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A 55 años del golpe en Brasil

por 2 abril, 2019

A 55 años del golpe en Brasil
No es indiferente para Chile quién gobierna en Brasil, la vocación democrática que demuestre y el respeto que tenga a los Derechos Humanos de los pueblos de cada nación y a las libertades democráticas. Por eso, un demócrata coherente jamás podría respaldar a un público defensor de la tortura como el actual gobernante brasileño. Su odio patológico sigue dirigido contra la izquierda –ya no existe la ex Unión Soviética y el comunismo se derrumbó–, ve en esta los retos del mundo de hoy, sea el movimiento feminista, la diversidad sexual, las demandas indígenas o el desencanto con la política, desde los hechos de corrupción hasta la disgregación del sistema político, el origen lo verán en las ideas de la izquierda, porque su médula dictatorial la considera una tenaz fuerza libertaria, que se opone y frena las tendencias autoritarias.
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El 31 de marzo de 1964 fue depuesto el gobierno democrático brasileño, encabezado por el Presidente João Goulart. Así se inició el periodo más oscuro de la historia moderna de América Latina, un cuarto de siglo de dictaduras castrenses, neofascistas, autodenominadas de la “seguridad nacional”.

Por cierto que hubo dictaduras anteriores, como Stroessner en Paraguay, Duvalier en Haití, Trujillo en República Dominicana, Odría en Perú y otros regímenes atroces, pero incapaces de algo positivo, salvo el terror y la extrema pobreza de sus pueblos. En cambio, los generales brasileños crearon un “modelo” hacia el continente que tuvo dos ingredientes: un estrecho pacto autoritario con los halcones del Pentágono y promover su propio rol hegemónico, que fue llamado el “subimperialismo” del Brasil.

En los años 60, en América Latina la disyuntiva entre dictadura y democracia se proyectó desde Brasil, al afianzarse en el poder los “gorilas”, con respaldo gringo y adornando las cifras económicas. Una estabilidad sin democracia, con un altísimo costo social y la supresión de las libertades políticas y los derechos ciudadanos.

Luego de Brasil, otros gorilas –con y sin uniforme– activaron su propio rumbo golpista y las conjuras se extendieron por diversos países. Así, la dictadura como proyecto político se impuso en la región, dejando una huella de miserias y dolor que debiese avergonzar y no alegrar a quienes las propugnaron y defendieron.

Ahora Bolsonaro repite el “mutatis mutandi”, es el mismo esquema: fue a Washington a pedir ser aliado privilegiado de Trump y, luego, inicia su despliegue en los distintos países para ser líder de un proyecto de dominación excluyente y duro. Su idea, ruda y simple, promueve regímenes autoritarios, populistas, respaldados desde las grandes finanzas y el sector castrense, asentados en un ilimitado populismo integrista, desde el cual alcanzar el apoyo de masas necesario para mostrarse como mayoría.

Por expresa decisión del actual gobernante, Jair Bolsonaro, se quiso festejar el asalto armado al control del Estado que desplomó la democracia en Brasil y América del Sur, la meta esencial del golpe del 31 de marzo de 1964.

En Chile, Roberto Viaux, un general golpista de doble discurso como Pinochet, un cínico conjurado de ultraderecha que reclamaba por las remuneraciones y el equipamiento militar, presentándose como apolítico, intentó derribar al Presidente Frei Montalva, en octubre de 1969, acuartelándose en el regimiento Tacna de Santiago.

Viaux fracasó, fue derrotado por la cohesión constitucionalista del Ejército de Chile, que no pudo ser arrastrado a esa aventura antidemocrática. Por su parte, la fuerza social de la izquierda y su representación política cerró filas con la DC en apoyo de Frei, así como amplios sectores ciudadanos y hasta la derecha liberal se pronunciaron contra de la acción golpista de ultraderecha. Así se desplomó esa sublevación, pero fue una señal preocupante que militares de altos grados colocaran oídos a conspiradores foráneos, encubiertos en agregadurías militares, entre ellas la brasileña de entonces, con agentes repletos de dólares y las falaces teorías de la contrainsurgencia y la seguridad nacional, impartidas en los centros de entrenamiento de los Estados Unidos o en sus bases del Canal de Panamá.

Ante ese peligro, Salvador Allende insistía en que la única revolución posible era aquella “con sabor a empanadas y vino tinto”, es decir, que respondiera profundamente a la realidad chilena y a los intereses irrenunciables de Chile como nación, integrando las instituciones castrenses al desarrollo nacional, sin romper su profesionalismo y carácter no deliberante.

Pero no fue oído por quienes pensaban que las reformas debían realizarse todas de inmediato, despreciaban la naturaleza del proceso como eso, un proceso de avances sucesivos y no lograron comprender que lo esencial era defender y robustecer la democracia, para que las transformaciones comprometidas fueran posible y no aplastadas por la fuerza, como ocurrió.

Como es sabido, el golpe de Estado fue de una violencia inusitada. El bombardeo de La Moneda fue la máxima expresión de terror masivo para infundir el pánico en forma masiva, también lo fueron los allanamientos a las poblaciones y universidades, que generaron decenas de miles de presos en el Estadio Nacional y otros sitios de torturas y ejecuciones. Innumerables víctimas testimoniaron la presencia de instructores brasileños en lugares de tormento y que técnicas brutales para destruir a los presos políticos, como el “pau de arara”, los torturadores chilenos las tomaron de sus “asesores” que hablaban portugués.

Por eso, no es indiferente para Chile quién gobierna en Brasil, la vocación democrática que demuestre y el respeto que tenga a los Derechos Humanos de los pueblos de cada nación y a las libertades democráticas. Por eso, un demócrata coherente jamás podría respaldar a un público defensor de la tortura como el actual gobernante brasileño.

Ahora Bolsonaro repite el “mutatis mutandi”, es el mismo esquema: fue a Washington a pedir ser aliado privilegiado de Donald Trump y, luego, inicia su despliegue en los distintos países para ser líder de un proyecto de dominación excluyente y duro. Su idea, ruda y simple, promueve regímenes autoritarios, populistas, respaldados desde las grandes finanzas y el sector castrense, asentados en un ilimitado populismo integrista, desde el cual alcanzar el apoyo de masas necesario para mostrarse como mayoría.

Su odio patológico sigue dirigido contra la izquierda –ya no existe la ex Unión Soviética y el comunismo se derrumbó–, ve en ésta los retos del mundo de hoy, sea el movimiento feminista, la diversidad sexual, las demandas indígenas o el desencanto con la política, desde los hechos de corrupción hasta la disgregación del sistema político, el origen lo verán en las ideas de la izquierda, porque su médula dictatorial la considera una tenaz fuerza libertaria, que se opone y frena las tendencias autoritarias.

Así, a Brasil regresa en forma institucional un régimen autoritario, cuya pretensión es retroceder en el tiempo y volver a recluir el movimiento campesino dentro de las fincas, regresar los pueblos indígenas al ostracismo, encapsular en una odiosa discriminación a las minorías sexuales y dar manga ancha a la circulación de capitales sin importar sus consecuencias. En estas condiciones la propuesta de la izquierda debe ser amplia, generosa, propositiva, para unir y no dividir, juntar las mayorías nacionales que se necesitan para derrotar el fanatismo autoritario y asegurar la democracia y la libertad en nuestro suelo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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