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“Autobiografía” de Agatha Christie: vislumbrando una sombra de eternidad CULTURA|OPINIÓN Crédito: imagen de portada del libro

“Autobiografía” de Agatha Christie: vislumbrando una sombra de eternidad

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Leer esta autobiografía es un privilegio y un placer extraordinario, porque es como si nos llevara de la mano por un siglo XX marcado tan fuertemente por las dos guerras mundiales, pero con la capacidad de mostrarnos también la fuerza de la vida, de la belleza.


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Agatha Christie (1890-1976) nació como Agatha Mary Clarissa Miller en Torquay, en la costa sur de Inglaterra. Conservó el apellido de su primer marido como nombre literario y por el mismo se la conoce mundialmente. Comenzó a escribir su autobiografía cerca de sus sesenta años y la concluyó con cerca de 700 páginas de recuerdos, que se inician con sus felices años de infancia pasados en el extranjero y en Torquay. Conoceremos también sus amores de juventud, su primer matrimonio con el coronel Archibald Christie, celebrado bajo la Primera Guerra Mundial, feliz durante muchos años, pero que al final fracasó.

Relata sus problemas y dificultades del inicio de su carrera como escritora de novelas policiales, sus descubrimientos de cómo ir hilando pistas y acontecimientos, sus observaciones de personas comunes y corrientes en los buses, la calle, los pueblitos, que dieron vida a sus personajes y a los inolvidables Miss Marple y Hércules Poirot. Sabremos de su segundo y feliz matrimonio con el arqueólogo Max Mallowan, que le permitió desarrollar su propio interés en la arqueología.

De manera paralela a la escritura de novelas policiales, desarrolló también un gran talento teatral, al convertir sus propias obras en representaciones teatrales, muchas de las cuales se mantuvieron por décadas en cartelera.

Su padre murió cuando Agatha tenía once años; lo reconoce como una figura importante y su primer contacto con la muerte y la pérdida de un ser querido. El relato muestra bien este acontecimiento familiar vivido sin manifestaciones visibles de dolor, en silencio; Agatha va al dormitorio de su madre y se sorprende al presenciar su estallido de dolor, en el que la escucha gritar que haría cualquier cosa por hacerlo volver y que estuviera a su lado, algo desusado para su época y para una cultura profundamente victoriana. La viudez significó un periodo de restricciones familiares de todo tipo para Agatha y su madre, en términos del tipo de vida que debían llevar según las normas de su grupo social de pertenencia.

De ese momento, escribe que “tras la muerte de mi padre, la vida cobró un color muy distinto. Salí del mundo de la infancia, un mundo de seguridad y despreocupación, para cruzar el umbral de la realidad”. (p. 135)

Su hermana Madge se casó con James Watts nueve meses después de la muerte de su padre, momento en que Agatha tenía tiene doce años y declara haber dejado atrás la etapa de la niñez. Recuerda que jamás pensó dedicarse a escribir, menos historias de detectives; su modelo era Madge, de la que dice que tenía un talento increíble para escribir, pintar y todo lo que quisiera hacer, a diferencia de ella, que no se reconocía con ninguna habilidad.

Curiosamente, su primer escrito nació cuando tenía los mismos once años de la pérdida de su padre; se trataba de un poema de cuatro estrofas en el que reclamaba -sumándose a la oposición de la comunidad- por la llegada de los ruidosos tranvías a Ealing, que ya contaba con silenciosos autobuses. Apareció en el periódico local, el más importante para quienes vivían en esos pequeños pueblos en que las noticias informaban de sucesos familiares, peticiones, solicitudes, etc., recogiendo la vida cotidiana de personas que se conocían por generaciones.

Y esos pequeños pueblos fueron el espacio en que se desarrollaron la mayoría de sus novelas policiales, donde los crímenes eran un ejemplo de las más ocultas y desgarradoras pasiones humanas, sin comentarios condenatorios, sino más bien, desde una mirada interesada en el comportamiento humano y en desentrañar las razones tan diversas para actuar de maneras impensadas.

Después, la vida continuaba, gracias a que Miss Marple o Poirot habían desentrañado los misterios y descubierto a los culpables, sin más ayuda que sus habilidades de observación y de relación de hechos aparentemente aislados entre sí.

En esta reconstrucción de su vida, A. Christie recuerda sus incursiones por variados ámbitos artísticos: el canto, la composición musical, la escritura de poemas, el teatro, la pintura. Los recuerdos están narrados con naturalidad y sencillez, sin grandilocuencias, pero siempre con un tono gozoso de recuerdos de infancia y también con asombro, como preguntándose por qué se recuerdan ciertas cosas y no otras y cuán selectivos pueden ser la memoria y el olvido. Disfruta de mirar el pasado que -como tal- no se puede cambiar, pero sí reinterpretar y descubrir nuevos aspectos.

Respecto a las riquezas familiares, describe en tres líneas que “mi abuelo amasó una gran fortuna. Mi padre, debido sobre todo a su confianza en el prójimo, la mermó mucho, y mi hermano derrochó lo que había quedado en un santiamén”. (p. 42)

Retrata a su hermana Madge como “la lista (…) cerebro de la familia” y respecto de ella misma, escribe: “A mí me consideraron siempre la ‘lenta’ de la familia. Las reacciones de mi madre y de mi hermana eran extraordinariamente rápidas, y yo era incapaz de seguirlas. Además me costaba expresarme”. (p. 51).

El único hermano, Monty, era la ‘oveja negra’, encantador, soñador, pero que privilegiaba gozar de lujos que no podía pagar, por lo que podía, incluso, pedir a su propia hermana Madge dineros para iniciar negocios que nunca llegaban a hacerse realidad.

