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La peligrosa soledad de los adultos mayores en pandemia

por 22 agosto, 2020

La peligrosa soledad de los adultos mayores en pandemia
En tanto problema de salud pública y su impacto sobre la salud individual y colectiva de la población mayor, la soledad no ha sido abordada por las políticas sanitarias en Chile ni la consideran como foco prioritario de acción en el actual contexto, no obstante que se profundizará inexorablemente por la crisis sanitaria del COVID-19. La soledad aumenta en un 26% el riesgo de muerte prematura, por afecciones cardiovasculares, cáncer, bulimia y está asociada a depresión, alcoholismo, adicción a drogas, trastornos del sueño, ansiedad entre otras. En Japón y Estados Unidos, existe una relación estudiada entre soledad y tasa de suicidios. Disminuye la respuesta inmune, aumenta la presión arterial, favorece la aterosclerosis y acelera los procesos de envejecimiento.
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Años después de publicar su libro, el escritor Gabriel García Márquez hizo una sorprendente precisión sobre Cien años de soledad: para él la soledad era la consecuencia del fracaso de la construcción de un porvenir colectivo de los inverosímiles y entrañables personajes de Macondo y resaltaba la incapacidad de estos para instalar la solidaridad como modo de vida. Por ello, la tristeza es un telón de fondo que traspasa la obra, como la experiencia de vivir y morir en la soledad, para las viejas y los viejos de ese pueblo inmortal.

Análogamente, nuestra población mayor en Chile vive una crisis invisibilizada, debido al miedo a la pandemia por COVID-19, la cual ha impactado sobre salud física y particularmente su salud mental, pero que se ha agudizado por el aislamiento social y la soledad, conocida en muchos hogares unipersonales. Esa soledad no es por vivir solos(as), sino por carecer de la experiencia emocional de compañía, de apoyo, de soporte, otra severa y silenciosa epidemia que no ha recibido atención, pero que ha sido bien estudiada en el mundo.

A esta altura de la evolución de la pandemia en Chile, es categórico el hecho de que a quienes más vidas cobra en la población es a las personas mayores, que representan un 85% de los fallecidos (Minsal) y que enfrentan, con justificado temor, el desarrollo de esta crisis sanitaria global. En efecto, los mayores de 60 años en el país (11,4 % según Censo 2017) son una generación que contribuyó a ese vertiginoso y promisorio desarrollo económico que llegó a encandilarles, pero que, en su desigualdad, solo tocó a muy pocos. Es precisamente cuando las reservas biológicas se agotan para los más desfavorecidos, que se manifiestan también las consecuencias de los determinantes sociales de la salud (OMS, 2002).

Por todo lo anterior, las estrategias sanitarias de distanciamiento físico-social y cuarentena aplicadas en Chile, vienen a acentuar factores de aislamiento y soledad sobre las personas mayores, con claro y no dimensionado impacto sobre esta experiencia individual y colectiva. Sabemos que el abordaje del incremento de patologías de salud mental tampoco es prioritario en las políticas públicas y devendrá en otra pandemia de proporciones para la población, según los expertos. Sin embargo, es más alarmante que naturalicemos la soledad de los mayores, consolidando la ausencia de solidaridad en el modelo de desarrollo chileno de los últimos 40 años.

Por ello la distribución de víctimas es inversa a la que cada grupo social ha accedido a dinero, poder, influencia o recursos. Son los viejos y viejas más pobres quienes más fallecen por COVID-19, porque no tenían buena salud de base ni calidad de vida y sus redes familiares y comunitarias están cada vez más fragmentadas. Están y se sienten más solos y solas. Y si bien muchos mayores viven solos por opción o deriva familiar (13,4% de la población), un alto porcentaje de ellos experimenta la soledad como una situación negativa. En efecto, la soledad social no ha sido estudiada en Chile, pero afecta alrededor del 38% de la población mayor de 60 años, con mayor prevalencia en hombres y en zonas urbanas.

La soledad aumenta en un 26% el riesgo de muerte prematura, por afecciones cardiovasculares, cáncer, bulimia y está asociada a depresión, alcoholismo, adicción a drogas, trastornos del sueño, ansiedad entre otras. En Japón y Estados Unidos, existe una relación estudiada entre soledad y tasa de suicidios. Disminuye la respuesta inmune, aumenta la presión arterial, favorece la aterosclerosis y acelera los procesos de envejecimiento. Si bien hay problemas sobre la relación causa y efecto, la soledad precede y resulta de la enfermedad. La soledad de los y las mayores se vincula con la viudez, la baja educación y el salario, la infelicidad y los recursos limitados.

La soledad, en tanto problema de salud pública y su impacto sobre la salud individual y colectiva de la población mayor, no ha sido abordada por las políticas sanitarias en Chile ni la consideran como foco prioritario de acción en el actual contexto, no obstante que se profundizará inexorablemente por la crisis sanitaria del COVID-19.

Por todo lo anterior, las estrategias sanitarias de distanciamiento físico-social y cuarentena aplicadas en Chile, vienen a acentuar factores de aislamiento y soledad sobre las personas mayores, con claro y no dimensionado impacto sobre esta experiencia individual y colectiva. Sabemos que el abordaje del incremento de patologías de salud mental tampoco es prioritario en las políticas públicas y devendrá en otra pandemia de proporciones para la población, según los expertos. Sin embargo, es más alarmante que naturalicemos la soledad de los mayores, consolidando la ausencia de solidaridad en el modelo de desarrollo chileno de los últimos 40 años.

Siendo así y parafraseando a García Márquez, “el libro que escribo no es sobre Chile (Macondo), sino sobre la soledad, donde lo central es el proceso de aniquilamiento, de desaparición, por no haber aquí un tejido social por el cual los individuos construyan entre sí, un proyecto colectivo, más allá de sus individualidades propias y atomizadas”. Esa es la soledad que nos está amenazando como sociedad: un aglomerado de soledades, cuya consecuencia se manifiesta primero, en la generación de nuestros(as) mayores.

Aquellos que no lograron construir proyectos colectivos, suman la derrota por esa construcción pendiente de sociedad, que sería posible revertir en un nuevo pacto social, de manera que vivamos en un país que se preocupe de todos sus hijos e hijas, que rescate a la comunidad perdida, en fin, que seamos más solidarios y menos solitarios.

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