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Estudio siguió durante diez años la vida de más de 2500 árboles en un bosque antiguo de Chiloé CULTURA|CIENCIA Crédito: Rodolfo Norambuena

Estudio siguió durante diez años la vida de más de 2500 árboles en un bosque antiguo de Chiloé

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Scarlett Barra Rivera
Por : Scarlett Barra Rivera Coordinadora de Comunicaciones, Nodo Chiloé, Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB).
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Basado en monitoreos de largo plazo, el estudio revela cómo estos ecosistemas cambian lentamente y por qué son clave para entender los efectos del cambio climático en los bosques.


En el interior de un bosque húmedo de Chiloé, donde el suelo se hunde bajo el musgo y los árboles crecen entrelazados como si formaran una sola criatura, hay algo que a primera vista pasa desapercibido: pequeñas placas metálicas clavadas en los troncos. Cada una lleva un número.

Para los visitantes pueden parecer simples marcas. Pero para quienes investigan son algo muy distinto: la identidad de cada árbol en un experimento que ha durado décadas.

“Cada etiqueta es como ponerle un nombre a un árbol. Diez años después podemos volver, encontrarlo y entender un poco más de su historia: si creció, si enfermó o si murió”, explica el doctor en ciencias Álvaro Gutiérrez, investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) y académico de la Universidad de Chile.

Crédito: Rodolfo Norambuena

En este bosque, ubicado en la Estación Biológica Senda Darwin, uno de los sitios de investigación del Instituto de Ecología y Biodiversidad, un equipo de investigadores decidió hacer algo que exige paciencia poco común en la ciencia moderna: seguir por años la vida de un bosque, árbol a árbol.

A lo largo de una década, los investigadores mapearon y registraron el destino de más de 2500 árboles pertenecientes a 15 especies dentro de un área delimitada de una hectárea que los investigadores denominan parcela permanente, a partir de mediciones realizadas con diez años de diferencia. El objetivo era entender cómo crecen, se regeneran y mueren los bosques lluviosos templados del sur de Chile, ecosistemas que almacenan grandes cantidades de carbono y albergan una biodiversidad única en el planeta.

Este trabajo fue publicado recientemente en la revista científica Annals of Forest Science. El resultado es una ventana excepcional para observar cómo cambian estos bosques en el tiempo y, sobre todo, cómo podrían responder al cambio climático.

Crédito: Rodolfo Norambuena

Un bosque convertido en mapa

La historia comenzó en 2012, cuando investigadores delimitaron una hectárea en el corazón de un antiguo bosque conocido localmente como tepual, uno de los remanentes mejor conservados del norte de la Patagonia, ubicado en el sitio de conservación Senda Darwin.

“Esta idea nace con Juan Armesto (destacado ecólogo chileno y uno de los pioneros en el estudio de los bosques templados del sur de Sudamérica). quien impulsó tener una parcela de largo plazo de este tamaño en Chile, algo que no existía en ese momento. La pregunta era cómo cambia un bosque en el tiempo, y para eso necesitábamos empezar a medirlo de manera sistemática”, recuerda Gutiérrez.

El terreno fue dividido en una cuadrícula de 400 áreas delimitadas de 25 metros cuadrados cada una (5×5 metros), como un tablero gigante escondido bajo el dosel del bosque.

Cada árbol con troncos de más de cinco centímetros de diámetro fue marcado, medido, identificado y ubicado con precisión dentro del mapa del bosque. Un trabajo que requirió entre 12 y 15 personas trabajando. Cada tronco recibió una etiqueta metálica y un número único.

Desde entonces, cada árbol se convirtió en un individuo dentro de una base de datos: con nombre de especie, posición exacta, diámetro del tronco y estado de salud.

Crédito: Rodolfo Norambuena

En 2024, los científicos regresaron para repetir el censo completo.

“Es como meterse en una jungla. No caminas sobre el suelo, vas colgándote de los troncos, pasando por debajo o subiéndote a otros árboles. Es físicamente muy demandante, pero también es lo más bonito del trabajo”, cuenta el académico de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile.

La tarea implicó recorrer nuevamente cada cuadrante del bosque, localizar cada etiqueta para así poder responder ¿qué había pasado con cada árbol durante esos diez años?

