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Peor que hacerlo, es hacerlo mal

por 10 junio, 2020

Peor que hacerlo, es hacerlo mal
Hay que pensar en una definición estratégica de mediano y largo plazo, para que con los escasos recursos de los que la Cancillería dispone –no llegan al 0,5% del presupuesto nacional– se puedan obtener los resultados esperados y necesarios para nuestro país. Es un trabajo complejo, pero posible, donde hay que evaluar los efectos políticos, comerciales y culturales de las decisiones adoptadas. Contrario a lo anterior, fue el anuncio por la prensa respecto a que el Ministerio de Relaciones Exteriores había decidido cerrar cinco misiones diplomáticas en tres regiones del mundo: Dinamarca, Grecia, Rumania, Siria y Argelia. No se trata de un dogma el que las embajadas no puedan, en determinadas circunstancias, cerrarse, sino de tener un plan, un objetivo público conforme a las emergentes necesidades del país. Acá nada de eso se ve.
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Hace unos días, en este mismo medio, un grupo de exembajadores de carrera escribíamos un artículo en el que llamábamos a diseñar una política exterior teniendo presente las prioridades que demandaba la crisis sanitaria, social y económica que el país atraviesa y que se agudizará en los próximos meses. Por cierto, el nuevo diseño no implicaba dejar los principios permanentes de nuestra política exterior de lado, como tampoco nuestros intereses. Por el contrario, era –teniendo ello como marco– establecer nuestra presencia en el mundo de acuerdo con nuestras prioridades, teniendo en cuenta tanto la precaria situación presupuestaria como el limitado número de profesionales diplomáticos y de otras áreas.

Es, por ejemplo, prioritario fortalecer nuestra presencia en todos los organismos multilaterales que son de interés para el país y en aquellos en los que no tenemos representación permanente. Es urgente ampliar la red consular y reforzarla bajo nuevos parámetros. También es prioridad ampliar la presencia de nuestra red comercial en el mundo, buscando revertir el daño que la pandemia ha producido y seguirá produciendo en nuestro comercio exterior, fuente primera de recursos para el desarrollo del país.

Por otra parte, medida que tendría un alto impacto es la redefinición de la red de agregados no comerciales, estableciendo una presencia en aquellos organismos técnicos o agencias especializadas que son de principal atención para el país en esta etapa de emergencia.

Habría sido una buena cosa que una decisión de esta envergadura hubiese sido tratada en una instancia consultiva, como es el Consejo Permanente de Política Exterior, el cual fue establecido por el ministro de Relaciones Exteriores solo hace un mes. Dicha consulta hubiese permitido un más profundo análisis, principal objetivo de un órgano como el antes mencionado. El país requiere de una Cancillería acorde con los tiempos, que sea ágil pero que preserve nuestra presencia en el exterior, construida a lo largo de muchos años. El cierre de misiones sin el debido respaldo político tendrá consecuencias que serán mayores a los supuestos ahorros que, se dice, se obtendrán.

Lo anterior implica pensar en una definición estratégica de mediano y largo plazo, para que con los escasos recursos de los que la Cancillería dispone –no llegan al 0,5% del presupuesto nacional– se puedan obtener los resultados esperados y necesarios para nuestro país. Es un trabajo complejo, pero posible, donde hay que evaluar los efectos políticos, comerciales y culturales de las decisiones adoptadas. Contrario a lo anterior, fue el anuncio por la prensa respecto a que el Ministerio de Relaciones Exteriores había decidido cerrar cinco misiones diplomáticas en tres regiones del mundo: Dinamarca, Grecia, Rumania, Siria y Argelia.

Se dieron varias explicaciones dispersas para justificar ese cierre, pero la variable de ahorro de 3 mil - 4 mil millones de pesos aparecía como primer elemento a evaluar, además de las cifras del comercio bilateral con esos países.

El intercambio comercial que se aduce para el fin de estas cinco representaciones diplomáticas no tiene fundamento alguno. Por las cifras que se entregan y que pueden encontrarse en el Banco Central, estamos hablando de intercambios bajos, cierto, pero algunos mayores que en otros países. Lo importante es que esa variable, por sí misma, nunca ha sido ni puede ser el argumento para cerrar una misión diplomática. Al revés, habría sido incentivo para reforzar la presencia de nuestro sector comercial en ese país.

La variable principal es la política. Solo un ejemplo, cuando se establecieron las misiones en Guyana y Trinidad y Tobago la variable fue política, una mayor conexión con un grupo de 13 países que conforman la Comunidad del Caribe (Caricom), especialmente cuando un destacado chileno era secretario general de la OEA. Así, se podría seguir enumerando casos en que lo político es claramente el factor determinante para establecer o no una misión diplomática. ¿Por qué tendríamos una en el Vaticano si la variable no fuera política?

No se trata de un dogma el que las embajadas no puedan, en determinadas circunstancias, cerrarse, de lo que se trata es de tener un plan, un objetivo público a perseguir conforme a las emergentes necesidades del país. Eso es complejo y debe ser analizado con detalle y con etapas bien definidas de las metas a alcanzar. Acá nada de eso se ve, solo un anuncio de cierre por las razones equivocadas, sustentado en un estudio que desconocemos, pero que se habría iniciado hace un año, o sea, mucho antes de la situación en que hoy nos encontramos.

Los costos políticos asociados al cierre de misiones deben ser evaluado seriamente. No se trata de dejar de arrendar un edificio en una ciudad capital, vender alguna propiedad, indemnizar a los funcionarios locales y redestinar a los funcionarios diplomáticos. Es, por lejos, mucho más que eso.

Cito el caso de Dinamarca, porque lo conozco bien. La relación que se vitalizó a contar de los noventa, nos llevó a ser coorganizador de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social en 1995, Dinamarca abrió una misión en Chile concurrente en Perú. Fue un excelente socio en las negociaciones con la Unión Europea y, en el ámbito multilateral, coordinamos muchas iniciativas, pues la afinidad en política exterior nos permitió actuar conjuntamente de manera fortalecida. Por cierto, el comercio creció y el intercambio cultural fue mucho más intenso. Su cierre es un golpe a esa relación, que es de primera importancia para Chile.

Habría sido una buena cosa que una decisión de esta envergadura hubiese sido tratada en una instancia consultiva, como es el Consejo Permanente de Política Exterior, el cual fue establecido por el ministro de Relaciones Exteriores solo hace un mes. Dicha consulta hubiese permitido un más profundo análisis, principal objetivo de un órgano como el antes mencionado. El país requiere de una Cancillería acorde con los tiempos, que sea ágil pero que preserve nuestra presencia en el exterior, construida a lo largo de muchos años. El cierre de misiones sin el debido respaldo político tendrá consecuencias que serán mayores a los supuestos ahorros que, se dice, se obtendrán.

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