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Cancelación de GAM: cuando cultura deja de ser política de Estado y es botín de la batalla cultural CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo

Cancelación de GAM: cuando cultura deja de ser política de Estado y es botín de la batalla cultural

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Antil Camacho Campusano
Por : Antil Camacho Campusano Licenciado en Filosofía y fundador de la Escuela Orgánica Cultural.
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En el GAM, lo que está en juego no es solo el destino de un edificio. Es el sentido mismo de la política cultural de Chile. Y eso no se puede reconstruir fácilmente una vez que se destruye.


Suspender la segunda etapa del Centro Cultural GAM no es solo detener una obra. Es enviar una señal política. Una señal que genera consternación porque anuncia que la cultura ya no es considerada una política de Estado —construida durante décadas— para transformarse en una trinchera ideológica.

La decisión del gobierno de frenar un proyecto con financiamiento asignado y en ejecución no ocurre en el vacío. Ocurre en un contexto donde el discurso de la llamada “batalla cultural” comienza a filtrarse desde las redes sociales a la acción pública. Y cuando eso sucede, la cultura deja de ser un espacio de desarrollo para convertirse en un territorio de disputa populista.

Durante más de veinte años, Chile construyó —con tensiones y con acuerdos— una política cultural que, en perspectiva comparada, destaca por su continuidad. Gobiernos de distinto signo político sostuvieron una misma idea matriz: que la cultura es parte del desarrollo del país y que el Estado debe promoverla.

Esa continuidad permitió algo poco frecuente en América Latina: consolidar una institucionalidad cultural estable, expandir el financiamiento público, desarrollar infraestructura en todo el territorio y generar políticas de largo plazo con participación del
sector cultural y la ciudadanía.

La señal de alerta

Sin embargo, hoy en el mundo cultural la inquietud es evidente.

A la paralización del GAM se suman señales que apuntan en una misma dirección: ajustes a presupuestos de sitios de memoria y espacios culturales emblemáticos, como el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, porque son proyectos que encarnan una visión contraria a la de este gobierno.

De esta manera, cuando la cultura entra en la lógica de la “batalla cultural”, deja de ser un espacio de encuentro e integración social para transformarse en un muro o una zanja que separa a “nosotros” de “ellos”, los chilenos de verdad y los otros…Las decisiones públicas dejan de responder a criterios de desarrollo y pasan a estar marcadas por la necesidad de fijar posiciones, de diferenciarse, de ganar una disputa.

El riesgo del corto plazo

El problema es que con este enfoque se pierde algo esencial: la capacidad de construir en el largo plazo. Porque las políticas culturales no funcionan como consignas. No generan resultados inmediatos. No se miden en ciclos electorales. Se construyen lentamente, acumulando institucionalidad, confianza y participación.

Por eso, la pregunta clave no es si el nuevo gobierno tendrá énfasis distintos al gobierno anterior; eso es natural en democracia. La pregunta es:

¿Se inscribirá esa diferencia en una mirada constructiva de largo plazo con consensos, enfocada en los intereses del país?¿O abrirá un ciclo de desmantelamiento de lo logrado hasta ahora?

Está por verse si las corrientes más moderadas en el gobierno lograrán hacerle frente a esta amenaza. Y, por supuesto, como siempre, la voz de los artistas y demás agentes culturales y ciudadanos es fundamental.

En el GAM, lo que está en juego no es solo el destino de un edificio. Es el sentido mismo de la política cultural de Chile. Y eso no se puede reconstruir fácilmente una vez que se destruye.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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