La PARTE V está dedicada a la Primera Guerra y a la participación de Inglaterra en ella: “Inglaterra estaba en guerra. Por fin había estallado”. Eso significó recibir un mensaje de Archie Christie -su primer marido- invitándola a verlo en Salisbury, quizás la última posibilidad de encontrarse antes de partir a la guerra.

Como gran parte de las mujeres de la época, Agatha se presentó como voluntaria para atender a los soldados heridos que llegaban a los hospitales, aprendiendo en la práctica cómo hacerlo.

Mientras trabajaba en el dispensario descubrió la importancia de las drogas y venenos como medio para asesinar, y así nació su primera novela, “El misterioso caso de Styles”. De sus ocasionales compañeros en los viajes en buses y trenes, tomó rasgos peculiares y los mezcló para crear cientos de sus variados personajes, hombres y mujeres, que cobran auténtica y perdurable vida para sus lectores, que aún soñamos encontrar en algunos de esos pueblitos reales que describió magistralmente. La novela tuvo a Hércules Poirot como detective.

Habiendo sido rechazada inicialmente, la reenvió a otro editor y se olvidó de ella. La Primera Guerra había terminado, y allí partió su éxito arrollador por el que hasta hoy continúan imprimiéndose cientos de miles de ejemplares de sus novelas y relatos en todos los idiomas. Termina el capítulo celebrando con Archie, han armado su casa, y cierra así: “Había con nosotros una tercera persona, aunque no me diera cuenta. Hércules Poirot, mi invención belga, colgaba de mi cuello firmemente agarrado como un viejo lobo de mar”. (p. 330)

Es para disfrutar con atención el capítulo en que relata cómo aprendió a manejar su primer auto, un Morris Cowley comprado con sus derechos de autor. Además, permite apreciar de manera especial la relación con su primer marido Archie Christie, que se mantuvo muchos años hasta que terminó de manera inesperada (pp.405-406).

Recuerda cómo escribía, sus dudas; lo que significó tener una secretaria para facilitar el trabajo y, a la vez, descubrir que “para mi labor creativa me sentía más a gusto escribiendo las cosas a mano o pasándolas a la máquina” (p. 417), proceso en el que ahonda de manera simple, pero, a la vez, muy esclarecedora de lo que implica la creación literaria.

En la PARTE VII, EL PAÍS DE LA FELICIDAD PERDIDA, narra el viaje a ver a su madre enferma -figura también muy importante para ella-, y una repentina e inexplicable sensación de frío que la hizo saber con certeza, de manera inexplicable y misteriosa, que su madre había muerto (p. 424).

El capítulo V de esta misma Parte VII se inicia con unos versos de Keats: “¿Qué puedo hacer para apartar/ de mis ojos el recuerdo?” (p.430). Se pregunta si eso es posible, porque toda autobiografía requiere que los buenos y malos recuerdos la invadan como una avalancha que, desde luego, obliga a seleccionarlos de manera de hacerlos manejables y así construir un relato que, queriendo ser fiel a los hechos, ha agregado muchos elementos de interpretación nacidos de la distancia temporal y de ese proceso de recordar de manera selectiva lo vivido y escribirlo como si fuera exactamente lo que sucedió.

Es un capítulo que define también los cambios vitales, aquellos que se van formando de manera silenciosa, hasta que surgen con una claridad imperiosa que exige tomar otros caminos. Después de un tiempo de no ver a Archie, se da cuenta que se ha convertido en un extraño. Y llega el fin de su primer matrimonio.

Más adelante está su viaje “completamente sola”, nada menos que a Bagdad, un lugar impensable en esos años, menos para una mujer sin compañía. Desfilan el desierto, los ríos Tigris y Éufrates, el encuentro con el famoso arqueólogo Leonard Woolley, -descubridor de la famosa ciudad mesopotámica de Ur -de más de 6.000 años de antigüedad. Y lo más importante, su encuentro con quien sería su segundo marido, el arqueólogo Max Mallowan, menor que ella y que no dudó en llevarla a conocer los sitios arqueológicos de la zona, interés que ya había nacido en ella y que luego disfrutaría plenamente al acompañarlo a sitios que fueron muy importantes en el desarrollo de la humanidad.

A través de esta vuelta a los recuerdos, de este paso vertiginoso por tiempos distintos, de los cuales nos hace ver momentos fulgurantes dentro de esa tradicional mesura británica, podemos caminar a su lado, presenciar sus recuerdos y escucharla, darnos cuenta que los años no terminan con lo esencial de una persona. Cambian las perspectivas, pero como señala Agatha, podemos reconocernos como los mismos en términos de las autopercepciones.

A propósito de su trabajo como escritora, cuenta que muchos amigos le han dicho que no se explican cuándo escribe sus libros, porque nunca la han visto dedicada a la tarea. Ella escribe: “Me comporto como lo hacen los perros cuando se retiran con un hueso; se marchan en secreto y no los vuelves a ver durante media hora. Regresan tímidamente con barro en la nariz. Yo hago lo mismo”.

Leer esta autobiografía es un privilegio y un placer extraordinario, porque es como si nos llevara de la mano por un siglo XX marcado tan fuertemente por las dos guerras mundiales, pero con la capacidad de mostrarnos también la fuerza de la vida, de la belleza, de aprender e incorporar lo viejo y lo nuevo, creando nuevos mundos y vislumbrando una sombra de eternidad.

Ficha técnica:

Agatha Christie: Autobiografía
Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2026, 670 páginas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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