El trabajo forma parte de una colaboración entre investigadores vinculados al Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB), la Fundación Senda Darwin y varias universidades del país. El estudio fue liderado por el Dr. Álvaro Gutiérrez, junto a un equipo de investigadores e investigadoras que incluye a Fernanda Montero-Silva, Aurora Gaxiola, Yall Asenie, Marcela Bustamante, Juan Celis, Belén Gallardo, Carolina León, Karina Madriaza, Mariela Núñez-Ávila y Juan Armesto.

El tiempo lento de los bosques

Los datos revelan algo que a menudo pasa desapercibido para quienes observan un bosque desde fuera: los bosques antiguos cambian, pero lo hacen lentamente.

“Los árboles viven a una escala completamente distinta a la nuestra. A veces sentimos que diez años es mucho, pero para un bosque es casi nada. Nos falta vida para poder entender completamente cómo cambian estos sistemas”, señala Gutiérrez.

El crecimiento promedio de los árboles fue de dos milímetros por año, un ritmo casi imperceptible para el ojo humano.

Mientras tanto, el bosque continuó su dinámica natural de renovación. Cada año nacen nuevos árboles, pero también mueren otros. Durante la década de estudio, la tasa de mortalidad fue mayor que la de reclutamiento: aproximadamente 2,7% de los árboles murieron anualmente, frente a un 1,2% de nuevos individuos que nacieron en el bosque.

Sin embargo, eso no significa que el bosque esté desapareciendo.

Los árboles más grandes siguieron acumulando biomasa y el área basal del bosque, una medida de la cantidad de madera viva, aumentó con el tiempo.

El resultado es un ecosistema en lo que los científicos llaman “madurez dinámica”: un bosque donde constantemente nacen y mueren árboles, pero cuya estructura general se mantiene estable.

Un ecosistema raro en el mundo

Los bosques lluviosos templados del sur de Sudamérica son ecosistemas extraordinarios. Se caracterizan por una alta biodiversidad, muchas especies endémicas, es decir, que no se encuentran en ningun otro lugar del mundo, y una gran capacidad para almacenar carbono. Sin embargo, paradójicamente, siguen estando poco representados en las redes globales de monitoreo forestal.

Eso significa que aún sabemos relativamente poco sobre cómo responden estos bosques a las presiones ambientales globales.

Por eso áreas delimitadas en los bosques, como esta, tienen un valor especial: funcionan como laboratorios naturales donde es posible observar procesos ecológicos que ocurren a escalas de tiempo de décadas o incluso siglos.

Las primeras señales del cambio climático

Uno de los aspectos más importantes del estudio no está solo en los árboles, sino también en el clima.

Los registros de la estación meteorológica instalada en Senda Darwin muestran una tendencia preocupante: veranos más secos y temperaturas máximas más altas en las últimas décadas.

Cambios aparentemente pequeños que podrían alterar procesos fundamentales del bosque, como la mortalidad de los árboles o la regeneración de nuevas plantas.

“Los bosques tienen mucha inercia. Aunque haya cambios en el clima, no reaccionan de inmediato. A veces los efectos se ven recién después de 20 ó 30 años”, explica Gutiérrez.

El problema es que detectar estos efectos no es sencillo.

“Los resultados de este tipo de estudios nos exige anticiparnos”, agrega. Los bosques no reaccionan al cambio climático de inmediato. Sus respuestas pueden tardar años o décadas en hacerse visibles.

La paciencia de la ciencia

En un mundo acostumbrado a resultados rápidos, la investigación ecológica de largo plazo funciona con otro ritmo.

Un bosque puede tardar siglos en formarse.

Y comprenderlo requiere algo parecido a lo que los científicos están haciendo en Chiloé: volver una y otra vez al mismo lugar, medir los mismos árboles y observar cómo cambian lentamente con el paso del tiempo.

“Muchos de los bosques que conocí cuando era estudiante hoy ya no existen: se quemaron o se cortaron. Eso te hace ver lo urgente que es conservarlos”, reflexiona el científico.

Las pequeñas etiquetas metálicas clavadas en los troncos no son solo números.

“Lo más bonito de volver al mismo bosque es que siempre descubres algo nuevo. Uno va viendo cómo cambian las cosas con el tiempo, y eso también te hace darte cuenta de lo corta que es nuestra vida frente a la del bosque”.

Son marcas de una historia que recién comienza a contarse. Porque dentro de diez años, las y los investigadores volverán a medir el bosque.

Y cada árbol tendrá algo nuevo que decir sobre el futuro de estos ecosistemas en un planeta que cambia.

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