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COVID-19: experimentación con humanos, ética y economía

por 14 agosto, 2020

COVID-19: experimentación con humanos, ética y economía
Pareciera que las medidas de la situación viral para el desconfinamiento en Chile están alejadas de lo que la ciencia dice sobre las condiciones necesarias para este proceso, lo cual le da a este desconfinamiento un carácter experimental y lo priva de contenidos éticos que propendan al bienestar de la población. Como el apresuramiento para el desconfinamiento obedece probablemente a razones económicas, es importante destacar que una actividad económica con visos de cierta normalidad es imposible sin un control apropiado de la diseminación viral.
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Es indudable que aspectos del desarrollo de las epidemias se proyectan más allá de las relaciones biológicas entre el patógeno, la persona y las poblaciones susceptibles, ya que la historia de ellas ha tenido siempre entrelaces recíprocos con la sociedad y con la política, con la ciencia, con la economía y con la ética, como sucede actualmente en las epidemias de COVID-19, cursando en diferentes países simultáneamente, pero con disímiles efectos y variados resultados.

En Chile, está claro que el Estado fracasó rotundamente en la contención temprana de la epidemia al perder la trazabilidad de los primeros casos. Esto, acompañado del retraso inexplicable en la implementación de las medidas no farmacológicas de prevención de ella –como el distanciamiento físico, el uso de mascarillas y las cuarentenas estrictas y geográficamente amplias–, facilitó la diseminación comunitaria y epidémica del virus a todo el país.

En ese momento, marzo y abril, estas medidas ya se habían demostrado como las normas adecuadas del cuidado médico preventivo (standard of care en inglés) de la epidemia. Su implementación temprana y generalizada, podría haber evitado –de acuerdo a diversos análisis– aproximadamente un 30 a 40% de los casos y el mismo porcentaje de las hasta ahora más de catorce mil muertes.

En resumen, políticas sanitarias para contener el virus basadas en correctas razones científicas y éticas son fundamentales para una reactivación económica cercana a la normal. Estas políticas evitarían que la vuelta al trabajo y a la escuela conviertan, por segunda vez en un año, a la población chilena en conejillos de Indias de descalificados métodos de experimentación epidemiológica y que, por ello, resultaran en más enfermedad y más muertes prevenibles.

La potencial disminución de los infectados que habría sido lograda con estas adecuadas medidas de prevención, además de reducir el número de enfermos y de muertos, habría facilitado los desconfinamientos precoces y más generalizados, aminorando las posibilidades de una endemia y de nuevas aceleraciones del contagio, que puedan resultar en reincidencias epidémicas, de alto importe en infecciones y en muertes, como ha sucedido en varios estados de EE.UU. y en otros países.

La negación de las normas adecuadas de prevención y de tratamiento médico a un individuo o a una población, constituye una flagrante vulneración de los principios básicos de la ética médica de no hacer daño, de beneficencia, de autonomía y de justicia. La negativa modificación del curso de la epidemia en Chile por la implementación de políticas sanitarias erradas en lo científico y en lo ético y de claro contenido experimental, constituyen un claro ejemplo de cómo la historia biológica de una epidemia puede ser alterada perjudicialmente por acciones y omisiones del ámbito político. Por esto y porque, además, ellas estamparon de forma perniciosa la historia futura de la epidemia en Chile por meses y tal vez por años, las responsabilidades de sus ejecuciones debieran ser identificadas para evitar su potencial repetición en el futuro.

Es pertinente señalar que estas deficientes políticas sanitarias tuvieron también negativos impactos económicos, ya que como fracasaron en controlar la diseminación del virus, resultaron en cuarentenas más prologadas, en alarma y temor público que inhibieron la actividad económica, en una excesiva carga monetaria necesaria para paliar los efectos de las cuarentenas sobre el empleo y la productividad y en financiar los servicios de salud, que debieron tratar a un alto número de enfermos con complicaciones severas.

Por ejemplo, recientemente en los Estados Unidos se ha calculado por economistas de la calificadora de riesgos Moody’s, que por cada aumento diario de las infecciones del orden de las 10 mil nuevas infecciones, la economía necesitaría un estímulo de aproximadamente 100 billones de dólares para mantenerse a flote. Lo que indicaría que, dado el aumento de casos en los meses de junio y julio en ese país, se necesitarían alrededor de 500 billones de dólares, lo que corresponde a aproximadamente a una inversión de 4 mil dólares por cada hogar en ese periodo.

Innegablemente, la economía chilena es una pequeña fracción de la estadounidense, pero estas cifras dan una visión del costo económico que tienen las medidas epidemiológicas inadecuadas, incapaces de controlar la epidemia. La presencia de importantes niveles del virus en la población, puede además afectar nocivamente a la economía por la infección de trabajadores de industrias exportadoras, tales como la minería del cobre y la salmonicultura, y en esta última industria podría resultar además en la contaminación de su producto final de exportación, como ha sucedido recientemente con los camarones en el Ecuador, cuya importación a China fue prohibida debido a esta contaminación.

En los últimos días en los medios y en las redes sociales ha habido una viva discusión acerca de lo adecuado de las medidas de desconfinamiento en Chile, en una situación aún epidémica y que pareciera estar alejada de los estándares necesarios para ello, incluyendo el número de ensayos de diagnósticos positivos (más del recomendado 5%) y la ausencia de un demostradamente efectivo y generalizado sistema de diagnóstico, trazabilidad y aislamiento de casos y de contactos. Científicos del Centro de Investigación en Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Minnesota han, recientemente, indicado que la diseminación del virus debiera suponerse como bien controlada si se producen menos de 2 casos al día por 100 mil habitantes, en condiciones para realizar un diagnóstico molecular extendido y sin restricciones.

Este último parámetro está lejos también de cumplirse, ya que el número de nuevos casos diarios es de aproximadamente 11 y no de 2 por 100 mil habitantes (cerca de 2 mil casos diarios por 18 millones de habitantes). El estado de Nueva York, con aproximadamente una cantidad de población similar a Chile y que lleva hasta ahora un desconfinamiento exitoso, tiene aproximadamente 3 nuevos casos diarios por 100 mil habitantes y realiza 70 mil exámenes diarios para detectar al virus con menos del 1% de positividad.

Pareciera, entonces, que las medidas de la situación viral para el desconfinamiento en Chile están alejadas de lo que la ciencia dice sobre las condiciones necesarias para este proceso, lo cual le da a este desconfinamiento un carácter experimental y lo priva de contenidos éticos que propendan al bienestar de la población. Como el apresuramiento para el desconfinamiento obedece probablemente a razones económicas, es importante destacar que una actividad económica con visos de cierta normalidad es imposible sin un control apropiado de la diseminación viral.

En resumen, políticas sanitarias para contener el virus basadas en correctas razones científicas y éticas son fundamentales para una reactivación económica cercana a la normal. Estas políticas evitarían que la vuelta al trabajo y a la escuela conviertan, por segunda vez en un año, a la población chilena en conejillos de Indias de descalificados métodos de experimentación epidemiológica y que, por ello, resultaran en más enfermedad y más muertes prevenibles.

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