgatorio por el tiempo que ÉL considerara conveniente. Si de algo sirviera, nos permitimos solicitar al Altísimo de Armando Uribe, que nos haga la gauchada y lo haga pasar directamente a una nube cómoda con vista a este mar que tranquilo nos baña. Se lo agradeceríamos sombrero en mano.

Un viejo jodido, Uribe.

Justo en estos tiempos nos habría hecho falta.

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