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CULTURA|OPINIÓN

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Naturaleza y ciudad en “El Pejerrey”, de Gabriel Zanetti Reyes

por 17 agosto, 2020

Naturaleza y ciudad en “El Pejerrey”, de Gabriel Zanetti Reyes
Lo primero que llama la atención en esta obra es la calidad de bitácora de pesca que la materializa, donde uno de los elementos que destaca es el río; aunque este pez habita con más regularidad la desembocadura de los mismos y zonas estuarinas de agua salobre, por tanto es el agua en general su espacio vital en el que lo podemos encontrar.
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Este libro de crónicas, concebido por su autor como una novela por entregas, como él mismo indica, inicia con el texto “Aprender a pescar” (p.9), donde habla que esta práctica es un afán de quien escribe, lo que de alguna manera también es una práctica familiar en la que él entronca y continúa. Un pasatiempo heredado: “Tiendo a pensar que compartir un lenguaje y una poética es la única manera de cultivar la amistad. En el caso de su abuelo y su nieto hay algo más que eso. Probablemente el traspaso de un mito, como del que intento hablar” (p.58)

Este libro nos sumerge en una tradición literaria de la crónica que, junto a la poesía, también nos funda como país e imaginario sociocultural, en el que observamos prácticas heredadas de distracción como la pesca y profundas reflexiones en torno al agua, al río y al mar como espacios y materia dada o proclive a la experiencia mística, el aprendizaje. También podemos observar instantáneas citadinas y naturales donde el paisaje y el clima chilenos nos hacen pensar en pintores como Valenzuela Llanos, entre una gran cantidad de paisajistas que en la imagen reflejan el trabajo literario de Zanetti.

08“El Pejerrey”, una suerte de memoria, diario y recuerdos, se inserta en una tradición de cronistas contemporáneos como lo son Álvaro Bizama, Marcelo Mellado, Roberto Merino o Rafael Gumucio, entre otros, herederos todos de una larga lista de cultores de este género, que en el país comienza con los trabajos de Jerónimo de Vivar, quien publicara la “Relación copiosa y verdadera del Reyno de Chile” en el año 1558, al que sucedió el jesuita Alonso de Ovalle, que nos brindara su “Histórica relación del Reyno de Chile”, que figura entre los más conocidos -o Joaquín Edwards Bello, que surcara buena parte del siglo XX con sus memorables crónicas, ampliamente difundidas. Es notable que tanto Zanetti como Ovalle, nos dejen impresiones que tienen en común un elaborado trabajo sobre el paisaje chileno de distintas épocas. 

Lo primero que llama la atención en esta obra es la calidad de bitácora de pesca que la materializa, donde uno de los elementos que destaca es el río; aunque este pez habita con más regularidad la desembocadura de los mismos y zonas estuarinas de agua salobre, por tanto es el agua en general su espacio vital en el que lo podemos encontrar. El agua, el río, materias que han dado tanto que hablar a pensadores, filósofos y escritores de todo el orbe, entre los cuales quizá los más conocidos sean Heráclito, que nos legara la famosa frase “Nadie se baña dos veces en el mismo río”, o Gastón Bachelard, que escribiera un hermoso libro de ensayos llamado “El agua y los sueños”, a los cuales el autor que nos ocupa agrega que se dedicó “a observar el río. Noté ciertos vapores anormales, leves burbujeos que nunca había apreciado y comencé a lanzar el anzuelo en esos sectores y me fue bien. (..) Al parecer esa es la epifanía, una modalidad de trance, de meditación” (p.10); el río, con el cual el autor destaca que mantiene con el flujo una de las “experiencias no verbales que tengo con el mundo” (p.11). El río, un espacio para la reflexión. 

También podemos encontrar pasajes que iluminan observaciones autoperceptivas relacionadas con el sí mismo en relación a la naturaleza y sus fuerzas, como cuando dice que: “me quedé bajo el techo de zinc, entremedio de ropa tendida y húmeda, escuchando reventar el temporal en mi cabeza. Quedé impactado, como si estuviera frente a un fenómeno paranormal. Tengo la sensación de que no volví a ser el mismo, o mejor dicho, comencé a ser quien soy ahora” (p.15), hermanándose así con Teillier, del cual cita: “Y soñaré techos de zinc y cercos de madera” o Neruda, del cual cita un trozo de su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura, cuando éste dice que: “mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa”, lo que a su vez le permite comentar al autor de “El pejerrey” que “tal vez es innegable que el invierno y la lluvia son llaves universales de la melancolía” (p.17). Reflexiones vinculadas a la naturaleza o centradas en ella, como también lo hace la filosofía natural de Thoreau, que es necesario volver a visitar cada cierto tiempo. 

Otra cuestión que amerita cometario, es que la pesca, en este caso, está asociada al ocio, al descanso, a los feriados y a las vacaciones en distintos puntos del país, desde el centro a la macro zona sur de Chile, práctica de distensión que va, en términos sociales, desde los sectores altos y acomodados, a los más deprivados, en los que podemos encontrar en este libro personajes sobre los cuales el autor hace una disección casi antropológica de tipos y una divertida baraja de estereotipos y personalidades variopintas que, de esta manera, “pasan el tiempo” en la pesca, que aporta reflejos de realidad vital: “en la pesca escasean las cartas seguras, el control sobre las cosas, como en la vida misma” (p. 23). 

Pescar también implica salir de la ciudad, hábitat propio de quien escribe estas crónicas. Es así como podemos encontrar reflexiones sobre la ciudad mirada a la distancia: “historias de amor que producen hijos, niños que se crían acá y fijan sus recuerdos encima de esta comuna, la memoria impresa en estos parajes” (p.32), observaciones o más bien experiencias de lo que es la ciudad: un laberinto, una entidad castigadora y la simbiosis que tienen los eventos de la naturaleza con los medios de comunicación y especialmente con los matinales: “al primer aluvión, terremoto o accidente volvemos a pensar en la fragilidad, lo vulnerable de nuestro suelo, en la estabilidad en general” (p.45), cosa que nos recuerda el “Temporal”, de Nicanor Parra. 

Este libro nos sumerge en una tradición literaria de la crónica que, junto a la poesía, también nos funda como país e imaginario sociocultural, en el que observamos prácticas heredadas de distracción como la pesca y profundas reflexiones en torno al agua, al río y al mar como espacios y materia dada o proclive a la experiencia mística, el aprendizaje. También podemos observar instantáneas citadinas y naturales donde el paisaje y el clima chilenos nos hacen pensar en pintores como Valenzuela Llanos, entre una gran cantidad de paisajistas que en la imagen reflejan el trabajo literario de Zanetti. 

“El Pejerrey”, Gabriel Zanetti, Editrial Aparte, 2020, 71 páginas. 

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